Clavos

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Hay tactos que queman desde dentro, como huellas corrosivas que ensucian el alma y hasta el tuétano. Hay legados que uno no logra aliviar y subyugan con quejumbres y deforman las espaldas. Hay miradas que no pueden ser evitadas, pues se izan a lo alto del espejo cada mañana. Porque a veces el linaje corrompe piel adentro.

De él tengo el nombre y dos ojos macilentos, de un verde mustio en las madrugadas; de un brillo irascible caída la tarde. Ojos que pestañean ahora abotargados bajo esta luz inmisericorde. Dicen algunos que caminamos del mismo modo, pero yo nunca lo he creído, porque en el arrastrar de sus talones hubo siempre un perfume funesto; un deje despectivo en sus pisadas al otro lado de mi puerta. En mis pasos, sin embargo, tan sólo hay cansancio. Y tristeza.

Ya comienza a cuarteársele la sangre bajo la nariz, hinchada de sus vicios y de mi resentimiento. Y recuerdo que esa misma sangre, con su carga de crueldad, su despótica herrumbre, me corre por las venas. Al igual que esa otra sangre, afluida desde un ascendente muy distinto, también roja pero mansa como una pluma. Aquella que empapaba la alfombra una tarde cualquiera de una vida cualquiera. Esa que dibujó la silueta perfecta de un cuerpo quebrado.

¡Qué dolor el de mis nudillos de tanto esfuerzo, de tanto reproche! Lívidos, desollados, en carne viva. La dentada de mis cuatro huesos grabada en besos cruentos en la parte baja de su mejilla. La impresión de mis puños: la expresión de mi odio. Aprieto el cañón contra su sien y me obnubila por un instante el rielar de la bombilla en sus pupilas dilatadísimas, en esa lágrima que examino con auténtico estupor.

–¿Tienes miedo? –le pregunto.

Me observa en silencio.

–Ella también lo tenía.

Le miro por un segundo las manos y me asquea encontrar en ellas unas formas tan similares a las mías. De ellas no recuerdo caricias, sólo las marcas sordas que dejaba sobre mi carne. Sobre nuestra carne. Pienso en ella…en ese vestido blanco que no tuvo la oportunidad de estrenar; o, peor aún, que estrenó sin siquiera saberlo. Tan nuevo y tan definitivo. Y en sus labios cosidos y en el relieve de ese cúbito fragmentado apenas oculto bajo la manga.

Le sostengo la mirada por un momento y me abochorna encontrar en ella lo que también silencio en mí. Maldigo la mala fortuna del primer apellido. Y reniego de los padres que traicionan con sorna el quinto mandamiento. Y de los hijos que aprenden a traicionarlo tras ellos.

Pienso en mi madre. En su ataúd.

Y disparo.

 

Juan Andrés Moya Montañez

 

 

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