Cadenas

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La criatura parecía un hombre, pero bien sabía Abe que no lo era. Tenía brazos y piernas, torso, y cara con rasgos humanos. Incluso llevaba una holgada camisa blanca y unos anchos pantalones del mismo color. Tenía un sedoso pelo rubio y unos casi transparentes ojos azules.Eran como sus armas de camuflaje. Todo rezumaba humanidad. Pero igualmente lo rechazaba, Abe negaba su existencia, a pesar incluso de que lo conocía desde su adolescencia, de que lo había acompañado en su vida desde la oscuridad de su alma, e incluso haberla visto en sus infinitas formas abyectas en el caminar de sus días. Siempre había sabido ignorarla como el águila ignora el firmamento, pero ahora la criatura era más fuerte que nunca.

La criatura andaba lentamente por un camino de tierra con señales de ser muy antiguo, rodeado de extensa hierba hasta donde la niebla dejaba ver. Y es que una espesa bruma rodeaba la figura convirtiendo los metros en su alrededor en el único mundo que Abe veía en ese momento. De pronto llegó el primer temblor.

Un brazo de la criatura empezó a retorcerse en formas imposibles mientras los rasgos humanos de la cara parecían resbalar hacia el suelo. La ropa empezó a caerse convertida en jirones. Pronto las piernas comenzaron a doblarse hacia el suelo en un baile de espasmos donde huesos se partían y se recomponían, se partían y se recomponían…Abe supo entonces que la criatura iba a mostrar su verdadera forma. De la figura antes caminante ahora sólo quedaba un amasijo de piel y huesos en un terrible despliegue de metamorfosis.

Mientras que su cuerpo era un retorcer horripilante, el tamaño de la criatura crecía. Ya había dejado atrás las excusas y disfraces viles para dar paso al engendro. Era más grande que un caballo y tenía la piel negra y supurante. Líquido visceral resbalaba por una espina dorsal llena de escamas putrefactas. Los brazos caían al suelo arrastrando las muñecas y manos por la tierra, dejando un reguero de algo parecido a brea que lo ennegrecía todo. Pero lo peor era su cara. La barbilla caía picuda hacia el pecho. La boca era una cueva impía de dientes negros rezumantes de saliva. La nariz una simple oquedad nauseabunda…Y sus ojos eran rojos, de furia y ansia, de crueldad y desprecio.

Entonces llegó el ruido. En la espalda del engendro aparecieron unas argollas de hierro y los eslabones de unas incipientes cadenas que se alargaban tensas y fuere lo que fuese lo que agarraban, se perdía en la niebla. El engendro parecía que arrastrara algo y parecía pesado…Las cadenas se movían grotescas y chocaban entre sí formando el ruido de la muerte.

Abe lo supo antes de verlo. La niebla comenzó a disiparse tras el engendro y unos extraños tablones de madera comenzaron a verse. Minutos más tarde era evidente que lo que el engendro arrastraba era un carromato, cuyo fin se perdía más y más en la bruma. Sus viejas maderas crujían ante los desniveles del camino, y las gastadas ruedas giraban duras y toscas. Abe desvió su onírica mirada hacia el carromato y el corazón le dijo “basta” ante tal visión. Cientos de cuerpos yacían muertos entre las putrefactas maderas. Todos apilados en horribles posturas. Algunos cadáveres no tenían manos o pies, otros tenían quemaduras y cicatrices horribles de una vida de injusticia y violencia. Hombres, mujeres y niños. Sólo tenían en común una cosa aparte de yacer en la carroza de tal engendro: todos eran de raza negra.

Repentinamente la criatura se paró. Giró su monstruosa cara y miró a Abe directamente a los ojos. Tras una mirada cuyo horror era casi insondable, Abe supo que el engendro le tenía miedo. Fue en ese momento cuando Abe despertó del sueño.

Estaba sudoroso y el corazón le latía desbocado. Se bajó de la cama y se acercó a la ventana. Había sido una pesadilla terrible. Aun así veía la verdad oculta en ella. De pronto escuchó como su mujer se revolvía inquieta en la cama.

-¿Abe? ¿Qué te pasa?

-Nada, sólo una pesadilla.

-¿La criatura otra vez? –murmuró su mujer cariñosamente.

-Sí, pero esta vez he visto lo que había en el carromato.- en ese momento la determinación y una furia ciega inundaron su corazón y su alma. Estaba harto. – Eran cuerpos, cariño, cuerpos y más cuerpos muertos y destrozados. Esta lacra que consume el alma del país debe terminar ya. El hombre es igual ante los ojos de Dios y así debe ser. Como que me llamo Abraham Lincoln que acabaré con la bestia de la esclavitud.

EUGENIO MENGÍBAR

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