Confesiones IV, de Andrea Tovar

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Tus flores son amarillas. 

Las mías, de mil colores.

De todos los colores.

 

Vemos un programa sobre la identidad que la Milá y su perro protagonizan. Comemos tarta de chocolate. Estamos dentro de los cuatro días de festejos gitanos. Celebramos el fin de una era, el principio de otro tercio. De otra mitad. Los humanos hacen esas cosas. Yo escribo este texto. Son ritos.

—Cuando tienes mucho miedo, se te sueltan los esfínteres. Es una reacción defensiva. Ves mejor, la adrenalina va a los músculos. Todo se dispone para la huida. Pásame la tarta, que quiero otro trozo.

—Bueno, sí, pero también puedes quedarte paralizado y mearte encima. Toma, no comas mucho.

—Los esfínteres se sueltan, vaya. Sea por lo que sea. Qué rica está.

 

X

 

Yo bailo en el abismo de mi patio. La perra vieja que no puede casi caminar me mira. Se mea a un metro de donde yo bailo. Espero que no baje su dueña y me pille aquí bailando como una loca.

Luego escribo: «por todas las cosas que no sé, entre ellas, de dónde vengo, dónde estoy y adónde me dirijo… ».

Pero es mentira.

Sé de dónde vengo.

 

X

 

Vengo de la oscuridad y de las verdades a medias. De la luz a flashazos. De la vergüenza. Del constante abandono. De la negación y la represión. Vengo del «no» y de la gana, tenue, del «sí».

La noche me trajo otra vez ese aire opresivo. Temblé. Escribí. Envié, como quien envía un mensaje en una botella antes de ahogarse.

No me ahogué. Dormí hecha un revoltijo de prendas, cubierta contra el frío, alimentando mis mocos de alergia, de llanto y de constipado.

Desperté al día siguiente. El sol había salido, como siempre hace, aunque lo cubran algunas nubes de vez en cuando. Usé todo el servilletero para intentar respirar. No lo conseguí. Respiro por la boca, cuando hablo.

Sé de dónde vengo.

 

X

 

Me había meado encima. No podía creerlo, pero sí. Tenía las braguitas mojadas. Un poco.

La niña pequeña se había acojonado de verdad. No quiero volver ahí, decía. Así que salí a bailar al abismo, con la perra que se meaba, y le dije: no te preocupes. Aquí estoy yo. Si es que eso es garantía de algo.

 

X

 

Estoy yo. Estás tú. Tú. Cierra los ojos. En un camino que se bifurca. A un lado, lo sabes todo: el tacto de la tierra, la forma de las huellas. Las huellas: cientos de ellas. De todos antes que tú. Tus apellidos, los de los conocidos, los seres queridos. Sus fallos, sus victorias, sus lamentos, su sufrimiento. Su camino. Al otro lado, uno virgen. Tuyo. Sin una mota de polvo. El sol brilla más fuerte. Pero no sabes nada.

¿Cuál eliges?

 

X

 

Pues no, es mentira, me vuelvo a corregir.

Sí sé dónde estoy.

Estoy justo al principio del camino virgen, bailando con una perra que se mea.

 

X

 

Cuando habla de identidad, la Milá lleva al perro a un concurso de pedigrí. Quiere que le den «los papeles» del perro. Para saber de dónde viene.

Pienso que donde naces no es donde mueres. Es una frase que tengo anotada por ahí y que le robé a alguien. Quería usarla como arma arrojadiza contra los precursores de las huellas del otro camino. Pero ya no quiero luchar con nadie. Ahora me la repito a veces en voz baja, como una nana.

 

X

 

Estás entre los dos caminos.

Solo que eso tampoco es verdad.

Es otra de las mentiras que nos contamos para seguir apegados a un dolor cómodo, a una preocupación que podamos controlar.

En el abismo no se controla nada. Y a la vez, se gana el control absoluto. Ya no eres una huella más, no te meas por instinto. En el abismo, solo confías. Bailas, hablas con perros. Te paras a contemplar las plantas del patio y te das cuenta de que han salido flores amarillas. Las suyas son amarillas, las tuyas de mil colores: amarillas también.

En el abismo comes tarta de chocolate igual. Puedes hacerlo con el ceño fruncido viendo a la Milá y a su perro, pensando en lo absurdo del programa, o reírte en compañía.

 

X

 

No sé adónde voy, no.

No lo sé seguro. Solo veo dónde tengo los pies. Aquí. En el patio. La perra anciana. Las flores. El límite con los edificios. El baile.

Pero sé quién soy, aunque mi identidad no la definan las cartas de pedigrí. Sé que vengo de la oscuridad y no pienso volver a ella. Estoy vislumbrando dónde radica la volición y dónde es conveniente rendirse.

Yo elijo este camino. Solo están mis huellas aquí, hay unas pocas. De infante, cuando todo brillaba. De adolescente, cuando la música. De joven, cuando el amor.

No sé adónde lleva, no.

Pero aquí hay más luz. Y ahora puedo respirar.

 

Se acerca la primavera.

 

Andrea Tovar

 

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