Calle de arena

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Evitaba intimar con los clientes, por eso prefirió contestar con monosílabos al viejo calvo que se empeñaba en hacerle plática mientras conducía con lentitud por la autopista de cuatro carriles. Había dudado en aceptar cuando, minutos antes, él detuvo el auto y le hizo señas para que se acercara. Finalmente se arrimó resignada hasta la puerta: iban a dar las tres de la mañana, comenzaba a lloviznar y se sentía muy débil como para esperar un taxi que la llevara a la ciudad.

     Sádico, de seguro, pensó al observar la forma en que el tipo arqueaba las cejas canosas cuando le miraba las piernas. Tres años en el negocio le habían dado cierta experiencia para distinguirlos, para adivinarles en los gestos la maldad disimulada.

     —¿Puedo? —dijo ella, mientras alargaba la mano hacia una cajetilla de cigarros sobre el tablero del auto.

     El tabaco le dio ganas de tomar cerveza. Cuando creía que su estómago era incapaz de recibir un trago más, cuando comenzaba a sentirse indispuesta, encendía un cigarro y se le antojaba de nuevo el amargo sabor de la bebida. Miró a su derecha. La rápida sucesión del paisaje —árboles, señales, postes, casas— la condujo al pasado. Otra vez los domingos de agosto. Otra vez el abuelo recogiéndola para llevarla en tren a la playa. Ella vestida de azul y encajes, el pelo peinado en un par de gruesas trenzas. Ella, como ahora, sentada junto a la ventanilla, fingiéndose absorta en el panorama para no decir media palabra, evadiendo con movimientos de cabeza los intentos de charla de ese viejo diabético que despedía un olor a yodo y que carraspeaba constantemente. Todo igual pero distinto. Aunque se trate del mismo camino; aunque esta carretera sea la única que conduzca a Puerto Progreso, adonde acude cada noche a la caza de clientes.

     Signos inequívocos —el oxidado anuncio de cerveza, el edificio de madera con el techo de teja a punto del derrumbe, la maleza infestándolo todo— le indicaron que se acercaban a la antigua estación de ferrocarril de San Ignacio. Volvieron el pitido del tren, los pregones de los venteros, los pasos agitados de viajantes, los tacones de las mujeres sobre el piso metálico del convoy. No te me vayas a perder en este mar de gente, ¿quieres tomar algo? ¡Qué ganas de ser niña de nuevo, de comenzar de otra manera!

     —Dame la mano, muchacha —la voz áspera del desconocido la arrancó de sus recuerdos—. ¿Sabes? Me gusta la forma en que fumas. Acércate un poco más, ¿quieres tomar algo?

     —Doble a la derecha. Rentan cuartos un poco más adelante.

     El motel estaba en penumbra y era largo como la calle de arena donde se levantaba. No había nadie en la recepción. Un pasillo conducía a las habitaciones que se hallaban a oscuras. Escogió una llave y le pidió al viejo que la siguiera. Aquí hacía tiempo que la conocían, no era la primera vez que se tomaba este tipo de libertades; nadie iba a molestarlos.

     —¿Que cuántos años tengo? ¿Quiere echar a perder las cosas? Mejor póngase cómodo, voy por unas cervezas.

     Como nunca, el corredor hacia la cocina le pareció sombrío e interminable. Varias veces tuvo que apoyarse en las paredes para no caer. Ya junto al fregadero encendió la luz y vio cómo las cucarachas corrían a esconderse bajo el refrigerador. Los insectos nunca le habían incomodado, pero alcanzó una con el pie y la sintió crujir debajo del zapato. Abrió la nevera y cogió dos cervezas. Le llamó la atención que tuvieran esa marca que desde hacía un buen tiempo no se encontraba con facilidad en el país. La dueña del motel no era de las que se interesaban por conseguir extravagancias para los huéspedes. Destapó una y bebió. Con la frialdad del líquido en la garganta creció la pesantez en su cuerpo. Nada había cambiado. El sabor era idéntico al que a sus doce años, en ese mismo hotelito, aprendiera a tomar a pequeños sorbos. Despacio, despacio, vas a ver cómo pronto le vas a agarrar el gusto. ¿Tenía sentido? Alzó la botella y se bebió de un golpe el resto.

     —Ven, acércate —oyó decir al viejo cuando ella entró al cuarto, cervezas en mano—. Apaga la luz, quítate la ropa y acuéstate conmigo.

     Obedeció. Se sacó el vestido azul por encima de la cabeza y se acomodó en la cama, contra la pared.

     El hombre se incorporó, encendió un cigarro y se lo ofreció.

     —Gracias —dijo ella, llevándose el tabaco hasta los labios.

     Tosió, tosió mucho, como si esta fuese la primera vez que fumara.

     —Despacio, despacio, tómate un traguito de cerveza para que se te pase el ahogo —escuchó el tono jocoso del viejo.

     Bebió rápidamente, sabiendo que al hacerlo así iba a subírsele a la cabeza.

     —¿Estás contenta?

     —Sí, mucho.

     Una modorra espesa la obligó a cerrar los ojos y a buscar el pecho desnudo del hombre. Al cabo, la despertó aquel desagradable olor a medicina y un presentimiento cruzó con rapidez por su mente. Entre sombras se levantó y palpó con ansiedad su propio rostro. Sobresaltada, se dio cuenta que las trenzas le habían rozado levemente las mejillas.

 

Carlos Martín Briceño

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