Camino a la eternidad

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Sentí miedo, como la primera vez que presencié la agonía o la transición de lo material a un plano intangible. Pocos podemos observar ese espinoso instante.

Sentí miedo al ver su rostro ensangrentado, yaciendo entre retorcidos pedazos de acero que fungía como tumba. Y ahí estaba yo, siendo la única testigo del hecho después de que le fuera arrebatado su último suspiro, observando la imagen que se presentaba ante mí. De repente alcé la mirada y noté que no era uno, sino dos las víctimas de este lamentable suceso; el segundo casi no se podía observar, tenía el cuerpo bajo la pesada máquina. Pude percibir el olor a humo, fuego y sangre que inundaba las faldas de la montaña.

Cerré los ojos tratando de despertar de esta pesadilla, aunque de nada sirvió, ellos seguían frente a mí. No podía moverme, una sensación de vacío se aferró a mi estómago, creí que me asfixiaba. Algo me hacía pensar, que no tenía que estar ahí, no puedo explicarlo, era como si en un santiamén se activara una fuerza negativa interior, algo que me provocaba escalofríos, como si tuviera dos almas, una que sufría ante esa imagen y deseaba poderlos ayudar y la otra que me llenaba de una enferma sensación de indiferencia, ante el sufrimiento de esas personas.

De repente, escuché en mi cabeza una voz desesperada que me decía «¡Ayúdanos! ¡Ayúdanos! ¡Solo tú puedes ayudarnos!» ¿Cómo podía yo haber escuchado algo? Si ahí no había nadie más con vida, nadie más con la capacidad de poder articular sonido alguno, solo el fuego que devoraba todo lo que se ponía a su paso, y esos dos hombres muertos portando un uniforme verde, que no era desconocido para mí.

Entonces pude entender, estos hombres eran militares. Pero, ¿por qué me dicen eso? ¿Cómo podría ayudarlos? La confusión reinó en mí, no podía comprender. Sentí que había una lucha interna, la conciencia me decía que algo estaba mal, no podía con el conflicto que se me presentaba, ¿era posible sentir dolor e indiferencia a la vez?

De pronto, escuché un sonido fuerte, al tiempo que sentí en mi cabeza una vibración que me hizo despertar; al abrir los ojos estaba en mi habitación, todavía con la sensación de inmovilidad, sudaba y tenía el cabello pegado al cuello. En cuanto pude moverme me senté en la cama y apagué la alarma que aún sonaba. Dirigí la mirada hacia mi pequeño hijo que dormía plácidamente. Debían ser las seis, era hora de levantarme.

Como siempre, decidí no atormentarme más, ya había sido demasiado fuerte la escena en mi sueño. Era eso, solo un sueño. Había que darle vuelta a la página y apresurarme a realizar compras, esta noche despediríamos el año y la familia se reuniría en casa de mi hermana.

Ni el año nuevo, ni el transcurrir de los días borraron el recuerdo de esos hombres, sus palabras seguían presentes en mi mente. Me pregunté si debía buscar ayuda para poder entender lo que me pasaba. No, posiblemente todo era producto de mi imaginación.

El sueño… esos sueños parecían tan reales.  No era la única vez que había escuchado que me hablaban personas muertas, me daban temor…  No quería recordar lo que sentía dentro de mí, ante esas imágenes atroces. Suficientes problemas tenía ya, al ser una madre tratando de subsistir con la pensión que me pasaba el padre de mi pequeño de apenas seis años, y con las pocas ventas que lograba hacer, como para complicarme la vida con mis pesadillas.

El tiempo siguió pasando y no importaba lo que hiciera, no podía olvidar a esos hombres pidiéndome ayuda. Todos los días, me estaban angustiando. Luego lo recordé a él, era el único que podría ayudarme, mi amigo Antonio un «Awo», un guía espiritual o brujo, que conocí cuando viví en Juárez y quien siempre prefirió llamarme mi Chacala favorita, aun cuando sabía que no me gustaba, siempre le contestaba que mi nombre era Ángela. Él tenía que ser el indicado, Antonio es descendiente de una familia que por generaciones se dedicó a las artes oscuras en Catemaco, de donde había emigrado por no poder cumplir la tradición familiar que gustaba de hacer trabajos, invocaciones y conjuros, solo cuando representaran un mal.

Él pensaba que tenía una misión mayor en este mundo, que no se limita a la maldad, pues también siente satisfacción de ayudar a hacer el bien, una especie de salvador, así dice él. En cuanto pude localice a un amigo que me consiguió el número de Antonio, entonces le marqué:

— Hola, Antonio, soy Ángela —le dije:

— ¡Mi Chacala favorita! Te estaba esperando, te dije que algún día me necesitarías y yo estaría aquí para ayudarte, recuerdas.

—Amigo, no sabes lo que me ha pasado —me disponía a explicarle mis sueños y la angustia que me ocasionaban, pero de repente me interrumpió, y con un tono serio que no era característico de él, exclamó:

— ¡Te dije que me buscarías! Sé lo que pasa contigo, lo supe desde el primer día en que te conocí, pero aún no estabas preparada para escucharlo.

Cada palabra suya me hacía sentir más angustia, mi cara desencajada y mis manos frías revelaban mi temor, buscaba a alguien que descifrara lo que me ocurría, pero en realidad lo que quería es que este episodio de mi vida se acabara, volver a ser la mujer fuerte y decidida que siempre había sido a pesar de las circunstancias, pero esto me sobrepasaba.

No deseaba saber nada de muertos.

—Estás lista. Quieres respuestas y yo te diré qué tienes que hacer para encontrarlas, pero deberás ser valiente y enfrentar tus miedos. Hablarás con Orisha, él representa los misterios y secretos de los muertos, él te develará lo que ocurre contigo.

—Amigo, tengo miedo —le dije con una voz quebradiza —. No sé si pueda con esto. Respeto lo que haces, pero el misticismo me da miedo.

—No debes temer, estás lista. Recuerda lo que te dije hace muchos años, «eres más fuerte de lo que imaginas».

Sus palabras me dieron confianza, sentí como si me conectara a un tanque de oxígeno, me relajé y escuché, entonces me dio indicaciones y luego colgó.

Por suerte era martes, llevé a mi hijo a dormir a casa de mi hermana ubicada dentro del colegio pues su marido es un militar, me puse un suéter azul de estambre que mi mamá me había regalado en navidad, me hacía sentir segura y cómoda pues era una noche fría de invierno en el Ajusco. Esperé a que dieran las doce como lo dijo Antonio, tenía terror, no quería abrir puertas que tal vez no podría cerrar, pero ya no había opción; seguí paso a paso con cuidado de no olvidar ni un detalle las indicaciones, me coloqué dentro de un círculo de sal que dibuje en el piso para mi protección, la luz de una veladora alumbraba mi rostro reflejado en la bandeja de agua que puse frente a mí.

El tiempo pasaba lentamente, dando las doce de la noche inicié con la oración que Antonio me dio. Mientras avanzaba me costaba más articular cada palabra, se escuchaba a los lejos el aullar de los perros, agaché la cabeza y cerré los ojos tratando de evadir lo que estaba pasando, de repente todo era silencio. Tomé valor y abrí los ojos mirando al piso, la penumbra de la habitación solo alumbrada por el reflejo de una veladora me permitió verlo ahí, parado frente a mí, tal y como lo recordaba, cabello rizado, tez oscura como la noche, alto, aunque en esta ocasión sus ojos estaban completamente blancos, no era la mirada comprensiva de mi fiel amigo. De pronto, escuché su voz.

—No temas —dijo una voz grave. Nunca había experimentado tanto miedo en mi vida como cuando escuché esa voz y sentí su mirada dirigirse hacia mí.

