Ay, picarona

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La decoración es horrorosa. Hay globos con forma de corazón colgando del techo. De todos los colores. Los hilos caen hasta las mesas. Se meten en mi plato de sopa. He pedido sopa para cenar. El día de San Valentín. No la como –o no la sorbo- porque está aguada. El vino sabe mejor. Seguramente porque no lo han producido en este antro, los chefs no han pisado las uvas y todo ese rollo. Lo han comprado del súper, igual que habría hecho yo esta noche si no tuviéramos que estar precisamente aquí haciendo el paripé del matrimonio aún enamorado.

Juan se empeña en brindar cada dos por tres. Chinchín, dice, con cara de palurdo, como si eso significara algo.

Yo digo chinchín también para no chincharle y porque, si no, se chiva a la terapeuta de mi mala actitud. Desde que asistimos a esas sesiones, nuestra vida entera está motorizada y es, si cabe, más absurda que antes. Por ejemplo, cuando discutimos, se apresura a pedir tiempo muerto haciendo una T con las dos manos y susurra:

—Recuerda, cariño, debemos hablar como nos enseñó la terapeuta.

Entonces yo respiro hondo diez veces y él respira hondo diez veces y yo respiro hondo una vez más por si acaso y empiezo.

—Yo… siento que… tú…. no me respetas. Te he pedido… que fueras a la tintorería… y se te ha vuelto a olvidar. Tengo que ocuparme de todo.

Juan niega con la cabeza. He hecho algo mal.

—Estás enjuiciando, mi amor. No puedes juzgarme, recuerda.

—No te estoy juzgando. Estoy relatando hechos objetivos.

—No me lo parece, tesoro.

—Pues así es.

Mi maridito pone los brazos en jarras como la mamá comprensiva que soy yo. Interpreta ese rol estúpido que le queda grande, que nace de la subordinación a la autoridad. En este caso la terapeuta ha pasado a ser Dios, pero antes de eso Dios fue su jefe, y nuestro asesor financiero, y su padre, y el presidente del club de golf. Siempre hay alguien que pone las normas a mi querido esposo.

Menos yo. Y él mismo. Con su cabeza de chorlito.

—Si te parece, mi vida, apunto lo que has dicho y cómo lo has dicho y el lunes le preguntamos a la terapeuta si es perjudicial para una comunicación fluida. Así salimos de dudas —se fuerza a darme un abrazo tirante y susurra—: Estoy muy orgulloso de cómo lo hemos resuelto.

No hemos resuelto nada, pero no se entera.

Me he casado con un imbécil.

Eso pienso siempre que tenemos esas peleas de Teletubby, desde que vamos a las sesiones del carajo.

Apuro la copa y me sirvo otra. Juan me censura con la mirada, lo hace en plan traviesillo, así le ha indicado la terapeuta que debe reprenderme, como de broma. Suspiro. Me retiran la sopa aguada. Ahora llegan los postres. Ya sé lo que va a pasar. Ahora toca reactivar la pasión.

En efecto, Juan se dirige al baño y me dice que nos reunamos allí en dos minutos.

Sola en la mesa, con la tercera botella de vino vacía, me planteo por qué debería quedarme un segundo más en este restaurante hortera donde cuelgan del techo hilos de corazones rellenos de helio. Mi amor ha pinchado. Soy consciente de ello. Juan es consciente de ello. No queremos mirarlo de frente. Pero es así.

Echo un vistazo alrededor. El local está lleno de parejas jóvenes que se dan la mano y se sonríen y se inclinan para besarse rápidamente. Estarán deseando acabar de cenar para correr a echar un polvo de los lentos, con deleite.

Vuelvo a suspirar. Esta vez con pesadumbre.

Por qué no, me digo. Llevo la lencería bonita, después de todo. Por qué no intentarlo una vez más.

En el baño de hombres, Juan cierra la puerta tras de mí con nerviosismo. Nos escondemos en uno de los cubículos y corremos el pestillo. A duras penas cabemos los dos, su barriga es cada vez más grande. Le sugiero que tome asiento para que yo me arrime a horcajadas sobre él, pero no le parece buena idea. A mí tampoco, la verdad, hace años que no me abro de piernas de ese modo. Seguramente me haga una fisura en el extensor.

Valoramos cómo encajar nuestras anatomías, como en el Tetris. Al final optamos por la postura que menos me gusta: yo de espaldas y él de pie. Me inclino hacia el retrete. Él me embiste. Jadea. No siento nada. Solo una presión sorda cada vez, un vaivén de los pechos, aunque no me haya zafado del sujetador. Veo avanzar y retroceder la tapa del váter. Me fijo en que la cadena del desagüe es de las de pipí o caca, para ahorrar agua. Me pregunto si deberíamos cambiar el nuestro. El váter. Por lo de la sequía y tal.

