Cartas

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Ese día terminaban las innumerables travesías de Miguel en la Flota de Indias. Habíamos definido en las últimas cartas nuestras ardientes ilusiones de establecernos y tener hijos. Mi esposo regresaba triunfante de América.

Disfrutaba la tarde calurosa bajo las sombras del parque Genovés. Entonces entorné los ojos hacia la bahía. Allí en lontananza, vislumbré la flota de galeones y corbetas de velas blancas reflejando las lanzas doradas del sol. Un sobresalto me dijo que al fin esas cartas se harían realidad. Miguel atracaría definitivamente conmigo. Las naves, silenciosas primero, se deslizaron sobre la bahía, y las aguas fueron abriéndose a sus quillas, formando pequeñas olas que recalaban en los inmensos muros de piedra. Los estallidos de alegría de sus marinos a bordo contagiaron a los muelles, y todos alzaron sus sombreros al unísono.

Sin importarme los tacones y mis gruesos faldones, corrí. Los hombres empezaron a tender cabos y a sumergir áncoras. Curtidos de sol, agradecían a la Virgen por volver a poner sus pies en Cádiz. Las amplias sonrisas daban cuenta de buenas nuevas, plata mexicana y objetos misteriosos del otro lado del océano. Cuando alcancé el atracadero, los funcionarios recibían a la tripulación. Agitada, pregunté insistente por Miguel, hasta que, con muecas burlonas, me señalaron uno de los cargueros.

Entre la multitud, alguien dijo mi nombre. Un niño moreno, de rasgos amerindios, se me acercó sin ninguna educación. Indignada, lo encaré. Mientras me extendía un sobre, le descubrí un gran parecido a mi marido.

La carta contenía la letra temblorosa de Miguel. Resultaba que ese chaval era hijo suyo y me lo encargaba sobre su tumba. Un mareo casi me fulmina.

Retorcí los pliegos.

Respiré.

«La única culpa del chiquillo es tener su cara».

Sin decir nada, le tendí la mano, y lentamente dimos la espalda a la flota, perdiéndonos entre la mercancía y los marinos tostados del sol de América. Mirándonos de reojo, abrazaban a sus felices mujeres.

 

Mauro Barea

 


 

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