A cualquier otro lado

El muchacho apareció de la nada. Se sentó a mi lado y preguntó:

—¿Cuántas vueltas le quedan?

Se estaba dirigiendo a mí, no cabía duda. En el vagón, por extraño que pareciese, no había nadie más.

—¿Por qué da tantas?

—¿A qué te refieres, chico?

Tendría alrededor de diez años, no era muy alto y estaba gordo como una pelota. Me resultaba gracioso y familiar; era rubio y llevaba gomina y tupé.

—Ya sabe. Sentado ahí, desde por la mañana, tanto rato en la Circular. ¿Se ha perdido?

—Supongo.

La verdad es que el mocoso no iba mal desencaminado. Me había divorciado hacía apenas unos meses y, perdido o no, me costaba horrores hablar de ello. Él, en cambio, no paraba.

—No se preocupe. Le sucede a cualquiera, todos los días. O eso dice mi madre. A mí también me ha pasado.

De pronto sentí curiosidad.

—¿Ah, sí? ¿Cuándo?

—En una excursión, hace dos años, durante el viaje de fin de curso. Estábamos cenando y la chica que me gustaba se sentó justo enfrente de mí. Se sirvió agua y me ofreció. Le dije que no, que no quería. Al cabo de un rato fui yo quien cogió la jarra. Pero ya era tarde, estaba bebiendo Fanta. O tal vez Coca-Cola. No lo recuerdo bien. Después me sentí fatal, apenas dormí esa noche. Luego, al cabo del tiempo, lo olvidé… ¿Me comprende?

Y, de un respingo, sin previo aviso, se levantó enérgicamente.

—Es mi parada. Hoy empiezo a ir a inglés.

No tenía diez años. Si no me falla la memoria, justo acababa de cumplir once.

—Me gusta su pelo —dijo—. Ojalá algún día me lo pueda dejar yo también largo.

—Me lo voy a cortar —dije.

—Como quiera. A mí me seguirá gustando.

Enfiló la puerta y salió al andén. Buscó la salida y, sin echar la vista atrás, sin despedirse, desapareció.

El tren volvió a ponerse en marcha, se metió en un túnel, y yo sonreí tristemente.

Él aún estaría nueve años yendo y viniendo de inglés, conocería a otras chicas que también le darían calabazas, la conocería a ella, se enamoraría. Y durante todo ese tiempo llevaría puesta una coleta.

A mí, sin embargo, tenía razón: me quedaban aún algunas vueltas para poder llegar a cualquier otro lado.

Adrián Magro de la Torre

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *