Beso de feria

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Sonaba Moscas en la casa. No es la canción que yo habría elegido como banda sonora de nuestra relación, pero no pude evitarlo. Tu jefe ponía la radio a todo volumen, y ese era el tema que salía de los altavoces a máxima potencia. Se entremezclaba con el estruendo del tiovivo, los coches de choque y los gritos del gitano, el de las técnicas depuradas de marketing, que para vender su algodón de azúcar increpaba a los paseantes y les amenazaba acercando demasiado el palito de dulce a sus caras.

Te compré un poco de nube rosa, no por miedo a represalias, sino por el placer de ver tus dientes blancos entre sonrisa y mordisco. Por contemplarte, angelito en un cielo de fantasía.

Eras un regalo de allá arriba. Eso pensé. No dejabas de colocarte el mechón detrás de la oreja. Quería creer que era de nervios. Que te ponía nerviosa tenerme delante. A mí, un saco de huesos con la columna demasiado larga y los dedos demasiado finos, incapaces de tocarte entera.

Las luces de los fluorescentes resplandecían en tus ojos. Te teñían la cara de azul, de verde, de rojo. Cuando te pusiste de color naranja te besé. Sonaba Moscas en la casa. Daban ganas de sacarte a bailar lento allí mismo. No daba tiempo, tu receso era breve, debías cubrirle el turno al jefe con las escopetas trucadas. Me regalaste un oso de peluche, tú a mí, porque no conseguí derribar ningún poste ni hacer diana con estos dedos escuálidos y la nula puntería que me caracteriza. Nunca doy una a derechas.

Contigo hice pleno.

Eso lo he sabido siempre, no me he dado cuenta hoy. Es solo que, al volver del mercado, he encontrado la plaza llena de feria.

Había una pareja. Tenían el carricoche apostado junto al futbolín. Él se dejaba marcar goles. Ella se quejaba por la condescendencia. Parecía enfadada, con el tipo de enojo de los enamorados, el que se convierte en risa de cascabel pronto.

El amor, creo, es procurar que el otro haga diana y regalarle peluches que no merece. Y permitir que marque gol. Decenas de goles. Aunque tarde quince minutos en lograrlo con torpes movimientos.

No esperaba verte. Paseaba en la oscuridad quebrada por los alegres fluorescentes. Ahora anochece pronto y la ciudad se sume en el color de las velas, iluminada en redondeles de farola, como si los viandantes fuéramos sospechosos en un interrogatorio o potenciales víctimas de una abducción alienígena. Por eso se agradecen las intermitencias de tonos vivos.

Me sumía en la nostalgia de tu algodón de azúcar y de ese beso primero tan rosa y tan dulce. Sin más propósito que revolcarme en esa ternura, observando los cochecitos de Minions, los tractores, los autobuses, los carruajes de cisnes; daban vueltas sin parar. La feria siempre vuelve, la vida gira y ahí estabas tú.

De espaldas. Era tu cabello, lo llevabas recogido pero mantenías los mechones tras las orejas. He atisbado un trozo de nariz cuando has girado la cabeza para reírte. Conversabas con una señora. Se me ha hinchado el pecho de gozo y temor. Valoraba si acercarme a saludarte hasta que me he convencido. «No es casualidad», he pensado. Incluso se me ha pasado por la cabeza, fíjate, que aquello era una especie de señal. Tú y yo, tantos inviernos después, en el mismo punto de partida. Debía significar algo.

Así que he avanzado tres pasos. Uno, dos, tres.

Entonces te has puesto de perfil.

Y un redondel, un semicírculo perfecto, coronaba el espacio entre pecho y pubis. Estabas bien cubierta por un abrigo oscuro, pero se apreciaba a la perfección que albergabas vida. Una nueva vida en tu vientre. Y los cochecitos dando vueltas en torno a un eje. Y el mundo dando vueltas en torno a un eje. Y mi cabeza dando vueltas en torno a un eje.

Sonaba Moscas en la casa. Busqué esa canción para incluirla en el vídeo que te preparé en nuestro último aniversario, y así descubrí que ese era el título. Hasta ese día había pensado que la banda sonora de nuestro amor era otra: Mis días sin ti. Porque eso dice la letra.

«Mis días sin ti son como un cielo sin lunas plateadas ni rastros de sol. Mis días sin ti son solo un eco que siempre repite la misma canción».

 

Andrea Tovar

 

 

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