Como flotando

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Dicen que los elefantes presienten su muerte y que, sintiéndola llegar, se desplazan buscando la compañía de sus muertos por aquello de no yacer solos eternamente. En realidad esto no es cierto del todo, lo que ocurre es que, encontrándose enfermos o carentes de alguna sustancia valiosa, buscan la cercanía del agua para mejorar su estado apático y como todos, llegados a este punto, buscan lo mismo, sus cuerpos ya finados se amontonan formando los conocidos cementerios.

Un minuto antes del desplome, Abbul se refrescaba el cogote agostado en un gran barreño colocado para tal uso. Fue en ese preciso instante cuando el paquidermo, sabiéndose de pronto condenado a muerte, se acercó raudo con el propósito de introducir la trompa dentro del recipiente. Abbul lo vio venir y se apartó diligente del balde por aquello de respetar la intimidad del sediento, pero como no vio sombra de muerte alguna en los ojos del gigante y, habiendo dejado a medias la tarea del refrescatorio, permaneció cerca del árbol sentenciado. Si el animal no se hubiera  desplomado de pronto, si Abbul hubiera dispuesto de más tiempo para estudiar la trayectoria de la caída, hubiera este hombre, tan enjuto como elástico, efectuado una conveniente fuga salvadora. Pero no ocurriendo de ese modo sino del que fue, Abbul se encontró de pronto con el lomo del paquidermo cubriendo la casi totalidad de su cuerpo.

Abbul Abbas llegó una mañana de verano al circo de los horrores de Viterbo, solicitando un puesto de trabajo. Como único curriculum adujo haber sido paje predilecto del mismísimo Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, allá por el año 1527. Como iba envuelto en oros y llevaba cubiertas las magras carnes con un manteo florentino sin mangas, adamascado y con capucha, la empleada que se ocupaba de tal menester lo miró perpleja y le dijo que si no tenía un papel que avalara la experiencia y los años trabajados podía marcharse.

Los que por allí circulaban lo pensaron un loco nostálgico aferrado al pasado. De su verbo antiguo nadie dijo nada, tampoco de los abalorios que le colgaban del pecho y que adujo eran un regalo del duque antes mencionado. Solo Liberto Conrado —una bestia descomunal con pezuñas de caballo —se acercó con la intención de morder la joya, que otro modo de cotejar in situ su autenticidad no hay. Lo recibió el jefe de pista —también propietario—, entrecerrando los ojos para protegerlos del relampagueo del oro. No interesándole un ápice la prosapia desplegada ni los modos refinados, le preguntó si tenía alguna malformación digna de exhibir o si, en su defecto, sabía hacer algo fuera de lo común, advirtiéndole que aquel no era un circo al uso:

—Verá, amigo, el caso es que ya tenemos una elegante joven con las rodillas del revés que camina como una grulla; tenemos también un bicéfalo rubio y apuesto que discute todo el tiempo consigo mismo; la mujer mono; el hombre árbol y el niño ciempiés. Mientras los monstruos se pasean de un lado a otro para deleite del público ávido, arriba vuelan los trapecistas suicidas; por lo demás también disponemos de tragasables voraces, comefuegos impasibles e intrépidos hombres bala que a veces, de tan entusiasmados que vuelan, ya no vuelven; por tener tenemos hasta un poeta enano, cojo y jorobado que alterna su discurso entre el epigrama y el hexámetro. Pero sobre todo tenemos a Sinergia, la mujer serpiente, que con su sola presencia ilumina la pista. Tiene esta mujer, de cintura para arriba, la belleza asfixiante de la mismísima Cleopatra; de cintura para abajo es escamosa, como un ofidio cualquiera. Camina con la cadencia mareante de una reina; para dormir busca lugares oscuros y allí se enrosca o se acurruca. No es muy sociable, pero tiene algo en la mirada que produce sequedad de boca. Como telarañas. A veces, cuando me paro en sus ojos, se me olvida qué iba a decirle. Bueno —dijo suspirando—, y ya conoció al hombre caballo. Su madre murió en el parto porque la criatura, boqueando medio ahogada, se abrió camino con los cascos, destrozando a su paso el canal del alumbramiento. De su padre tiene las pezuñas y las crines negras, de su madre no se sabe, tal vez los ojos estrellados. Nadie le enseñó a andar por la repulsión que producía su sola visión y lo abandonaron en el monte, con las cabras. Así que a no ser que tenga usted algo espectacular bajo su extravagante vestimenta, ya puede largarse con sus abalorios por donde ha venido.

