Bajo la manta

puente

Como todas las noches Andy se dispone a sacar la basura. Casi es medianoche. Con cariño mira a su mujer, está dormida en el sofá bajo la manta y varios cojines y, agarrando la bolsa de basura con cuidado, abre la puerta y sale a la calle. Habían estado viendo la última película, malísima por cierto, de un actor en total y claro declive por lo que su mujer se había quedado irremediablemente dormida. Mientras recorre la decena de metros que los cubos distan de la puerta de su domicilio va pensando en el viaje que harán la próxima semana – por fin a Holanda – repasando mentalmente la lista de preparativos. Llega hasta los cubos, deja la basura y vuelve a su casa.

Directamente va hacia la cocina y bebe un vaso de agua. Después se dirige al cuarto baño diciendo en voz alta:

-Cariño, vamos a acostarnos ya, levántate anda – orina y se lava los dientes. Marcha hacia el dormitorio repitiendo la consigna:

-Vamos Helen, sal de debajo de mantalandia.

Se desviste y se pone el pijama. Medio mosqueado va hacia el salón.

-Mira que te cuesta.

Cuando llega lanza una larga mirada a la manta. Al borde de la irritación zarandea el pico bajo el que se supone está el hombro de su mujer. La manta cae lánguida a un lado. Bajo el cúmulo acolchado no hay nadie. Andy enarca una ceja. Mira hacia al pasillo. “Qué raro que Helen quiera jugueteos a esta hora” piensa extrañado. Revuelve los cojines y la manta distraídamente, entonces dice:

-No tengo ganas de que me des un susto, venga a dormir. Pareces una cría, vamos.

Busca en el cuarto de invitados y en el baño. En la cocina y en el dormitorio. Una extraña sensación comienza a nacer en su pecho. Diez minutos después ha buscado en toda la casa. No hay nadie más aparte de él. Gotitas de sudor perlan su frente.

Sale a la calle y cruza la calzada. Llama a casa de su vecina Debbie, quizás Helen haya ido para preguntarle algo… ¿De noche? ¿Tan tarde? ¿A preguntarle qué? ¿Y si así hubiera sido, la habría visto seguro, no?

Nadie le abre en casa de su vecina. Entonces lo recuerda, Debbie pasaba la semana en casa de su hermana. No estaba en su casa, y vivía sola.

Andy deshace sus pasos y se queda parado en mitad de la calle. Avanza un poco y se asoma a una esquina. De repente se pone a andar y da la vuelta a la manzana mirando por todas las casapuertas y portales. Nada.

– ¡Helen!

Corre hacia su casa y entra dando un portazo. Revisa la vivienda una vez más, desesperadamente y gritando el nombre su mujer. Nada. Miles de pensamientos azotan la cabeza de Andy. Pero sobre todo incomprensión, confusión. Justo cuando echa mano del teléfono para llamar a la policía ve algo. Ha notado movimiento en la calle a través de la gran ventana del salón. Se asoma esperanzado. Una figura acaba de doblar la esquina de enfrente de su casa. Sólo la ha visto durante menos de un segundo pero el pijama de color blanco de su mujer es inconfundible. Suelta el auricular del teléfono y sale atropelladamente a la calle. Salva los metros hasta la esquina en una frenética carrera y se asoma. Vacía. Sólo se ve la calzada descendente hasta el puente de Saint Michael y las últimas casas de su barrio a lo lejos. De pronto la ve.

Andy sale disparado. Ve como su mujer está subida en el borde del puente. Abajo sólo está el lecho seco del río Patton…a unos veinticinco metros. Comienza a gritar el nombre de su mujer. Ve como le ondea el cabello por el viento. Ve como le tiemblan las piernas aguantando el equilibrio. Ve como ella gira la cabeza y por fin le mira…Cuando Andy está a pocos metros, Helen, su mujer desde hace casi nueve años, se tira. En el último instante Andy ve que su mujer está sonriendo. Sigue la caída con los brazos apoyados en el borde y siente una opresión en el pecho insoportable…de pronto, justo cuando su mujer va a estrellarse con el suelo grita:

-¡Nooooooo!

Andy abre los ojos chillando de pánico. Está tumbado en el sofá con varios cojines por encima y la manta echada. Mira hacia la puerta del salón y ve a su mujer con la bolsa de basura en la mano. Se le descuelga la mandíbula de asombro al verla.

-Oye ¿hoy no sacas la basura? Mira que quedarte dormido. Aunque de verdad que la peli era malísima.

Andy no logra articular palabra. Finalmente, mientras una lágrima se desliza lentamente por su mejilla derecha dice:

-Helen, amor mío, la peli es para suicidarse.

EUGENIO MENGÍBAR

 

 

relatos. terror, película, mala, suicidio

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