Confabulación

5 Minutos de lectura

 

Cuando la trajeron era noche; yo estaba nadando en el agua verdosa de la piscina y Pierrot no cesó de ladrarles a las Trinitarias que la bajaron junto con el cuadro del sagrado corazón, la cama de agua, la silla de ruedas y las maletas de cuero.

—¿Y dónde la colocamos?

Papá suspiró, se rascó la frente y apuntó hacia el cuarto de Rafaela.

—Es sólo por un tiempo.

Mamá salió un momento del estudio, se acercó a la enferma y le acarició con ternura la cabeza. A mí, pese a la maraña de los cabellos, la mirada triste y la saliva chorreante, no pudo engañarme: era la misma de siempre.

—Saluda a tu tía abuela, jovencita.

Acerqué mis labios a su cara y deposité un rápido beso que rozó, apenas, la piel amarillenta de la vieja. Olía a orines y a carne putrefacta. Me dio asco, mucho asco. Las monjas que se habían encargado de maquillarla antes de sacarla de la clínica le dejaron un pegajoso emplaste en las mejillas.

Mamá, por aquel entonces, fue elegida Reina del Baile de la Cruz Roja. Se pasaba las tardes metida en el estudio junto con Jean Marcel —un hombre de ojos grises, pelo cano y modales finos que decía haber trabajado en Broadway—, ensayando la coreografía de su “unipersonal” de coronación al ritmo de New York, New York. Plumas de pavo real, flores de papel maché, tules, lentejuelas. Rafaela se las veía negras para mantener la casa en orden. Para colmo, ella, que era experta cocinera, invertía gran parte de su tiempo en preparar el, según papá, insípido quiché lorraine que sólo podía gustarle a Jean Marcel, y en servir a mamá infusiones de manzanilla en aquella tetera musical de porcelana que la tía abuela trajo de Europa cuando estuvo de moda Love Story. Yo prefería almorzar sándwiches de mermelada y pasar el tiempo buceando en la alberca o corriendo detrás del perro, aunque el agua y los patios, debido al reciente retiro del mozo y del jardinero, ya casi nunca estuviesen limpios.

Esos días los recuerdo bien porque las monjas recién me habían expulsado del primer año de secundaria, dizque por revoltosa. Jean Marcel, para levantarme el ánimo y de paso, para que no interrumpiera los ensayos, comenzó a traerme un regalo sorpresa en cada una de sus visitas: el cadáver intacto de alguna mariposa, una caracola recogida en la playa, un suave guijarro de río, una flor previamente disecada entre las páginas de un libro. Todavía conservo algunos en el último cajón de mi cómoda. Además, en esa época, hizo un calor seco y sin lluvias, que incendiaba la garganta. Un calor, a decir de Rafaela, infame, como no se recordaba en mucho tiempo. Podía nadar en la alberca o escalar la veleta y sentir el golpe del viento en el cuerpo sin preocuparme por pescar un resfriado. Me gustaba observar desde arriba los patios vecinos: el agua limpia del estanque con patos del licenciado Ontiveros, las buganvilias de los jardines recortados de la señora Cáceres, el resplandor del invernadero de Perry, el gringo. Daba envidia ver lo bien cuidadas que ellos mantenían sus casas. Así se me iba el tiempo, un rato en la piscina, otro en las alturas, hasta que Rafaela, harta de escuchar los ladridos de Pierrot, aparecía en el traspatio para gritarme: Neeena, ya está oscureciendo, es hora de entrar, vas a pescar una pulmonía.

Dije que ella nunca dejó de ser la misma, porque lo primero que hizo al verse sobre la cama de agua, fue cruzar las piernas. ¡Como si alguno de nosotros tuviera la intención de fisgarle las entrañas! Cada vez que la aseaban, había que luchar contra el nudo de carne pellejuda en que se convertían sus extremidades.

Una tarde, por curiosidad, cuando la tía abuela tomaba una siesta, ordené a Rafaela que intentara colocarle las piernas como Dios manda. Sus gritos hicieron venir ipso facto a papá hasta la recámara.

—¡Háganme el favor de dejarla en paz! ¿Qué se creen ustedes? ¿No ven que lo que tiene es artritis?

Entonces, discretamente, torcí la boca, agaché la cabeza, salí rumbo al patio y le hice gestos a Rafaela para que la fuera soltando despacito.

Así, durante el primer mes, no hubo problema. A cambio de un buen plato de carne —tal como había predicho Rafaela— no faltaron Trinitarias dispuestas a darle de comer y a limpiarle el culo a la vieja. Silenciosas, pequeñitas, olorosas a jabón Heno de Pravia, con el rosario, los mazapanes y la bolsa de retazos de hostia entre las manos, arrastrando el hábito y los suecos de madera, aparecían temprano por la puerta de servicio. Añorando, quizá, los tiempos en que, gracias a la generosidad de la vieja, se entregaban en esta casa las limosnas puntualmente.

Pero conforme comenzó a tener instantes de lucidez, le dio por rebelarse y resultó cada vez más difícil encontrar monjas dispuestas a ayudarle: ¡Quítame las manos de encima, india sinvergüenza! ¡Qué te imaginas, desgraciada! ¡Aléjate, sucia, no te atrevas a tocarme!