Abbul, que había escuchado en silencio la desmesurada disertación, pusose en pie diciendo que lo que ven los ojos no lo discute la razón y dejó la ropa resbalar hasta los pies quedándose desnudo del cuerpo. El jefe, que aunque era un hombre algo rudo, andaba cultivado en los temas mitológicos, no pudo por menos que recordar a Príapo, más otra cosa, aparte de aquel símbolo insultante, no vio; así que tras felicitarlo por aquella hermosura que poseía entre las piernas, le preguntó si tenía algo más que ofrecer, recordándole de nuevo que aquel era un espectáculo de rarezas y que él, de momento, no había visto nada que se ajustase a la demanda.

—Soy inmortal —comunicó.

El jefe cerró la boca y lo observó hierático.

—No pensará que voy a creer eso que dice —apostilló socarrón.

Arcadio de nombre, hijo y nieto de artistas, estaba acostumbrado a la itinerancia, al frío, al éxito más demencial y al fracaso del vacío, a trabajar con una pista o con tres, a dirimir lances, a las noches de whisky escuchando lamentos de amor, a enterrar a sus engendros en mitad del camino, bajo el barro blando o entre las raíces de un chopo desteñido por la lluvia. No fueron fáciles los preliminares de esta historia suya con el circo y dicha circunstancia lo había moldeado en roca acostumbrándolo, entre otras cosas, a distinguir el oro de la paja.  Ahora tenía ante sí a un tipo de dos metros, magro y obsidiano, priápico en su eje, pomposo en las formas, erudito en la prosa,  bello de rostro, de manos enormes tiernamente rosadas en la palma, que declaraba ser inmortal.

—Si lo creyera sin más, pensaría que es usted un necio —respondió el negro—. Si dispone de una daga le autorizo a clavármela. Si carece de osadía lo haré yo mismo.

—Sí me atrevo —gruñó el jefe—, pero no quiero ir preso. Yo se la presto y se la clava usted solito.

Tomó el negro el arma y buscó el centro del corazón, apoyó allí el doble filo y empujó el metal bruscamente hasta la empuñadura. Sintiendo atravesado el órgano con éxito, bajó las manos a los costados y abrió los ojos.

—Ya ve que sigo en pie.

Sí. Arcadio lo vio. Y lo imaginó atravesado por cien cuchillos. Contempló al público de pie,  lívido, suplicando que alguien parase aquella locura. Y lo vio después, pausado e impertérrito, extraer las armas de una en una y cada filo caído era un nuevo aplauso atronador. Admiró extasiado las flores descendiendo desde lo alto de la cúpula, oyó el ronroneo de las rotativas escribiendo sobre el milagro.

—Mañana dispondrá de un carromato con su nombre, aunque esta noche no le queda otra que dormir junto al elefante.

—No me importa, es un compañero más —concedió Abbul, encogiéndose de hombros.

—Carlomagno no actúa, solo deambula a su antojo. Ocurrió que nuestro declamador de hexámetros lo vio seguirnos cuando abandonamos Cantabria; debió escaparse de algún recinto. Caminó todo el tiempo detrás de nosotros y cuando montamos la carpa, aquí en Viterbo, se tumbó en la tierra como se tumban los perros a mirarnos hacer. Inaugurado el espectáculo, el público nos felicitó por el hermoso espécimen, los niños lo acariciaron felices y hubo alguno que lo escaló hasta la cima, rodando después trompa abajo. La hermosa Sinergia pensó que debíamos llamarle Carlomagno y delineó con sus dedos finos el continente africano que formaban sus orejas. Son inseparables.

