Desde Cádiz III

Cádiz, Andalucía, España.

7 de julio de 2012

S.,

Ese encuentro contigo ¿cómo dices que pasó? Desde que recibí tu carta no hago más que buscarme. Practico el gesto azaroso de ir a un sitio público y elegir de entre las desconocidas alguna en quien reconocer mis hábitos, los más amables y serenos, también los más despreciables, aquellos que añejo en el subsuelo de mi biografía. La mayoría va con prisa. Tengo mucha suerte si encuentro una en calma, que además me permita acercarme, sin desconfiar. Algunos rostros me dan miedo. A esos, que vienen cubiertos de pieles agrias, que encajan la dentadura en carcajadas insonoras, tiesos, no puedo más que despreciarlos, huyéndoles. Me pregunto si no iré a encontrarme justo donde menos me reconozca.

Confieso que al inicio me pareció una cosa de risa. Dejé las hojas ahí, sin más cuidado, sobre la cama. Quedaron tendidas como esas historias que me contaste cuando niños y a la fecha no puedo desmentir. Como que tú sabías que le iba a caer el rayo al vecino de la colonia esa noche de tormenta. ¿Te acuerdas? Era doblar la esquina, caminar veinte metros y estaba en su casa. ¿Qué hacía ese señor ahí, en el puente que cruza el arroyo, en el instante en que cayó el rayo? Todavía no me lo explico y tú dices que ya sabías, que desde la mañana sabías. Que tú no lo provocaste, pero que sí sabías. O aquello de que no puedes morir calcinado. Cuando incendiamos el campo del tío Ulises, mientras Paloma y yo salimos corriendo en cuanto el fuego creció fuera de nuestro control, tú te quedaste parado, te dejaste rodear por las llamas. Te encontraron media hora más tarde, sin quemaduras, cubierto por una capa ligera de cenizas que te limpiaste con un baño en balde y tallones de estropajo. A la fecha no te conozco marcas por una salpicadura de aceite ni por un agua de café derramada ni por una tarde de sol a la orilla del mar. Ahora esto.

Encontrarse para poner la vida en su sitio; es lo que dices. ¿Cierto? ¿Pero cómo?

He leído tu carta, qué sé yo, cien veces. No. Más que eso: doscientas, y casi que me quedo corta. Me sé de memoria lo que te pasó la mañana del martes 22 de mayo cuando en lugar de ir a clase de estadística con los de primero te refugiaste en la cafetería, porque tocaba entregar calificaciones y el 80% del grupo estaba reprobado. Ya sé que a ti este recuento te aburre, pero siento que hay algo en el relato que se me escapa. Necesito que me ayudes a descubrir qué es.

Dices que ordenaste desde el fondo, saltándote la fila a señas, con el dedo índice en alto y la mano haciendo de bisturí: un cortado. Caminaste hasta esa mesa que nadie quiere porque arrincona la mirada hacia el muro trasero de Rectoría. Yo también preferiría ver el descarapelado de la pintura con su rojo ennegrecido por la humedad a los huevos rancheros en las bocas abiertas de post-adolescentes masticando el desayuno o dándose amor a lengüetazos; ¡qué asco! Aunque, si te soy sincera, Sergio, no les queda de otra, van a tono con su época: hoy en día el amor si no es público no existe. Por eso aunque me la pase con el estómago revuelto por tanto clic en las fotos de su boda, de su noches de cañas, de su gatita, de su fin de semana en La Palma, del jogging, aunque inicie y termine el día pensándola, como no conectemos en redes sociales, ni a conocidas llegamos.

¿Seguro no  hubo algo que te alertara de lo que pasaría? Así nada más, de pronto una sombra sobre tu cabeza y eras tú, más flaco, más viejo, pero tú, con un bonche de trabajos en mano, el maletín colgando del hombro, los lentes con el cristal engrosado, el cabello blanco de canas. Tú, ahí donde el bullicio de los estudiantes y los gritos de Lulú, anunciando las órdenes de comida humeando sobre la barra, llegan lejanos como si se tratara de un ruido ajeno, que no tuviera que ver contigo. Tú señalando la mesa, el brazo temblando el pulso, cuando hace un momento cortabas el aire exacto como cualquier cirujano que se respete. Tú pidiendo de favor compartir el sitio porque encuentras difícil sobrellevar la mirada de los estudiantes el día de entrega de calificaciones y hace décadas que esa mesa es tu refugio. Le abriste paso al viejo que eras tú mismo poniendo los exámenes en la orilla de la mesa, al lado del otro cerro de exámenes también tuyo, soltando el hombro para dejar caer el maletín en el piso. Tú sentándote y tú mirándote acomodar la silla, boquiabierto. Obligado a tener el rostro hacia el ventanal, intentabas descifrarte de reojo. «¿Ve eso profesor?», dijiste, «Los brotes de yerba que viven allí llevan más de diez años gestando su existencia. Cuando la gente pide que se pinte acá y se remodele allá, olvidan que la imposición de lo nuevo siempre arrasa con formas de vida anteriores. Lo que piden es una pared pintada y van a obtener de vuelta la obligación de rehacer sus viejos hábitos. ¡Bofetada con guante blanco!», se te cortaba el aliento, por la energía que ponías en cada palabra. Lulú llegó con el café y volviste a ser tú la voz joven y su eco envejecido, una milésima de segundo detrás, diciendo: «Gracias, Lulú». Lulú atónita, con una sola taza frente a dos profesores trasnochados. Te otorgaste el gane, por viejo. «¿A quién conoce que tome un café distinto todos los días?», continuaste. La tacita de expreso tambaleaba entre tus manos temblorosas. «Nos gusta lo conocido. Apreciamos demasiado nuestros efímeros encuentros con eso que llamamos goce, felicidad, como para no lamentar su pérdida». Escuchaste con atención, tratando de entenderte. Supiste que te faltaban años viendo el mismo muro para concordar con el viejo.

