Cosas de adultos

 

puerta relatos sin contratoAlba se despertó por el ruido, una noche más. Agarraba su peluche con esa fuerza eléctrica que te sobreviene al levantarte en medio de la noche. Cuando algún ruido violento agujerea la  fina tela del sueño tranquilo.

Pero Alba se relajó en seguida: no había nada que temer. Solo eran Papá y Mamá jugando en voz alta. Como todas las noches de sábado. Aquello era bueno, se dijo Alba en una sonrisa de alivio. Rosita quería mucho a sus padres, y esto era porque tenía la suerte de tener unos padres estupendos. Los papás de Alba hacían algo más que quererse: se amaban. Alba sabía que el amor era lo que contenía la magia del mundo. Lo que hacía que el sol saliese cada día al amanecer. Algo tan poderoso, evidentemente, no cabía en el entendimiento de Alba. Ella lo atribuía a que no era lo suficiente mayor para algunas cosas, cosas de mayores, como ver películas de miedo o ir de compras. La complejidad del amor que Alba comprendía era que Papá y Mamá se sonreían, se besaban y se cogían de la mano por la calle. El amor se dejaba entrever cuando Papá tocaba el piano y Mamá cantaba. Pero Alba sabía que el amor tenía también un componente nocturno, que ella no conocía; amor sudoroso, quejumbroso y animalesco. El amor nocturno, por regla general, se daba en algunas noches, aunque era más probable que se diera las noches en las que Papá y Mamá discutían. Papá y Mamá tenían un ritual los sábados, en los que el alcohol (otra incomprensible cosa de mayores) les ayudaba a amarse. Los sábados, los gritos, gemidos, risas y muelles subían de volumen.

Con todo esto en la cabeza, Alba fue, sonriente, a la cocina a por un vaso de agua; tratando de no detenerse en el cuarto de sus padres, pues sabía que el amor requería intimidad. Aún así alcanzó a ver de reojo la misma escena de siempre: Mamá tumbada, Papá sobre ella, sus manos en su cara, ambos desnudos, jadeos de llanto y éxtasis. Alba se sentía segura con unos padres que se quisieran tanto, aunque se fue a la cama pensando en qué cosa de mayores sería la pringue roja en la cara de Mamá y las manos de Papá.

ELOY MÓSIG

 

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