Boca de lobo

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Una vez me puse a pensar en el singular recorrido que realizaban las cosas dentro de mi automóvil. Primero las ponía en una bolsa, sobre la guantera, luego ellas, en alguna frenada o de alguna forma que yo no terminaba de comprender, se deslizaban hacia el asiento delantero. Finalmente, como me molestaban para conducir, las ubicaba en la parte trasera y ahí se acumulaban. Se iban juntando y luego adquirían una forma y tamaño que se volvían para mí, inabordables. La primera vez que comencé a percibir la gravedad del problema, fue cuando mi prima Ligia me prestó un libro, lo puse en la parte trasera y al poco tiempo yo ya desconocía su ubicación exacta. Luego fueron unos discos compactos, que tampoco pude encontrar. Cuando busqué un cuaderno de notas que necesitaba y no lo hallé, primero pensé que no había buscado bien y luego que se me habría caído fuera del auto, inadvertidamente.

Pero a medida que pasaba el tiempo, fui extraviando otros objetos que ponía allí. Cuando Ligia llamó “boca de lobo” a mi auto y agregó que “devoraba” los objetos, empecé a prestar mayor atención al asunto. Un día cobré valor y, durante tres larguísimas horas, saqué todo lo que había en mi auto, para lavarlo y a la vez, resolver el misterio. Ninguna de las cosas extraviadas apareció, en verdad. Algo preocupado, decidí hacer un experimento y una tarde dejé intencionalmente, un pequeño trompo rojo en el asiento trasero, justo al lado de la ventanilla. Al día siguiente, al salir para el trabajo, eché un vistazo y solo hallé el asiento vacío. Me tomé un tiempo para analizar el asunto, pero no obtuve resultado alguno. A los tres días encontré el trompo en el piso del coche, cubierto de una sustancia gelatinosa.

Una noche, meses después, estaba soñando tranquilamente cuando algo indefinible me despertó. Descubrí entonces una luz en el garaje, que hizo que me levantara tiritando y que abriera la puerta del mismo. Para mi sorpresa, hallé una mujer alta y rubia junto al auto, la cual me miró como si me conociese, sonrió y luego entró, tranquilamente, en mi casa, se sentó en mi sillón favorito y para mi sorpresa, abrió un libro y comenzó a leer en voz alta, un cuento que yo había escuchado alguna vez y que trataba sobre un joven que tenía un automóvil, en cuyo interior desaparecían las cosas. Luego se levantó y se dirigió hacia el garaje. Yo, por mi parte, salí detrás suyo y justo en el momento en que ella encendía el motor de mi auto, entré y me deslicé hacia el asiento trasero donde, simplemente…desaparecí.

 

Susana Angélica Orden

 

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