Si pudiera hablar de lo que me pasa ahora con una voz que alcance a ver a la distancia, extender la caducidad de este momento hacia el futuro, donde pueda yo misma vivirme diferente. ¿Cómo se logra eso, Sergio? Ir husmeando en la gente no ha sido la mejor estrategia. Una mujer lloró al empleado de la cafetería del parque Genovés que se sentía perseguida por mi mirada. Estaba aterrada, temblando. Tendría ochenta, quizá más. A su edad, no poder tomar un café tranquila en la calle, ¿te imaginas? Me disculpé, pagué su cuenta, pero la vi marcharse con el cuerpo atemorizado, los ojos aguados, el bastón apenas firme para dar los siguientes pasos hasta qué sé yo dónde. No puedo seguir haciendo esto, no es justo para nadie.

A ratos me convenzo de que el que busca no necesariamente encuentra. Sin embargo, ya me conoces, no me conformo. Si mirar a otra puede implicar una agresión, ¿por qué no hacer que la otra me mire a mí? ¿Por qué no llamar su atención, de manera que no sea yo la que irrumpa en su vida, sino que sea ella la que voluntariamente se introduzca en la mía?

Hace algunos años, en el teatro, caminaba a mi asiento después del intermedio. Fue en esa serie de conciertos de Chopin con la filarmónica. Me encontré una mujer pequeña, elegante. Su vestimenta no tenía fallo alguno; el vestido, la pañoleta del cuello, la joyería, parecían hechos especialmente para ella. Tenía el cabello corto, totalmente blanco por la edad, el partido del lado derecho (lo que viene bien porque a mí también se me da el partido del lado derecho). Su fleco reposaba perfectamente sobre el conjunto de la cabellera, en un tenue turquesa como si el más hábil impresionista hubiera plasmado espuma de mar en él. Recuerdo que me detuve del impacto. No pude más que verla fijamente. Ella encontró mi mirada, sonrió discreta y siguió su camino. Creo que ahí está la clave, Sergio; hacerme de un elemento que me invite a mirarme sin dudas. Estoy pensando en pintarme el cabello. No sé si debe ser precisamente el mechón de la señora del teatro, o sí. ¿Tú qué opinas?

Recordé aquellos sueños recurrente que tenía de niña, donde nuestra familia vivía una historia paralela: Vida de pueblo con lámparas de aceite, toques de queda, lluvia constante en el verano, payasos hambrientos haciendo llorar a los niños en el callejón oscuro, dulces envueltos en papel sin estampado, guisos cálidos de domingo en casa de la abuela, escapadas al parque sin permiso, con las prohibiciones y la eterna culpa definiéndonos el juego. ¿Qué habrá sido de nosotros, los de esa época? ¿Cómo sobrevivimos?

Pienso en los límites que me ha impuesto el cuerpo con los años, que me obligan a pequeños actos que serán los hábitos que me darán forma en el futuro. Cosas simples como tomar el café con leche para minimizar el dolor de la gastritis o usar la bata de dormir en el día, por el frío que cada vez cala más, con todo y que ya es julio, o la acumulación de muchos inicios de libro, pero pocos finales, leídos y escritos. Se me ocurre que voy a encontrarme tomando un café con leche en una mesa dentro de un local, con la franela de lana sobre las piernas y un cerro de historias a mano, saltando de un inicio al otro, ya sin la pretensión de terminar.

La ventisca promete un mar enérgico. Hoy no soportaré el ritmo del trote a media noche frente al océano, cargo con la nostalgia acumulada de décadas, estoy agotada. Toda resistencia tienes sus días flojos y este es uno de ellos.

 

J.

 

P.D. Me pintaré el cabello color turquesa. Después, cuando sea mayor, para lograr el mismo efecto de la mujer del teatro.

 

 

Roxana Xamán


 

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