Ahogar

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Angelito no tiene donde quedarse…

Su madre, atrapada entre sus tres trabajos, no puede estar más que un rato con él. Angelito deambula en las canchas, camina sin norte y se divierte con los perros y los gatos del basurero, se distrae con brazos ajenos y sonríe ante las maldades y bromas de las que es objeto de los demás niños del barrio.

Su madre busca soluciones desesperadas, si está con él, no come, si trae de comer, no está con él, la vida es dura y hay que buscarle…

Una tarde, a punto de quebrase en llanto, me dice:

—Maestro, ya no puedo más, voy a llevar al Angelito a una casa hogar. No hay de otra. Me parte el alma la preocupación, pero no hay de otra… Solo esa me queda.

Al rato, comento la situación penosa con mis talleristas, Yiyis, mi pequeño, está con nosotros y escucha atento, como todos:

—Van a llevar al Angelito a una casa hogar.

Todos se sienten apesadumbrados y discutimos alguna solución, no llegamos a nada mejor.

Al llegar a casa, al bajar de la camioneta, me doy cuenta que Yiyis va llorando, grandes y gruesos lagrimones surcan su rostro, agachándome, lo miro a los ojos y le pregunto qué llora. Él me responde:

—¡Papi! ¡Hay que adoptar al Angelito!.. ¡Hay que adoptarlo! ¡Él es mi amiguito y le puedo dar un pedazo de mi cama en mi cuarto! ¡Le presto mis juguetes y mi ropa, pero no lo dejes que se lo lleven a esa casa! ¡No dejes que lo ahoguen! ¡No dejes papito!

—¡¿Que lo ahoguen?! ¡¿Dónde escuchaste eso tú?!

—¡Pos tú lo dijiste!

—¡¿Yo?!

—¡Sí! ¡Tú! ¡Clarito escuché cuando dijiste que llevarían al Angelito a una casa ahogar! ¡Y eso es maldad! ¡No dejes que lo ahoguen papi!

Así dijo Yiyis, mi más grande alegría, sin dejar de llorar. Me agaché y lo abracé con todas mis fuerzas. Ese día, mi pequeña alegría me dio una gran lección y me hizo comprender el valor y la fuerza de la amistad.

Al final del día, Angelito tampoco se fue a la casa hogar, al menos no por esta ocasión.

Al menos, no por ahora…

 

Víctor Chi

 

 

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