Asuntos turbios

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Llegan las primeras luces del alba, la ciudad comienza a ponerse en marcha. Almas solitarias comienzan a recorrer sus calles. Figuras de cabeza gacha y cuerpos arrebujados en sus ropas.

En una de las esquinas, un trasiego anormal de vehículos. Unos salen, otros aparcan en los sitios libres que los primeros dejaron y la calle queda cortada durante un instante. Todos parecen estar de acuerdo en un fin común. Se trata de algo muy organizado que no alcanzo a comprender.

Yo soy una de esas almas solitarias. Y aquellos tipos con cara de pocos amigos siempre se las apañaban para llegar antes que yo. Pero… ¿Cuál es su finalidad? ¿Por qué repiten el mismo proceso todas las mañanas? Un buen día me propuse poner fin al misterio.

Me hice con otro teléfono, uno de prepago. Es fantástico de lo que es capaz la tecnología de hoy en día. Existe una aplicación que te permite conocer la posición exacta de tu teléfono, por ejemplo para el caso de que te lo roben.

Aquella mañana, como cualquier otra, yo era una de las siluetas habituales, por lo que mi paso por allí no levantó ninguna sospecha. Conseguí deslizar el teléfono recién comprado dentro de uno de esos vehículos. El trabajo estaba hecho, ahora sólo quedaba esperar.

Ya en la oficina en la que trabajo, encendí la aplicación para localizar el otro teléfono. Pude ver como se iba desplazando por las calles de la ciudad, pero… algo no encajaba. No podía ser. Indicaba que el otro teléfono se hallaba a varios cientos de kilómetros al oeste, en otra gran ciudad. De algún modo la aplicación había fallado. Apagué aquello y volví a centrarme en el trabajo.

Horas más tarde, antes de comer, volví a mirar la aplicación. Si lo de antes ya era inverosímil esto ya no tenía sentido. Ahora indicaba que se encontraba a miles de kilómetros, en otro continente. Asumí que me había gastado el dinero en un teléfono para nada.

Aquella noche tuve un sueño inquieto y justo al levantarme brilló en mi mente la solución. Miré la aplicación y una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro. Me vestí corriendo y salí a la calle con prisas. Como siempre, en aquella esquina estaban los tipos, pero esta vez los saludé. Uno no tiene siempre el placer de conocer en persona a los tipos que por las mañanas ponen las calles de la ciudad.

 

Jorge Chambó Bris

 

 

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