Don nadie

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Llegaron aquellos dos ilusionados desconocidos silbando una estúpida cancioncilla al compás. Pegaron aquella cara de fotoshop frente a tu casa. Lucía alegre, limpia y orgullosa. El producto de unos eficientes publicistas: los vivos colores, la blancura de los dientes, y aquellas cuatro palabras, grandes y brillantes, que conseguían levantar la vista del desconfiado barrendero.

Te quedaste observando al pegado un instante, y en tu sutil esquizofrenia, todavía no medicada, notaste en la imagen una sonrisa desafiante.

Pasaron algunos días. Aquel cartel tan finamente apostado se convirtió en la primera figura de aspecto humano que observabas tras levantarte porque al bostezar la mañana frente al espejo no podías hallar tu frágil humanidad. La alternancia de lluvias y Sol durante ese tiempo no le sentaron bien a tu nuevo vecino. El color del conjunto fue apagándose, las letras vieron roídos sus perfiles de diseño, y los dientes de anuncio, ahora cubiertos de caries convirtieron la sonrisa perfecta en un pequeño acontecimiento un tanto fúnebre, como un espartaquista cuyo rostro fuera tenuemente alumbrado por el incendio del Reichstag.

Pasó el día señalado y los coches dejaron de circular esputando a través de megáfonos Pleistozoicos aquellos mensajes grabados de metal, envueltos en el celofán de alguna estúpida musiquilla. Notaste, con curiosidad, que la decrepitud comenzaba a despegar el cartel del muro que pacientemente lo había sostenido durante los largos días que parieron semanas. Aparecieron tumefacciones en su rostro, la piel comenzó a amarillear y una especie de bilis invisible inducía a la arruga y el ajamiento del antaño orgulloso careto. Cuando el niño más cabrón de tu barrio le pintó bigotes la suerte de aquella cara estaba echada, y observaste en tu locura, ya más pronunciada, que incluso le crecía barba.

Transcurrieron los meses, y el verdadero monstruo que ocultaba el señor del cartel salió por fin a flote. La boca torcida y ensangrentada, los dientes rotos de morderse con su propia rabia, la barba propia del rey del Esperpento, y aquel olor a meada de perro, que subía absorbida por la cal de la pared para devorarlo. Y lo peor, las cuatro palabras que ya no podías siquiera recordar habían desaparecido soterradas en el hedor.

Los señores de la cancioncilla ya no aparecieron jamás.

Aquel Dorian Gray contemporáneo moría bajo el rugido de los gritos que creíste resonaban aún en la Gran Plaza, y tú, en una aledaña, pensabas si un día te sucedería lo mismo, si llegarías a ser un Don Nadie pegado a una pared, una conversación de furia olvidada, un pepino en un gin-tonic, un salto en la más prescindible canción de algún polvoriento C.D., un córner que atrapa el portero, los caramelos de un bautizo, el bautizado en cien años, un rumor espeso de coches, un chicle escupido frente a la filmoteca, el mismo chicle pisoteado por toda la puñetera ciudad, la historia que olvidaste, el nieto de un Panero, la pena que se fue, el error espontáneo, la efímera amargura por el amigo que no acude, la risa por la escena rememorada, un pequeño meteorito frente a la bárbara atmósfera, un minuto en mis sueños, un segundo en el tuyo, una eternidad en los de nadie.

 

Miguel García Oliver

 

 

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