—Soy Orisha «Amo de los muertos». No te haré daño, te he estado esperando. Estás buscando respuestas y yo te las daré. Hace tiempo sueñas con muertos que te dicen cosas que te desconciertan, ahora bien, debes saber que este es un don que te ha sido heredado, eres la sexta de siete herederos de sangre. Ninguno ha tenido el mismo don, cada uno tuvo una habilidad diferente, la cual les ha sido heredada por un pariente de sangre que pidió esto consciente de que pagará durante toda la eternidad por el favor. Eres libre de aceptar o no este don, aunque es mi deber advertirte que, si no lo haces, se te revelarán las almas de aquellos que crean que tú eres su única opción.

—Opción ¿de qué? —contesté rápidamente, a pesar de que tenía la quijada trabada del temor.

—De brindarles tranquilidad a ellas y a sus seres amados, eres un puente entre dos dimensiones, eres vidente y puedes mostrarles el camino a la eternidad.

Yo solo había escuchado ese término en películas, jamás había conocido a alguien con esa habilidad, estaba tratando de digerir lo que Orisha me decía, cuando vi como una sombra blanca salía del cuerpo de Antonio. Era impactante, poco a poco se colocó frente a mí, y de pronto, como si fuera un espejo, vi a todas las personas que habían estado en mis sueños, las vi una por una, felices con sus familias y después eran tal como en mis sueños, los vi sin vida y en sus rostros se dibujaba tristeza y dolor, después, la sombra volvió a posarse en el cuerpo de Antonio.

Me invadió una sensación de soledad, tristeza y desesperación, no podía más, me di cuenta de que mi rostro estaba humedecido por las lágrimas que salieron casi sin pensar, no era capaz de ver tanto dolor y quedarme sin hacer nada. De repente, algo me sacudió desde lo más profundo de mí ser, una sombra negra salía de mí y se ubicaba a mi alrededor como si quisiera cubrirme por completo. Intenté moverme pero fui incapaz de reaccionar, sentí la energía negativa que emanaba de ese ser, solo podía observar atónita lo que pasaba.

Orisha me gritó con voz fuerte y firme que no me saliera del círculo, ante la mirada vidriosa de los ojos rojos de furia que se lograban distinguir en la sombra negra que había aparecido.

—¡Soy Shago!  —dijo con voz dictadora — y reclamo lo que me pertenece. Yo te di poder, ahora me tienes que servir, viviré dentro de ti y tú serás mi fiel sirvienta. Ángela… llevas mi sangre y mi poder.

No lo podía creer, este era mi antepasado, quien desató todo esto.

Pero, ¿qué hacia dentro de mí?

—Sabía que saldrías pronto —dijo Orisha —. Te estaba esperando. Has querido dominar cada don que ha resultado de tu entrega, pero ese no fue el trato, no debes estar aquí.

En la sombra oscura se lograba ver una sonrisa irónica. Tan rápido como un relámpago tomó forma humana, se escuchó un zumbido cuando concentraba su energía negativa y después colocó las manos en mi cabeza como si quisiera arrancar mis pensamientos con ellas. Percibí una gran fuerza emanando de él. Entonces Orisha me gritó:

—¡Lucha Ángela! no le dejes dominar tu mente, él quiere ocupar tu cuerpo, mantén la tranquilidad, debes pensar en el momento en que ves a los muertos, no sientas miedo, recuerda la compasión, míralos con bondad, no permitas que su maldad domine tu mente.

