Cosa de todos los días

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Se soltó la perra en el barrio. Hay operativo.

Por un lado, de la cancha entran las «tortugas» de los soldados, por el callejón los marinos, y rodeando todo, los ministeriales y estatales. Mientras los niños juegan fútbol en las canchas de tierra, los militares les apuntan con sus rifles, como si la pelota tuviera dinamita o los chiquillos fueran parte de un peligroso comando armado; aun así, los chiquitines no se inmutan, al contrario, los miran con odio, ya están acostumbrados.

Las palabrotas, los insultos y los empujones se miran por doquier, caen como gotas de lluvia sobre la humanidad de los habitantes del barrio. La corredera entre las casas y andadores de la unidad habitacional hace cimbrar el caserío, el avispero esta agitado, muy agitado…

Al abuelo y a mí, toda esta bulla nos agarra sentados en las gradas del campo. Yo estoy asustado, él, le da sorbitos a su café con «piquete», mientras observa divertido como el Pirata, enorme y fuerte perro que siempre anda suelto entre el caserío, bravo y muy enojado se le avienta a las corvas a uno de los militares. Defendía su territorio, tratando de expulsar al extraño invasor. El perro ha roto el uniforme y desgarrado la piel del soldado, quien, enfurecido, le da un seco y fuerte golpe con la culata de su arma. El cánido cae al suelo, tiene el hocico sangrante, la pierna del guacho también sangra…

El militar lo mira con coraje y le apunta con su rifle de asalto.

El perro también lo mira; sus ojos saltones tienen inyectados furia y sangre.

Un joven grita:

—¡Deja a mi perro! ¡Déjalo!

Por toda respuesta, el soldado da un bofetón al adolescente. El joven cae, el perro se levanta y gruñe retador, el militar corta cartucho…

Hombre y perro se miran con enorme coraje…

El hombre vestido de camuflaje está a punto de jalar el gatillo del fusil, el perro no deja de gruñir, el militar está a punto de disparar y entonces, inexplicablemente, baja el arma y se va detrás de un joven, casi un niño, y se pierde entre el monte de la orilla del río.

Yo, aun temblando de miedo, testigo de la escena, le comento al abuelo:

—¿Vio? ¡Le tuvo piedad al perro!

El abuelo sonríe, le chupa al cigarrito, le bebe al cafecito «picado». Me mira con ternura y con lástima, y me dice pausadamente:

—¡No sea menso! ¿Piedad? ¡Ellos no conocen que cosa es eso…!

Le da otro pegue a su cigarro y continúa:

—Lo que pasa, maestro, es que «PERRO, NO COME PERRO»… Solo es eso, profesor…

El operativo ha terminado. No encontraron nada de lo que buscaban, y aunque hay muchos golpeados e insultados, al menos hoy, no se han llevado a nadie, excepto un inmenso costal de odio y resentimiento. Las sirenas cantan a lo lejos, los niños prosiguen su partido de fútbol, y como siempre, aquí, la vida sigue, aquí, ¡no pasa nada! Aquí, como bien dice el abuelo ¡no se vale llorar…!

 

Victor Chi

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