Sólo aceptaba, a regañadientes, que mi madre o yo nos ocupásemos de ella. Nadie más podía tocarla. Entonces mamá, pese a las quejas de Jean Marcel —se acercaba la fecha de la coronación y los avances coreográficos no iban de acuerdo a lo previsto—, tenía que abandonar por un momento los ensayos, correr al cuarto de Rafaela, darle a la tía abuela tres cucharadas soperas de pasiflora, acariciarle la cabeza y soltarle al oído aquello de cálmese, mi reinita, déjese atender por la nena, todo está bien, aquí la queremos mucho, nadie le va a hacer daño.

De buenas a primeras me convertí en responsable de alimentarla.

—Para algo que sirva la nena, no puede pasarse los días sumergida en el agua sucia, trepada encima de la veleta o corriendo como cabra en ese jardín que más bien parece monte.

No sé por qué, pero en ese momento no me pareció tan mala idea. Era divertido jugar al avioncito y observar los bizcos que hacía la vieja al ponerle la cuchara enfrente. Sus gestos me recordaron la cara de asombro que puso Pierrot cuando intenté darle de comer pedacitos de hostia bañados con miel. El cuerpo de Cristo, el cuerpo de Cristo, le dije, pero el demonio de perro casi me arranca la mano de una dentellada.

A veces, al término de los ensayos, mamá estaba tan alegre que, cosa rara, dizque para aliviarle un poco la carga de trabajo a Rafaela, se metía directamente a la cocina y preparaba para la tía abuela unas albóndigas sazonadas con un condimento rojizo tan, pero tan apetitosas, que daba risa ver como las escupía la malagradecida.

Sin embargo, al cabo de un par de semanas me hallaba tan harta de ordenarle a la vieja que comiera, tan cansada de pedirle por favor que no arrojase la comida con saliva, que acabé por dársela siempre al perro. Sólo así pude volver a gozar de la alberca y correr por las mañanas en ese patio de hierbas cada vez más altas. ¿Qué otra cosa podía hacer contra ese ceño fruncido, los ojos inyectados de rabia y la boca cerrada como culo de gallina? Eran, exactamente, los mismos gestos que solía poner, años atrás, cuando llegábamos de improviso a almorzar a su casa.

¿Otra vez por aquí? No puede ser. ¿Qué tanto hacen con lo que les doy mensualmente? Ay, hija, ni me lo digas: tu marido sigue sin trabajar. ¿Crees que no me he dado cuenta? Tienes que enseñarle a cuidar el dinero, el horno no está para bollos, no sabes cómo me preocupa tu futuro. Hace tanto tiempo que se comieron la plata que les dejó mi hermano.

Luego, invariablemente, cuando se aburría de reprocharle a mamá, arremetía contra mí: que si la nena está gorda, que si trae el pelo muy corto, que si es muy tosca, que cómo era posible eso de sus pésimas calificaciones y que pobrecita muchacha pues es la viva imagen del padre. Hablaba durante la comida como si yo no existiera. Entonces, yo respondía con la canción de Los elefantes sobre la tela de una araña para ver si así cerraba el pico, pero normalmente, al llegar a la sexta o séptima repetición, lo único que obtenía era un cállate maleducada, no seas grosera, no ves que están hablando tus mayores, y una amenaza de bofetón capaz de amedrentar a cualquiera.

Pero sólo Dios sabe, bien dice Rafaela, por qué hace las cosas. Por la mañana, hoy, cuando faltan sólo dos días para la coronación, papá entró a la casa con unos papeles entre las manos sin siquiera percatarse de mi presencia. Nunca antes lo había visto así. Escuché su respiración agitada, la resonancia de sus bostonianos sobre el piso de mármol, el golpe seco de sus nudillos. Necesito hablar contigo, gritó, poniéndose de pie junto a la puerta del estudio, de donde salía la canción de Frank Sinatra. Mamá, molesta, intentó decir algo desde adentro. No obstante, antes de que pudiera reaccionar, papá abrió la puerta con un duplicado, tronó los dedos y le restregó los documentos a mamá en las narices.

—¡Estamos jodidos! De nada sirvieron tus brillantes ideas para hacernos ricos. ¡Hazme el favor de sacar a ese marica de la casa!

—¿Marica? ¿Yo? ¿Cómo se atreve? ¿Oíste querida? ¡Cuéntale de nuestro numerito! —alcancé a oír que gritaba Jean Marcel antes de recibir el primer empujón y un puñetazo en plena cara. No tuve valor para seguir escuchando. Yo estaba, como dice Rafaela, sufriendo pena ajena.

Un revuelo de plumas fue todo lo que quedó del bailarín. Pobre hombre. No tenía vela en el entierro: desde hace tiempo el testamento estaba listo a favor de las monjas Trinitarias. Claro, ella a mí nunca me engañó. Quizá por eso estoy tranquila, a pesar de que Pierrot esté agonizando y la tía abuela siga tan campante en la habitación de Rafaela.

 

Carlos Martín Briceño

 

 

Compartir entrada:

Un comentario sobre “Confabulación

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *