De cómo nos volvimos salvajes

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Hablar se había hecho imposible. Nos habían robado el significado de las palabras. Si algún incauto pedía ayuda, la gente huía atemorizada de él y la policía lo vigilaba estrechamente. Si, por casualidad, en alguna conversación hablaba de votar sobre alguna idea o proyecto, se le tachaba de sujeto peligroso para el orden público. Acudir al rescate de alguien significaba robarle hasta la ropa que llevaba puesta. Otras palabras habían dejado de tener significado y la gente las utilizaba solo para hacer ruido y espantar a las ratas, eran palabras como amor, justicia, igualdad, democracia…

Así que nadie se atrevía a expresar nada. En las calles, en el metro, en los bares, allí donde el rutinario lenguaje del trabajo no llenaba el silencio, la gente permanecía mirándose sin decir nada, por miedo a que se le entendiera mal. El caso es que, algunos, seguíamos necesitando comunicarnos porque seguíamos sintiendo las mismas cosas que antes, cuando nos atrevíamos a hablar. Muchas veces, al observar un rostro cualquiera, se podía advertir el penoso esfuerzo de esa persona por callar algo que necesitaba decir. Contraía o estiraba la frente, enarcaba las cejas, abría mucho los ojos, arrugaba la nariz, los labios temblaban… pero nadie podía entenderle.

La verdad es que el mundo funcionaba, estaba en orden, unos pocos se hacían muy ricos, la mayoría vivía con apuros, pero medianamente bien. Abundaba la pobreza pero no había violencia. Los que no podían sobrevivir por sí mismos morían sin hacer ruido y muchos ni siquiera llegaban a enterarse de que existían. Uno podía centrarse en su futuro, en su bienestar, sin importar lo demás… La mayoría de la gente estaba contenta, puede que hasta feliz. Para ellos, lo de renunciar a expresar ideas y sentimientos propios era un pequeño sacrificio sin importancia. A cambio tenían seguridad, prosperidad y bienestar.

Para otros, sin embargo, resultaba insoportable, nos sentíamos como gansos puestos a cebar en una estrecha jaula. Solo que no sabíamos cómo expresar nuestro descontento. Un buen día, alguien empezó a ladrar, a ladrar como un perro, y al ladrar señalaba a un perro que de verdad ladraba encerrado tras una cancela. El perro ladraba furioso contra la cancela que lo retenía, contra el amo que lo había encerrado, contra el mundo que lo había hecho nacer para mantenerle preso. Comprendimos entonces que podíamos expresarnos como alguna vez nos habíamos expresado, antes de aprender a encerrar el mundo en palabras, mucho antes de que las palabras pudieran ocultarnos lo que teníamos ante los ojos… podíamos expresarnos en el lenguaje primitivo, arcaico y salvaje de las emociones, los sentimientos, las pasiones, el único lenguaje que no podían robarnos, el único lenguaje que no nos escondía la verdad, el único lenguaje que nos permitía aullar contra la engañosa cancela que nos mantenía presos.

 

Juan José Sánchez González

 

 

 

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3 comentarios sobre “De cómo nos volvimos salvajes

  • el 21 agosto, 2017 a las 11:47 am
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    Un cuento precioso, actual. Una distopía casi conceptual del mundo en que vivimos, donde las libertades, tal parece que van desapareciendo, y las que no se esfuman pues son tragadas por tradiciones que no nos permiten ver otros soles que los que fabrican las rebajas y las grandes corporaciones para que sigas consumiendo y unos pocos posean el privilegio de millones.
    Una lectura sensible de lo que somos a través de la sociedad que nos ha presentado al planeta como voraces bestias, para las cuales el lenguaje se ha ido reduciendo y perdiendo en las cunetas resecas de la ciudades.

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    • el 21 agosto, 2017 a las 5:18 pm
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      Me ha gustado leer este relato, me ha conmovido por lo real que puede llegar a ser: expresarnos con la emociones, los sentimientos. Sí es así, esto no está lejos y parece que buscamos también leer sobre estos temas, porque algo se tambalea en nuestra sociedad. Gracias

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  • el 25 agosto, 2017 a las 3:54 pm
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    La Razón de Ser de nuestra civilización se ha perdido. Alguna vez fue el “Progreso”. Ahora está reducido al “Crecimiento Económico”. El economicismo se ha convertido en la nueva religión mundial y la consecuencia directa de ello es lo que aquí ocurre. Es el ejemplo extremo de algo que aparece en la distopía “1984” y su lenguaje oficial.
    Muchas gracias al autor por escribirlo y a ustedes por difundirlo. Acabo de pubicarlo en mis páginas sociales.

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