¿Autobiografía?

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¿A quién puede importarle cuándo y dónde nací, cómo se llamaban mis padres y si pesé tres kilos o tres y medio? Si lloré mucho, si me enganché al pecho de mi madre o me dieron biberón. Si dormía toda la noche o si crecía de acuerdo con algo denominado percentil. Me aburro solo de imaginarme explicando esos pormenores que ni siquiera a mí me interesan.

No obstante, ¿verdad que todo cambia si empiezo diciendo que mi infancia transcurrió entre bambalinas? No, no porque viviera en un teatro, sino porque tenía que observar la vida a través de unos cristales que me separaban del resto de los niños. Ellos, del lado en que se podía correr, saltar, enredar con cualquier cosa; yo, del otro, aquel donde no estaba permitido nada de cuanto se supone lógico hasta cierta edad. ¿De qué tipo de cárcel hablo? ¿Es acaso una cárcel? Vamos a jugar a que lo adivinéis. De sobra sé lo que significó para mí, pero prefiero dejarlo así… de momento.

Cuando se vive hacia adentro, apenas eres nadie.

La niña que yo fui vagaba sola por los pasillos de la escuela mientras los demás conquistaban el patio. Rincones, salas viejas y polvorientas en desuso, aulas ajenas. Un mundo para explorar. Yo lo habitaba. Era mío. Y lo inventaba todos los días, recreando historias que nacían, se desarrollaban y permanecían en mi mente, sin trascender. Me convertí en una persona solitaria, al menos en apariencia.

Sin embargo, no estaba sola, aunque me temo que los demás no habrían conseguido comprender el apego que sentía hacia mis inusuales compañeros: libretas, diferentes cuadernos, libros ilustrados, catálogos de todo tipo… Papeles y más papeles que apilaba, archivaba, clasificaba y reordenaba. Y no, no leía, no me preguntéis por qué. Lo ignoro. Mi devoción por el papel en todos sus formatos posibles iba más allá de lo que pudieran contener. Adoraba esos recipientes, su tacto, su textura, su aroma. Me hice mayor con ellos, disfrutando de la compañía que me prestaban sin pedirme nada a cambio.

Por supuesto que a lo largo de los años recopilé experiencias propias de adultos: parejas, hijos, viajes, desengaños, despedidas, trabajos, pérdidas, idas y venidas que tampoco importan a nadie. Todo llega y todo se va. Unos entran y otros salen, y ninguna persona se queda para siempre.

Pero… yo estoy donde quería estar desde que me recluí tras los cristales: con ellos, con su sólida presencia, su olor inconfundible. Y sobre la puerta de la tienda, en letras redondas como de niña, se lee: «Papelibrería».

Aquí, tras el mostrador, sentada con un bloc y un bolígrafo, siento que empieza otra etapa, y que aquellas historias que quedaron atrapadas van a llenar todas mis páginas en blanco. Por fin podré pasar al otro lado de los cristales de mis gruesas gafas.

 

Marta Estrada Galán

 

 

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Un comentario sobre “¿Autobiografía?

  • el 8 marzo, 2018 a las 5:44 pm
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    Buenos días, que bien descrito el encierro y el escape de la narradora. Por un momento pensé que esa cárcel de vidrio era algún aparato médico. El final lo aclara todo. Aunque entre líneas el encierro puede ser por bulling o sobreprotección. Saludos

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