Doctor John

3 Minutos de lectura

A Óscar

 

El doctor John trabaja solo en la biblioteca de su casa; ordenó a su asistente no pasarle llamadas telefónicas ni interrumpirlo por motivo alguno pues, como todos los días desde hace año y medio, dedica muchas horas a sus investigaciones. No obstante, junto a la puerta cerrada aparece una joven no mayor de quince años que porta una venda que le cubre la mitad del rostro; no la sintió entrar. Él, acomodado en el escritorio, salva el texto que escribe en la computadora y la mira confuso.

—Buenas tardes, doctor.

—Buenas tardes, señorita.

—Lynda, Lynda Hoover para servirle. Espero no interrumpirlo; sé que usted siempre anda muy ocupado. ¿Puedo sentarme?

—Por favor… —responde el doctor John levantándose de su sillón en señal de cortesía. —¿En qué puedo ayudarla?

La joven atraviesa la biblioteca y toma asiento muy despacio, como si su liviano cuerpo le doliera; echa una mirada a los cientos, quizá miles de libros que cubren las paredes y comenta en voz baja:

—Se ve que es usted muy sabio, doctor. ¿Ha leído todos esos libros? Qué bárbaro; yo, en cambio, con hojear los de la escuela tenía suficiente y ahora pues como que no se me da eso de la lectura. Se me van los días en platicar con mis compañeros del hospital y en pensar en todo lo que me queda por hacer.

—Y… ¿qué es lo que le queda por hacer?

—Mmm. No sé. Tal vez deba confesarme con el padre Stevens, cuidar a los enfermos del hospital o buscar a mi familia que hace mucho que no veo, pero la verdad es que no puedo hacer nada de eso y por eso vine, doctor John: a pedirle que me ayude.

—La ayudaré, no se preocupe, pero antes dígame cómo supo usted de mí, quién la recomendó.

—Ay, doctor John, pues es que lo soñé a usted sin conocerlo; después las enfermeras me dijeron que usted había ayudado a unos pacientes que ya salieron del hospital. Tuve el presentimiento de que haría algo por mí. Además, es usted muy famoso.

El doctor finge una sonrisa y le contesta a la joven:

—Bueno, tanto como famoso no lo creo, pero no dudo que cada semana mis intervenciones en la televisión estén siendo tomadas en serio. Pero retomando lo que me comentaba, ¿por qué no puede hablar con el sacerdote ni ayudar a sus compañeros ni buscar a su familia, señorita?

—Lynda, Lynda Hoover. Lo que pasa es que el padre Stevens también anda muy atareado; siempre que me doy una vuelta por la iglesia tiene una fila muy larga en el confesionario y de todas maneras ahí nadie se toma la molestia ni de verme. Y como en el hospital Wellington solo podemos salir un par de horas por la tarde. Luego eso de ayudar a los enfermos nunca me ha gustado, me dan mucho miedo sus heridas. Y pues lo de mi familia… mmm… hace tiempo que no sé de ellos; solo sé que ya no viven donde antes.

—Veo, señorita Hoover, que todo esto le provoca un sentimiento de impotencia y depresión. Ha de sentirse usted muy confundida como para haber decidido buscar mi ayuda, ¿no es así?

—Así es, doctor John, no sabe cuánto lo necesito. Me han dicho en el Wellington que si usted me ayuda podré salir de inmediato y eso es lo que más quiero.

El doctor se inclina hacia delante y con expresión impositiva le ordena a la joven:

—Quiero que haga usted exactamente lo que le voy a pedir: cierre los ojos, digo, el ojo… Relájese. Concéntrese en las últimas gotas de lluvia que caen al jardín. Cae la penúltima.  cae la última. cae una más. ¿Qué te sucedió en el rostro, Lynda?

—…

—¿Qué te sucedió, Lynda?

La joven, ya dormida, relata brevemente y con voz llorosa su desgracia:

—Estaba en mi recámara. Mi mamá y mis hermanos estaban en la sala viendo la televisión. Oí unos gritos en la calle y luego unos disparos. Me asomé a la ventana y desperté en el hospital; había pasado mucho, mucho tiempo con tubos en la nariz, en la garganta y en el estómago. Ya no volví a saber de mi familia. Quiero hablar con la gente pero nadie me escucha. Solo en el hospital tengo con quién hablar.

El doctor John se levanta de su asiento y se arrodilla ante la joven, tomándola de las manos. Cierra los ojos y medita por unos segundos. Sus labios se mueven con palabras inaudibles. Abre de nuevo los ojos y le pide a la joven que despierte. Ella reacciona con un pequeño sobresalto y se queda callada, en espera de lo que él dirá.

—Señorita Hoover: puede usted marcharse pasado mañana del hospital. Yo me encargaré de su problema. Despídase de sus compañeros y de la gente que por tanto tiempo la ha atendido. Fue un placer conocerla.

La joven atraviesa la biblioteca con el mismo sigilo con el que había llegado, pero con esa paz interior que tanto necesitaba. El doctor John se acomoda nuevamente en el escritorio y consulta durante varios minutos el archivo del hospital Wellington en su computadora. Luego levanta el auricular del teléfono y le ordena a su asistente:

—Claire: localice por favor a los señores Michael y Jane Hoover, quienes ingresaron a su hija en el desaparecido hospital Wellington el 30 de marzo de 1989. Sí. En el archivo electrónico están los datos. El señor trabajaba para el Departamento de Servicios Sociales de la Alcaldía. Invítelos al programa y dígales que el Canal se hará cargo de todo. Gracias.

Dos días después el doctor John Edward llega puntual a la televisora donde conduce su programa semanal. El público, distribuido en las gradas del moderno estudio, aguarda ansioso el momento de conocer al hombre que trae mensajes de personas fallecidas, de seres queridos que abandonaron este mundo de manera intempestiva. Finalmente él aparece y, después de una breve explicación de la manera en que los espíritus se comunican con él, dirige la mirada hacia un matrimonio de entre el público y pregunta:

—¿Alguien relacionado con una joven de nombre Lindsay, Lynda o cuyo nombre comienza con «L»?

 

Will Rodríguez

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