Juan está sudando. Le sudan las palmas de las manos, las noto pegajosas en el trasero. Espero que nadie le oiga gemir como un cerdo. ¿Me acaba de dar un azote?

¿Ha sido eso un azote?

Aún me pica la piel. Me doy la vuelta con brusquedad.

Le miro una eternidad a la cara. Él se limpia la saliva y el sudor con la manga de la camisa.

—¿Qué pasa, amor?

Amor. Mi vida. Cariño. Tesoro.

—Nada —sonrío—. Hagámoslo en otra posición.

De frente, me encarama a la pared y coloco las piernas sobre la tapa blanca. Los tacones resbalan, se hace difícil encontrar un punto de apoyo fiable para descansar mi peso muerto. Podría abrazarme a Juan, pero no quiero ni tocarlo.

Me quedo observándolo. Cómo se mueve su cara. Los carrillos le baten, la calva le reluce, brillante de esfuerzo. No tiene pelo donde debería y le sobra donde no. Lo veo ahí, devoto, follándome como le han dictado. Siguiendo las normas de la terapeuta con entrega. Diciendo amor y cariño y mi vida y tesoro y esas chorradas. Discutiendo como un Teletubby. Me lame el cuello con la lengua acartonada de chupar culos. Qué asco.

Qué asco me das, Juan, pienso. Qué asco.

Qué asco, mientras intento acoplar los pies mejor para mantener el equilibrio.

Qué asco, imaginándome al monitor del gimnasio en su lugar, sus abdominales, los bíceps.

Qué asco, sin poder salir de ese baño inmundo. De ese restaurante cutre. De esa relación cadáver.

Y le escupo.

No lo he hecho adrede y Juan se detiene. Le ha caído en un ojo, lo tenía abierto al recibir el perdigón. Se frota con la camisa otra vez. Yo le alcanzo, como puedo, un poco de papel higiénico. Él no ha hecho amago aún de salir de mí.

Se me queda mirando. Durante un instante me parece reconocer al gilipollas de mi marido de toda la vida ahí debajo, en el fondo de sus pupilas. Escruto mejor y me alegro: por fin, vuelve, subnormal, vuelve ya, no soporto a este mamón que ha ocupado tu cuerpo, me conformaría con tus mil versiones de estúpido de antes. Con cualquiera de ellas.

Entonces sacude los mofletes gordos y dice las fatídicas palabras.

—Ay, picarona. Esto no me lo esperaba. El lunes se lo contamos a la terapeuta, para que vea que tú también te estás soltando en el ámbito sexual.

Y se esconde el pito fláccido, muy contento, en los calzoncillos de corazones. A juego con el día de San Valentín.

 

Andrea Tovar

 

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6 comentarios sobre “Ay, picarona

    • el 14 febrero, 2018 a las 10:01 pm
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      Muchas gracias Ángela! La verdad es que esa es la impresión que se está llevando casi todo el mundo (por los comentarios que me van haciendo en redes y demás) y yo lo concebí como algo casi cómico de primeras, pero es verdad que el trasfondo es bastante penoso. Me alegro de que lo hayas disfrutado y mil gracias por dejarme tu opinión!

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  • el 14 febrero, 2018 a las 5:03 pm
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    Qué buen tono sarcástico y ácido, pensar en ese momento que debe cambiar la tapa de su inodoro y la descripción de él, es la imagen del hastío. Muy bien lograda la secuencia de hechos. La última frase cierra todo el cuadro de insatisfacción. Saludos

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    • el 14 febrero, 2018 a las 10:03 pm
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      Buen análisis el tuyo, muchas gracias! El momento váter es de mis preferidos, la verdad es que a todas se nos puede ir la cabeza en esos momentos tan clave y es curioso, pero en este caso ya es preocupante por ese asco profundo que ella le tiene al pobre Juan, que se esfuerza y se esfuerza. Mil gracias de nuevo y un abrazo!

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  • el 16 febrero, 2018 a las 7:39 pm
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    Me ha encantado! Me quedo con ganas de mucho más! Enhorabuena! Quiero saber más de ella! Un beso!

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    • el 27 febrero, 2018 a las 1:38 pm
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      Disculpa Sandra, que no lo había leído! Me alegra mucho que te guste. Esperemos que a esta pobre mujer le vaya mejor con el dichoso Juan -¡o con otro u otra!-. Un beso y gracias!

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