Cuerdas “Durex”

schwarzer faden

 

– Aquí tienes, Mariano.

Mariano cogió de forma reacia la carta de despido de encima del escritorio. Su jefe le dedicó una sonrisa forzada con la intención de parecer compungido, de transmitir compasión.

Despedido. Treinta años trabajando en esta empresa. Despedido. Con cuarenta y ocho años.  Y sin trabajo ¿Adónde voy a ir ahora? Los jóvenes se pelean en la calle por un puesto de trabajo con los bolsillos llenos de idiomas y licenciaturas. Y yo en la puta calle. Si ya me lo dijo mi mujer que en paz descanse. “Esa fábrica de cuerdas no tiene futuro alguno, Marianito, que ya te lo digo yo”. Debí de haberla escuchado ¿Pero ya qué más da? Cuerdas Durex, las cuerdas más resistentes del planeta. Treinta años enlazando hebras. Treinta años trenzando fibras. Cuerdas Durex. Cuerdas Durex. Cuerdas Durex. Toda mi vida se resume a cuerdas Durex.

Mariano dio media vuelta y salió de la oficina de su jefe sin mediar palabra.

No valía la pena seguir perdiendo el tiempo.

Un sobre con doscientos euros, un fantástico lote de cuerdas Durex y una palmadita en la espalda.

Eso era todo, y no le hacía falta más.

Lo único que necesitaba era comprobar que toda su vida de trabajo no había sido tarea en balde. Un consuelo. Una señal que demostrase que no había tirado su vida a la basura.

Cuando Mariano hubo llegado a su casa, cerró la entrada a sus espaldas con un enérgico portazo.

Cogió el lote de cuerdas con las que su jefe, en una infinita muestra de filantropía, le había obsequiado para paliar las molestias ocasionadas por el desempleo. Las sacó de la bolsa volcándolas por el suelo del salón, escogió la que creyó que tenía el grosor adecuado y le arrancó la etiqueta del logotipo de cuerdas Durex de un bocado. Estaba decidido. Buscó con la mirada inyectada en sangre alrededor de su casa y alargó la mano para coger una silla de un manotazo.

Se subió a ella de un salto.

“Hay un laguito y un arbolito. Una serpiente sale del laguito, da la vuelta al arbolito y vuelve a entrar en el laguito”

Había aprendido a hacer el nudo en los Boys Scouts a los nueves años. Nunca había imaginado que tanto tiempo después iba a recordarlo gracias a esa cancioncilla, y mucho menos, que alguna vez le serviría para utilizarlo en la viga del salón de su casa.

Cuando la soga estuvo lista no dudó ni un instante.

Cuerdas Durex, las cuerdas más resistentes del planeta.

Metió la cabeza por la coca que colgaba de la viga, cerró los ojos y saltó hacía delante con los brazos abiertos.

Todos los músculos del cuerpo se le tensaron y empezaron a convulsionar en el aire de manera degradante. Los ojos parecieron salírsele de las órbitas y un color rojo sanguinolento comenzó a iluminarle el rostro cuando de improviso, se vio de espaldas en el frío mármol del suelo de su casa.

Mariano se incorporó como pudo y lanzó una mirada desconsolada al amasijo de cuerdas rotas que colgaba a duras penas de la viga.

Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.

 

Treinta años de trabajo tirados a la basura.

 

DANIEL FOPIANI

 

 

 

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