Dios en el último andén

 

Me he subido al tren, vengas o no, me marcho de esta ciudad. Lo pienso como si te lo estuviera diciendo, como si estuvieras delante de mí. Y lo cierto es que ya deberías haber llegado.

Todo comenzó cuando dejaste caer la primera mirada, más larga de lo que exigía la situación, y sonreíste. Después llegaron los roces de nuestra piel en las reuniones en las que siempre, qué casualidad, nos sentábamos uno junto al otro. Las conversaciones superfluas sobre cualquier tema intrascendente, las primeras quedadas sin pretensiones, las citas clandestinas con intenciones, las caricias. El sexo en un hotel, escondidos del mundo, o en un coche alquilado en un descampado, o en los servicios de una estación de autobuses. Las miradas bajo el pasamontañas mientras Txeroki, jefe de  operaciones militares y tu marido, daba las últimas instrucciones antes de entrar a robar un banco.

Mientras te espero he intentado leer unas líneas del libro que compré pensando en ti. Solo he llegado a subrayar tu nombre, si no apareces en el andén en unos minutos, dentro de unas décadas, tan solo serás un soplo de aire en el oído, un recuerdo añejo de una mujer que pasó por mi vida y fue importante, como lo han sido otras. Sin embargo, dudo que me queden décadas de vida, así que tal vez seas el todo que eres ahora hasta que la bala que lleva mi nombre escrito me atraviese el cráneo y apague lo que soy.

El día que el robo salió mal, a la primera persona que buscaste fue a mí. Creo que fue ahí cuando él ató cabos, cuando las piezas del puzle se juntaron en su cabeza, cuando la suma le dio tres. La primera medida que tomó fue enviarme a otro comando inoperativo, para que descansara, dando a entender al resto que consideraba que la operación había salido mal por mi culpa. Me dieron otro teléfono que solo tenía guardado el número de Txeroki; si quería regresar a nuestro mundo, debía pasar por él. No le llamé, no quise, no pude. Me mantuve a la espera conviviendo en el piso franco con aquellos tipos de los que imaginaba lo peor; te esperaba a ti rodeado de asesinos como yo. Pero llegaste. Una madrugada apareció un mensaje de texto en la maltrecha pantalla del móvil. «Tren 04086, viernes 23 salida 02:00 a.m. Vámonos».

Ahora pienso que me he agarrado a esas palabras escritas en una pantalla de un viejo teléfono como si fueran mi Biblia. Como si las hubieras escrito tú y no otro. Suspiro, el tren está a punto de salir, el vaho que desprende mi nariz impregna el cristal al que estoy pegado. Nada hace presagiar el momento que cambiará tu vida, pienso, justo cuando veo aparecer tu vestido de flores doblando la esquina para entrar en el andén. Sonrío, aunque sé que no has venido sola.

 

Daniel Calles Sánchez

 

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