Bestiario

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Ambas se miraban desconfiadas: la pequeña gárgola, entrecerrando los ojos; la altiva esfinge, contemplándola a distancia. El encuentro había sido casual y quizá no hubiese acontecido de no ser por la distracción de las respectivas madres de las pequeñas.

La gárgola extendió sus alas membranosas y se alejó del campanario; la esfinge la siguió, no sin antes relamer un poco las plumas de sus propias alas.

La gárgola, asustada ante la audacia de su desconocida acompañante, entró por una ventana entreabierta. La esfinge la siguió y, ronroneando con la seguridad que su inteligencia le daba, preguntó: “¿Qué clase de bicho eres?” La gárgola no podía creer que el extraño animal que tenía enfrente tuviera una voz tan melodiosa; reponiéndose de su sorpresa, respondió: “Yo soy una gárgola, ¿y tú?”. La esfinge pronunció suavemente su nombre.

Contemplándose con mayor seguridad, se olfatearon cautelosamente hasta sentir sus almizcles familiares. La gárgola tocó las alas de la esfinge, sintió el suave pelo de su piel y acarició su hermoso rostro; la esfinge, inmóvil, observaba con fascinación el alargado rostro macilento de la gárgola, cuyo mayor atributo eran los afilados y relucientes colmillos que emergían de su prominente mandíbula.

Confiadas, las dos criaturas empezaron a jugar, corriendo circularmente una detrás de la otra, intentando atraparse.

 

Despertó y buscó en vano alguna pista de lo acontecido en su habitación. ¿En dónde estaban las pequeñas? Nada, no había ningún indicio de su presencia. Seguramente todo había sido un simple sueño, otro estúpido sueño sobre criaturas fantásticas. Los libros que había estado leyendo debían tener la culpa. ¿Por qué permitirían la existencia de ese tipo de historias?

Malhumorado, el Minotauro se internó en su laberinto.

 

               Macarena Huicochea

 

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