—Sinergia —dijo el negro—. Un nombre poco común.

 —No se acerque demasiado a ella o se las verá con el hombre caballo —advirtió el jefe, echando su sombrero para atrás—. Anda relinchando desde que la chica llegó.

Aquella noche Arcadio no logró conciliar el sueño; cuando el cansancio fue mucho y su cuerpo se abandonó, no dejó su mente, esa fina máquina engrasada, de calcular los beneficios que la nueva incorporación traería a su negocio. Avanzando en esa suerte de niebla hipnagógica vio al negro subido sobre una peana adornada con oropeles, en el mástil central, a cincuenta metros de un suelo tapizado de cuchillos hirientes. Oyó los gritos del público exigiendo, desconfiado, que se garantizase de algún modo la honradez del número. ¡Véanlo con sus propios ojos! ¡Acaricien el metal!, aullaba él, animándolos a bajar. Sonaría, antes de la caída, un redoble de tambores que el público oiría congelando el momento de llevar la bebida a la boca. Así, vendiendo la leche de la vaca no comprada, calculó este hombre las riquezas venideras hasta que llegó el sueño, por fin.

Un poco más lejos, Abbul acariciaba el lomo del elefante tumbado.

—No te ofendas, compañero, si cuando te llegue el sueño aléjome de tu carne montañosa, no vaya a ser que, buscando alivio en la postura, rotes y me sepultes. Ya ves que mi geografía es enjuta.

—Es un gigante bueno. Tendrá cuidado —aclaró Sinergia, entrando en el carromato.

 Andaba esta mujer como flotando.

—Últimamente lo noto muy triste y temo que ya le ronde la parca.

—¿Las manzanas son para él? —preguntó Abbul señalando el cestillo de mimbre.

—Sí. Aunque puede tomar alguna, si le apetece —ofreció ella, alargándole una pieza roja y brillante.

Se rozaron los dedos sin querer y esta caricia fortuita ocasionó una descarga eléctrica que los dejó sin aliento, haciéndoles reír después.

—Oí lo de su inmortalidad —confesó ella luego, apoyando la espalda contra el lomo del animal tumbado—. ¿Cuál es el truco?

—No hay truco —respondió Abbul,  sentándose a su lado—. ¿Conoce a Paracelso?

—¿Y quién no?

Tropezó entonces Abbul con las telarañas negras y no recordando lo que iba a decir se quedó callado.

—Mi madre decía que yo no era hija suya, que había salido del huevo de una serpiente —contó ella sacando brillo a una manzana—. Para corroborarlo se levantaba las faldas y me enseñaba los muslos nevados, las rodillas redondas, los tobillos frágiles. Luego, apresando mi muñeca, me obligaba a recorrer la tibieza de su piel pecosa. «¿Ves pequeña?», decía, «así son las piernas de una mujer de verdad». Pasó el tiempo y una tarde de invierno, cuando llegó la primera sangre, la repulsión de verla resbalar entre mis muslos escamosos fue tal que la mantuvo enferma dos semanas. Lo primero que hizo al recuperarse fue enseñarme de nuevo las piernas blancas y tibias, enflaquecidas del asco. Dijo que no podía soportarlo más. Me fui aquella madrugada.

Miró Abbul las piernas interminables y le dijo que eran las más hermosas que había  visto en cuatro siglos.

—¿Cómo es no morirse? —preguntó ella acercando los dedos eléctricos a los de él.

Sin mirarla por no caer de nuevo preso, Abbul le habló del vértigo de despertar luego de pensarse muerto por fin. Del cansancio de los pies que tanto han andado, de la vacuidad de la noche eterna. De los lugares visitados, de la magia balsámica de contemplar un amanecer azul en mitad del desierto. Ella le habló, por contarle algo, de la repulsión, del desamparo; de la soledad del impar, del amanecer helado, de la búsqueda y del abandono.

