Cárcel de hueso

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Se agarró la cabeza mientras, en el restaurante, la que había sido su novia segundos antes le decía no, a su petición de matrimonio. Cuando las palabras de ella le ametrallaban el alma y el corazón, comenzó a notar los golpes. No eran a su cuerpo, no había nadie tocándole, sino que los notaba en su cabeza. Rítmicos y pesados.

-…eres un chico muy especial, pero es que no me veo preparada para el matrimonio…

“¿Chico especial?” pensó Carl. Cierto que tenía un pasado algo complicado, re­lacionado con tratamientos médicos para mitigar episodios de vacío que sufría desde la adolescencia. También era cierto que a veces oía voces que le susurraban cosas horripilantes desde algún punto de la oscuridad de su casa. Pero lo que ella no entendía es que lo que buscaba era asentar su cabeza y hallar la paz y la tranquilidad. Verdaderamente pensaba que junto a ella lo iba a lograr, pero le había dicho no. Empezó a sentirse mal, enfermo.

Herman notó la luz que se filtraba por los barrotes de su cárcel y, con una terrible sonrisa lupina en la cara, no lo dudó un instante así que subió el ritmo. Cada cabezazo que daba contra los barrotes daba un paso más hacia la libertad. Ni siquiera la sangre que pronto le cayó por la cara le frenó un ápice, al contario, la saboreó rápidamente con la lengua y le supo a salsa de violencia.

Los golpes en su cabeza se incrementaron mientras que aquella mujer no callaba.

-…lo lograrás, de verdad, encontrarás a alguien…en verdad la envidio porque eres maravi­lloso…

Carl notó como la sangre le ardía dentro del cuerpo. Aquella mujer no decía otra cosa más que tonterías. Y estaba empezando a no sentirse bien de verdad. Los golpes en su cabeza eran insoportables y notaba como la fiebre subía peligrosamente. Se levantó de la silla tambaleándose y agarrándose la cabeza con las dos manos…

Herman cesó sus arremetidas. Necesitaba disfrutar de aquel momento al comple­to. Ante él, el últúno barrote estaba casi destrozado. Había sangre por todos lados y el ojo derecho le medio colgaba de su órbita. Su frente era una masa amorfa de sangre y huesos. Cogió impulso para el últúno cabezazo y realmente que el dolor era increible, pero Hennan era feliz ya que iba a ser...

“¡Libre!” gritó repentinamente Carl. Su exnovia casi se cayó de la silla y de pronto todo el restaurante quedó en silencio. La cara del atormentado muchacho se fue transforman­do gradualmente en una máscara de odio tal, que ella se puso a sollozar. De pronto Carl alzó una mano y se palpó el ojo derecho, incluso dio un respingo como si al tocárselo le doliera mucho. Tras esto cogió un cuchillo de la mesa y saltó sobre la mujer.

Varias personas acudieron a frenar al desequilibrado y tras inmovilizarlo empezó a decir sin parar:

-Ya me he escapado una vez, volveré a hacerlo, ya me he escapado una vez, volveré a ha­cerlo…

 EUGENIO MENGÍBAR

relato

 

2 Comments on "Cárcel de hueso"

  1. Eloy Mósig García | 9 Septiembre, 2014 en 9:58 am | Responder

    El final es la leche. ¿Conocemos al autor/a?

  2. Es sorprendente como se puede contar tanto con un texto tan breve, sin duda sorprendente. Muchas gracias por permitirnos disfrutar de él.

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