Me concentré, y traje a mi mente a ese par de militares que había visto hacía un tiempo pidiéndome ayuda, los miré atentamente y volví a sentir compasión por ellos, la fuerza de las manos de Shago me desconcentraban y evitaban que sintiera el sufrimiento de esas almas, pero de pronto recordé las palabras de mi amigo Antonio, diciéndome que soy más fuerte de lo que imagino, rápidamente una voluntad férrea se apoderó de mí, vencí el temor que me acompañaba en cada sueño y me acerqué a los hombres, los miré con compasión y uno a uno les cerré los ojos deseando que no sufrieran más, lloré al ver cómo sus rostros cambiaban los gestos de terror por lo que parecía una tierna sonrisa, como si se relajaran. Entonces quedé en paz. De repente, se escuchó un grito desgarrador y sentí como las manos de Shago perdían fuerza y me soltaban lentamente, la silueta de hombre que había formado la sombra negra se posaba a mis pies mientras se convertía en un hombre viejo y agonizante. Tras unos segundos, surgieron de la nada llamas que parecían quemarlo, sin que su cuerpo se consumiera. El gritaba de dolor. Al instante, Orisha, quien aún ocupaba el cuerpo de Antonio, levantó los brazos sobre Shago y le dijo:

—Vete al lugar al que perteneces y que hace tiempo te reclama, de ahí nunca saldrás.

Entonces el piso se abrió absorbiendo a Shago, quien no dejaba de gritar. Yo quedé impactada, no podía creer todo lo que había sucedido. Mi temor se había esfumado junto con ese hombre que había vivido con su maldad dentro de mí. Me sentí liberada y respiré profundamente. Al ver mi reacción, Orisha me preguntó con un tono solemne:

—Ahora lo tienes todo claro, y ellos esperan una respuesta; si tú decides aceptar, los medios se te darán.

Y entonces le contesté…

—Sí, lo haré.

En cuanto terminé de hablar, una inmensa luz iluminó el lugar y un sinfín de imágenes pasaban por mi mente; los sonidos eran extraños, dialectos o idiomas, no lo sabía, pero entendía lo que decían. Algo estaba pasando, sentí una fuerza que provenía de mi interior.

—Toma este medallón —dijo Orisha, y extendió sus manos para entregármelo—. A quien toques tres veces con él, cruzará un portal que lo llevará a descansar por la eternidad. Solo deberás tocar el alma que haya sido buena y a quien en esta vida haya hecho mal, no lo ayudarás, pues ese castigo tendrá.

Acepté el medallón y pregunté:

—¿Cómo sabré quien lo merece?

—Cuando los toques la primera vez, sus obras se mostrarán ante ti, entonces decidirás. Ahora tienes lo necesario para ayudar a quien está pidiéndolo. Siente la sabiduría que se te ha dado, úsala para bien y una advertencia debo hacer, habrás de asegurarte de ayudar a quien muerto en verdad está, pues recuerda que en cualquier dimensión hay oscuridad y no faltará quien te intentará engañar para así el futuro alterar. No permitas que ningún impostor toque ese medallón, pues la paz de los muertos depende de él y ningún timador lo deberá poseer, si el alma pertenece a alguien que ha hecho mal, en el infierno se deberá quemar.

En cuanto Orisha mencionó las últimas palabras, las luces que iluminaban la habitación se esfumaron. Entonces vi a Antonio, su miraba color marrón había vuelto. Me observó con tranquilidad y me dijo:

—Te lo dije, mi Chacala favorita, no había por que tener miedo, eres poseedora de un poder maravilloso, siéntete feliz, pero recuerda que tienes una gran responsabilidad porque hay quien en ti confía.

Y después de sonreírme, comentó:

—¡Lo harás bien! recuerda que nunca estarás sola, si me necesitas me podrás encontrar. Hasta pronto.

En cuestión de segundos todo volvió a la normalidad. Estaba en casa, agotada y con un medallón en las manos. Casi por inercia, miré el reloj que estaba en la pared de la habitación. Seguía marcando las doce.

Después de todo lo ocurrido, no tuve contacto con Antonio, ni con ningún ser de otra dimensión, aunque jamás olvidaba usar mi medallón.

A finales de febrero llegó el día en que se realiza el examen de ingreso a los aspirantes a formar parte del ejército, fecha importante para mí porque me permite ampliar mis ganancias, viviendo en Tlalpan, frente al Colegio Militar que es cede de las pruebas para los jóvenes de todo el país. Sería imperdonable, no beneficiarme con esta oportunidad.

Mi vecina es la propietaria de un Cibercafé, lugar en donde los jóvenes aprovechan para llenar formatos y pasar al sanitario, en lo que esperan su turno para registrarse. Ella me permite poner mi negocio de trajes de baño en un espacio del local, negocio redituable, ya que, con la premura y los nervios, los aspirantes olvidan cumplir con ese requisito y enseguida les resuelvo el problema.

Iban a dar las doce, estaba sentada observando el lento avance del reloj que adornaba la pared del local, cuando una mujer pequeña de avanzada edad entró con un joven:

—Disculpe señorita, buena tarde ¿puedo ocupar esta silla en lo que espero a mi nieto? — Me preguntó con una voz dulce, cuando se dispuso a esperar al joven que la acompañaba.

—Por supuesto señora, adelante —contesté:

Al momento de esperar a mis clientes, observé a la abuelita, quien inició una plática como si me conociera de toda la vida; logré saber que eran originarios de Puebla, que acompañó al nieto, quien era huérfano de padre a escondidas de la mamá, ya que ella no quería que fuera militar, pues ya había sufrido una vez el ser la esposa de uno y no saber que paso con él, como para repetir el sufrimiento con su único hijo. Y es aquí en donde la abuelita me contó su triste historia. Hacía ocho años que su hijo, un piloto que pertenecía a un grupo de elite del ejército, salió a una misión y nunca más supieron de nada de su paradero. El gobierno, solo les informó que se había caído el helicóptero en el que viajaba con un copiloto, pero que no lograron ubicar el lugar por lo que lo dieron por muerto.

La abuela, con lágrimas en los ojos, relataba esta historia, y me decía que no solo sentía dolor por no poder sepultar a su hijo conforme lo marca su religión, sino que todas las noches pensaba en el dolor y sufrimiento que pudo haber pasado, al verse herido de muerte y saber que no volvería a ver a su familia. En ese instante, escurrieron lágrimas cristalinas por su tez marchita. Rápidamente secó sus lágrimas y sacó de su bolso una fotografía.

—Mire usted, él es mi hijo, lo llevo conmigo a donde voy, sobre todo hoy que es un día especial, pues estaría feliz de ver a su hijo seguir sus pasos.

Cuando la abuela me mostraba la foto y me decía esas palabras, sentí como un frio recorría mi cuerpo, creo que mi rostro cambió de color y en mi mente reinó el desconcierto.

Era él, uno de los hombres de mis sueños.

Pero, ¿por qué? Inmediatamente después de que me lo pregunté, la respuesta vino a mí, aquella noche Orisha me dijo que sería la encargada de brindarles paz a ellos y a sus familias. Pero, y si la abuela pensaba que estaba loca, y si me insultaba creyendo que me burlaba de su dolor… entonces, tomé mi medallón, lo puse en sus manos arrugadas y me concentré. El tiempo se detuvo, y estábamos ahí solo ella y yo. Su reacción fue de desconcierto, aunque creo que a su edad nada le asustaba.

—¿Qué hace? —me dijo, pero no le contesté. En cuanto pude, tomé la foto que traía en sus manos, me concentré en su rostro y él vino a mí. Logré mostrarle a esa angustiada madre lo sucedido. Ella miraba la escena con dolor, como si su hijo acabara de morir, pero le tomé la mano nuevamente y le pedí que escuchara. La imagen del hombre, que ya no lucia como un accidentado, sino como un flamante militar en una cena de gala, ahora estaba parado frente a nosotras. La abuelita no dejaba de llorar, y con voz entrecortada le dijo al hombre:

—¡Mi amor, perdóname! Hasta ahora te encontré.

El hombre la miró tiernamente y se aproximó, tomó un crucifijo que la anciana portaba en el pecho y con una suave voz, pronunció:

—No sufras madre, ahora estoy con Él.

 

Ivett Suárez

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