Conversaciones de ascensor

 

Apago el cigarrillo y entro en el edificio. No muestro especial interés por la recepcionista; y ella, por mí, tampoco. Tal vez tenga sueño, o quizá esté leyendo el periódico, o simplemente distraída con el móvil. Tal vez. Quizá. Es temprano. Y todas las posibilidades son. Mejor. Llego hasta los ascensores. Hay cuatro. Vuelvo a abrir el libro, me pongo de nuevo a leer, espero a que llegue cualquiera de los cuatro. El hombre corpulento lo espera a mi lado, también. Ha entrado en el edificio un poco antes que yo; de hecho, ha sido él quien ha apretado el botón. Intercambiamos saludos; él, con voz fuerte; yo, de forma queda, indiferente. Me fijo en sus manos; cuidado: son gigantescas. La flecha indica que también sube. Llega uno. Entramos. Acto seguido se cierran las puertas y echo mano del pantalón, pero… Inmediatamente me interrumpe:

–Oye, ¿tú eres de Segovia?

–No.

–Es que llevo un par de días viéndote por aquí y, te lo juro, creía que sí. Hay un tío como tú, clavado a ti, en el tren de Segovia; con el pelo largo, del mismo color; igual que tú, vamos.

–No soy yo.

–¡Lástima! Estaba casi seguro. Iba con la duda… Y tenía que preguntártelo. Tienes un doble.

Se echa a reír. Le miro y hago lo mismo; por educación, por aparentar normalidad, por… El ascensor se detiene en el primer piso. Yo voy al tercero.

–Pues nada –Hace un amago cómplice con el brazo; se está despidiendo–. Hasta luego. Que tengas buen día.

Sale del ascensor. Las puertas se cierran despacio a su espalda. El ascensor vuelve a subir; y sigue subiendo sin interrupción hasta el tercer piso. Llega. Sopeso salir; y finalmente decido no hacerlo. Pulso el botón de bajada; de nuevo, a la planta baja. Salgo y me dirijo a la salida; la recepcionista sigue tan atenta como antes. En la calle enciendo otro cigarro. Me ha distraído, me he puesto nervioso y… Eso es todo. Lo mejor será regresar al tren, visitar a un buen peluquero. Y ya mañana, allí, en Segovia, volver a intentarlo.

 

Adrián Magro de la Torre

 

 

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