—Cuéntame cómo ocurrió —dijo ella acurrucándose en la oscuridad de sus brazos.

—Mi amo, el duque de Bomarzo, enfermó de una suerte de virus extraño. Le brotaron pústulas por todo el cuerpo y la fiebre le quemaba. Esto sucedió en Venecia, durante los carnavales de 1532. Llegaron galenos de todos lados atraídos por la codicia de curar al duque, ganando así fama y renombre. Pusiéronle cataplasmas de orina mezclada con jugos de hierbas y cabellos de niño. Otros estudiaron la posición de Saturno por si la enfermedad venía de los cielos. Cuando se hallaba próximo a la muerte apareció Paracelso, sucio, rodeado de moscas y tocado con un sombrero grande y estrafalario; portaba además una espada que, al caminar, chocaba contra los  adoquines del suelo. Hízole a priori, una batería de preguntas para detectar la posibilidad del hechizo. Descartado el mal de ojo, prescribiole unos baños en tintura sulfurosa, aduciendo haber curado así innumerables enfermedades como el cáncer, la hidrofobia, la sífilis y la epilepsia. Cuando el duque ya pudo sentarse a tomar baños de aquel sol herrumbroso que penetraba por los cristales que daban a la Piazza, hablaron de muchas cosas. Entre ellas la inmortalidad. El Ave Fénix renació de las costillas de un caballo, dijo Paracelso y a mi amo le brillaron los ojos de codicia. Reinar durante todos los siglos venideros. Mas de todos es sabido que ningún rey, duque o papa que se precie, come un manjar sin darlo a probar antes a un sirviente. De este modo y no de otro, me cortaron en pedazos que mezclaron a posteriori con abundante bosta de caballo, que es fuente de vida y calor. Guardáronme durante un tiempo para que no me diera el aire, que una vez ya ocurrió, en el primer intento, que el cadáver, renacido joven y bello hasta el dolor, fue abierto antes del plazo fijado y una corriente malogró el milagro convirtiéndolo en polvo. Cuando abrieron mi tumba me hallaron completo y joven. Para probar el éxito del experimento me sometieron a innumerables disecciones, aplastamientos, cortes, incluso ahogamientos. De todo salía ileso.

De pronto, en la mudez de la noche,  se escuchó un relincho dolorido.

—Es él —susurró ella apretándose más—,  que, sin entender yo cómo, me sabe contigo.

El día de la función amaneció esplendoroso. Por la tarde, la bullanguería más joven llegó con su griterío y sus dulces de algodón; los mayores tomaron asiento buscando el billetero para comprar alguna bebida gaseosa. Cuando el público enmudeció, un rayo de luz atrapó a Arcadio:

—¡Amado público! ¡Bienvenido al circo de los horrores, donde todo es posible!—declamó levantando las palmas hacia arriba—. ¿Ya se acomodaron bien? —preguntó sacándose la chistera negra de la que salieron volando doce jilgueros de colores—.  ¿Pasó por su lado la explosiva Daisy a ofrecerles regaliz y chocolatinas? ¿Todo el mundo tomó sus pastillas para el corazón, la esquizofrenia y el arrebato homicida? ¡Bien! Entonces préstenme un minuto de atención: tengo el placer de anunciarles la incorporación de un nuevo monstruo a nuestra familia de horrores. ¡El sin par, el irrepetible hombre inmortal! ¡Abbul Abbas! ¡Llegado del mismísimo infierno! ¿Eso que veo en sus ojos es incredulidad? ¡Oh! No se apuren, lo comprobarán ustedes mismos. ¡Qué comience el espectáculo!

El público, febril, se puso de pie reclamando la inmediatez del número, pero Arcadio les rogó paciencia y despidiéndose con una gentil genuflexión presentó el primer número.

—¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está ese estúpido negro? —preguntó a Sinergia, limpiándose el sudor de la frente—. Esta mañana te descubrí saliendo de su carromato. Tampoco he visto a Liberto. Espero que no hayas provocado la furia de esa bestia advenediza. Ya sabes que no quiero altercados. Ve a buscarlos y tráelos.

Mientras, en la cúpula, los trapecistas alados realizaban saltos imposibles: el salto del ángel, el triple salto mortal, la cuádruple pirueta.

Un poco más lejos, Abbul acariciaba el lomo del animal muerto. Si hubiera este hombre visto la sombra del óbito en los ojos sentenciados, si hubiera detectado la prisa, la desesperación…

El eco de unos cascos acercándose sonó como suena la lluvia en los tejados.

—Menos mal que viniste —le dijo Abbul al hombre caballo—. Ayúdame, amigo. Dame tu mano. Me toca salir a escena y ya ves que no puedo moverme.

—¿Que te de la mano? ¿Me pides ayuda? —preguntó antes de prorrumpir en una carcajada sardónica—. ¿Tú? En fin. Reconozco que has fascinado al jefe. Sí, ahí estuviste astuto. Cuando te mira ve a su gallina de los huevos de oro. Pero a ella… a ella no debiste acercarte.

—No te quiere —dijo Abbul, clavando su mirada vieja en el centauro.

 —¡Calla! —bramó enfurecido—. Sé cómo sucede. Lo sé. Llegó como flotando y te dejó sin aliento. Así es como ocurre. Pero luego… ¿cómo derribaste esa barrera inexpugnable que son sus ojos? ¿Cómo horadaste cada capa, atravesando cada constelación? Casiopea «la reina», Orión «el cazador», Lupus «el lobo». Más allá de cualquier tiempo o realidad, hasta llegar al principio, a su principio, a la inocencia, allí donde el camino empieza. ¿Llegaste a la niña que fue?  ¿Y cómo era? No, mejor calla —rogó cansado. Miró al animal y se agachó para acariciar la férrea piel, allí donde el hombre clava sus armas—.  La invadiste entera y ella no bajó los ojos por no cerrarte sus mundos. Sus ojos. Esos mapas extraños…

—Se rozaron nuestros dedos  —dijo Abbul apiadándose del hombre.

—Sus dedos blancos… —evocó Liberto, rechinando los dientes.

—No te quiere —repitió Abbul.

—¡Ya lo sé! —gruñó Liberto apretando los puños—. ¿Pero qué futuro le espera contigo? Con los años verá su rostro ajado reflejado en tus ojos negros y te tocará la cara para comprobar que no sueña y tu juventud insolente será una losa para ella. Le destrozarás el corazón. Si de verdad la quieres te marcharás por la mañana con los primeros rayos de luz. Y ahora ve —dijo liberándolo del alud de carne.

Bajo la mirada atenta de un público enfervorecido, Abbul clavó una daga en su corazón y la extrajo después llena de sangre. La herida se cerró de modo instantáneo, como barrida por una ola. Arcadio, con lágrimas en los ojos, se llevó la mano a la boca, sin aliento. Ahí estaba su vaca. Más allá, lejos del fragor del graderío, Sinergia acariciaba la cabeza vencida de su amigo, susurrándole al oído que no tuviera miedo, que hay un lugar más allá de las estrellas para los animales dormidos. El hombre de las dos cabezas discutió y se escupió a si mismo, provocando la hilaridad del gentío. El enano despidió la función con un hexámetro que hablaba del amor disoluto.

Observando la constelación de Berenice y acariciando el lugar de la herida, Abbul pensó si sería suficiente la eternidad entera para olvidar el relámpago de ese roce.

Pero ella llegó de nuevo, como flotando, y cuando la tuvo a su lado quiso decirle algo, pero no recordó qué y no sabiendo qué decir buscó sus dedos.

 

Ángela Piñar

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