Arena

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Scherezada se reunió con sus consejeros. Por primera vez en setecientos días todos habían regresado de la ciudad sin historias. Buscamos en todas partes, dijo el anciano Abdul Ibn, pero los cuentos que escuchamos ya los sabíamos. ¿Qué futuro le espera entonces a mi cabeza? Se espantó Scherezada.

No os asustéis, replicó Abdul, todavía tenemos una oportunidad. El Rey, como mucha gente, no tiene buena memoria, y bien podéis relatar cuentos ya conocidos. Solo debéis cambiar los nombres, a los niños convertirlos en niñas, y a las mujeres transformarlas en hombres. Si la historia es en Bagdad trasladarla a Roma, y si es en París cambiarla por India. Variar destinos, adornar un poco las palabras. Así tendréis historias nuevas. Esa noche la princesa volvió a salvar la vida, y muchos después de ella la siguen salvando.

 

Amílcar Rodríguez Cal

 

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