Confesiones, de Susana Martín Gijón

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Texto ganador del II Concurso de Relatos Policiacos Granada Noir

Le observé durante un buen rato antes de acercarme. No era el único necesitado que acudía hasta la Facultad de Ciencias para almorzar. El menú universitario, mucho más asequible que el de cualquier restaurante, los atraía por decenas.

—Un café con leche —le dije al camarero situándome a su lado mientras él pagaba la cuenta.

—Eh, oiga, ¿quiere usted uno?

Se giró lentamente para escudriñarme. Antes miró hacia el otro lado, como si esperara que alguien tras él fuera el verdadero destinatario de mi pregunta.

—¿Yo?

—Claro. En el menú no entra, ¿le apetece?

—¿Es el café pendiente? ¿Lo hay aquí?

—¿De qué me habla?

—Eso que se ha puesto de moda, pagarlo por adelantado para quien no puede permitírselo.

—Solamente le estoy invitando a un café. ¿Lo acepta o qué?

—Sí, claro —reconoció algo cohibido.

Nos los bebimos sin añadir nada más y me despedí tras acabar el mío:

—Tengo que ir a clase. Hasta luego.

—Adiós, chaval. Y… gracias.

Durante las semanas siguientes, repetí la operación cada vez que coincidíamos, dejando que me invitara muy de vez en cuando. Al principio apenas hablábamos, pero poco a poco me fui ganando su amistad.

Tras el primer mes aquello ya se había convertido en un ritual. Yo llegaba media hora antes del comienzo de las clases, tomaba el café con él y nos despedíamos hasta el día siguiente. Nos sentábamos en la mesa de la esquina y conversábamos. Más bien hablaba él y yo escuchaba. A los viejos les gusta contar batallitas; él no era una excepción. Me habló de su ciudad natal, de su juventud, y al cabo de un tiempo, también de su experiencia en la cárcel. Le habían caído quince años. Cuando al fin salió, todos los trenes habían pasado para él. «Lo de la reinserción es una quimera», repetía con frecuencia. «Sales sin un puto duro y nadie se la juega por un ex convicto». Así había ido pegando tumbos haciendo trabajillos que le permitían ir tirando.

Un día que estaba más dicharachero de lo habitual me confesó un pequeño secreto.

—Esto del café está bien, ¿sabes, hijo? Pero hay algo que echo de menos.

—¿Qué? —quise saber.

—Unas cervezas.

Ante mi cara de estupefacción, prosiguió:

—No hablo de pillar una lata en el súper. Me refiero a una caña bien tirada. Sentarme en una terraza como un marqués y que me la traigan junto a un buen aperitivo. Y que cuando la termine, se acerquen y me digan: ¿le pongo otra, señor?

—Pues, ¿sabes qué te digo? —para entonces hacía tiempo que me exigía que le tuteara, a pesar de que la diferencia de edad siempre me sacaba esa forma algo anticuada de cortesía—. Que el miércoles es mi cumpleaños. Después de clase brindaremos con esas birras.

—Pero tendrás mucha gente con quien celebrarlo antes que con este vejestorio.

—Bah, ya me han preparado una fiesta el fin de semana —mentí.

Así fue como cambiamos el ritual del café por el de las cañas. Cada miércoles íbamos a un bar diferente. La cerveza le transformaba. Siempre pedía que estuviera helada y paladeaba cada sorbo con verdadera satisfacción. Por momentos se borraba de su rostro la expresión de tormento que le caracterizaba y era sustituida por un semblante sereno, como si le proporcionara la tranquilidad que de otra forma no era capaz de conquistar.

—Así es como se siente un hombre libre —decía ensimismado.

—¿Libre de la prisión?

—Libre de todo.

Una noche, tras habernos tomado unas cuantas, me atreví a preguntarle lo único que aún no me había contado.

—¿Por qué te encerraron?

Durante un momento todos sus músculos se tensaron. Después me miró a los ojos de una forma muy profunda, casi ceremonial. Apartó la cerveza como si no quisiera contaminar ese espacio de paz y me lo confesó en un susurro.

—Maté a una mujer.

Asentí lentamente tratando de digerir la respuesta que ya conocía, pero que necesitaba oír.

—Era mi chica, no soportaba ver cómo tonteaba con todos los hombres. Creí que podía mantenerla a raya hasta que la pillé con otro. Se me fue la cabeza y la golpeé hasta matarla.

—¿La pegabas a menudo?

—Sí —admitió—. La zurré muchas veces. Hice de su vida un jodido infierno.

—Vamos, demos un paseo —le animé.

Se levantó y caminó conmigo hasta el parque. Era tarde, no había nadie más. Se sentó en un banco y yo le imité. Entendí que había llegado el momento, así que me limité a esperar. Me lo contó todo: cómo la maltrataba cada noche al volver a casa, siempre con alguna excusa; cómo el hijo de ella tampoco se libraba de las palizas; cómo la apaleó hasta mucho después de haberla asesinado.

—Pobre crío. Debió ser duro presenciar aquello. Nunca se escondía, ¿sabes? Tampoco ese día. No apartó la vista ni un momento. Miraba con sus grandes ojos grises, igualitos que los de su madre.

—¿Te arrepientes?

—¿Qué más da? No cambiaría nada haciéndolo.

—Eso es cierto —contesté, sacando la navaja y hundiéndosela con todas mis fuerzas en el estómago.

Me miró profundamente a los ojos, como hiciera el primer día y de la misma forma que un rato antes, al confesarme su crimen. Después, pronunció las que fueron sus últimas palabras:

—Lo siento, Alejandro.

El muy cabrón siempre lo supo. Me dejó acercarme, permitiendo que hiciera lo que tenía que hacer y desbaratando así la venganza con la que llevaba soñando desde los cinco putos años. Al comprenderlo, perdí la templanza de la que había hecho gala en aquellos meses. Le extraje el machete y se lo volví a clavar. Una vez y otra y otra. No podía parar. Ni siquiera reaccioné con los gritos de aquella chica, los incansables ladridos de su perro, las sirenas que sonaron unos minutos después.

Susana Martín Gijón

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4 comentarios sobre “Confesiones, de Susana Martín Gijón

  • el 17 mayo, 2019 a las 10:00 am
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    Aunque tiene un final previsible, ma ha gustado mucho como lo has llevado. Saludos.

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  • el 17 mayo, 2019 a las 2:22 pm
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    Felicidades por crear una buena historia con pocas escenas y rematarla de manera magistral.

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  • el 17 mayo, 2019 a las 4:52 pm
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    Buen relato y muy buen giro final.

    Respuesta

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