Cubil

Relato

En el cuarto piso vive un alma putrefacta. El reflejo que el espejo le devuelve es el de una vieja llena de arrugas, ojos pequeños, orejas caídas y boca inquieta en un constante rumiar. Arrastra sus maldiciones metidas en una bolsa grande de basura, negra y aparatosa en su agarre, perfumada en exceso para ocultar el olor a muerte. Muerte adelantada, soñada y alevosa, cruel en su ejecución. Y, a pesar de lo poco que parece pesar dicha bolsa que cual mortaja lleva hacia los bombos de basura, está llena de partes que días atrás conformaban dos personas. Personas que olían a regaliz y a chocolate.

En el tercer piso vive un alma lejana. Lejana de su cuna, cuyos inofensivos barrotes se anclan en otro plano. Un hombre que recolecta jirones de arcoíris en días lluviosos para sembrarlos en su laboratorio de atrocidades. Un hombre que juega con pequeños huracanes, los hace saltar y bailar en su mano antes de lanzarlos como nerviosas peonzas. En su plano de origen era un cualquiera, aquí, lleva siglos huyendo de los que anhelan arrebatarle sus secretos, sus trucos.

En el segundo piso vive un alma sedienta. Cuando se mira las manos no ve nada, únicamente siente que no solo se ha perdido, sino que a lo mejor es momento de dejarlo ya. Si el sol ya no le calienta y la luna no le apacigua, ¿qué hay en medio que le pueda ayudar? Cuando mira por la ventana ve la ciudad, pero realmente lo que contempla es un ataúd gigante. Así que se ha hecho con una docena de botellas de alcohol y ha decidido morir bebiendo. Y los litros vuelan y se evaporan. Y su alma no se aplaca ni satisface. Ha perdido la cuenta del tiempo que lleva bebiendo… Y muriendo.

En el primer piso viven dos almas devotas, una con otra. Él besa el suelo que ella pisa. Él le trae a su regazo una rosa roja todos los días. Le cepilla el pelo, como a ella le gusta, y le masajea los pies todas las noches. Le canta esas canciones antiguas, de cuando eran novios décadas atrás, mientras le prepara el guiso que a ella tanto le gusta. Pero cuando es hora de dormir ella se queda en su butaca y él se acuesta en la cama. Ningún gesto de amor es capaz de calentar el frío cuerpo de ella.

En el bajo vive un alma invisible. A veces se oyen ruidos en sus vacías habitaciones. Siempre hace frío y ningún ser vivo pisa el mugriento suelo desde muchos años atrás. Es mejor así ya que nadie me molestará mientras escribo durante la eternidad que la Muerte me regaló.

 

Eugenio Mengíbar

 

Compartir entrada:

Un comentario sobre “Cubil

  • el 10 Abril, 2016 a las 10:38 pm
    Permalink

    Todo un paisaje de sentimientos que provoca piedad y nos hace sentir su angustia.

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *