El alma en la piedra

EL ALMA EN LA PIEDRA

José Vicente Pascual

Editorial Pàmies

306 páginas

 


 

Teniendo en cuenta que hay una larga tradición de novela prehistórica, y que en realidad no se hacía gran cosa en aquellos años, uno puede pensar que ya se ha contado todo: la caza, las luchas entre clanes, las migraciones, la creación de nuevos asentamientos… Entonces, ante un escenario tan árido y aparentemente agotado, uno emprende la lectura de El alma en la piedra con un interrogante: ¿qué puede aportar al género una nueva novela prehistórica?

La acción de El alma en la piedra se sitúa en el Paleolítico superior, unos 13.000 años antes de Cristo. Se sabe que en esa época, la cueva de Altamira fue sepultada por un derrumbe que la mantuvo oculta como una cápsula del tiempo, es decir, con la certeza de que su interior no fue alterado por habitantes posteriores, hasta su descubrimiento en 1868. El clan de los Tiznados —los protagonistas de la novela—, habita la cueva de Altamira, y se dedican a la fabricación de herramientas de caza, a la caza en sí, a curtir pieles, y a procurarse abrigo y alimento. Pero también al arte rupestre; y es el arte, de alguna forma, el que marca el destino del clan.

En el prólogo, el autor aborda la elección del lenguaje de los protagonistas. No tenemos pruebas de cómo era el lenguaje aunque sabemos que no había un lenguaje escrito ya que no hay vestigios de alfabetos en piedra o en barro. Era necesario elegir para la novela una forma de comunicación, y había varias posibilidades. Entre ellas se escoge la más lógica: como convención, Pascual les hace hablar como  hablamos nosotros, aunque se cuida bien de que no utilicen palabras que no podían haber sido inventadas por aquél entonces.

El alma en la piedra es un intento de coger al ser humano, despojarlo de todo lo superfluo, de toda la capa de cultura y tradición que han hecho de él lo que es hoy, trece mil años más tarde, para ver qué es lo que queda. ¿Queda un protohumano embrutecido que funciona por instintos, o queda el «ser humano» completo con todos los valores y los principios que se supone que tendríamos que tener nosotros y que nos van a conducir de forma inexorable a la autodestrucción? La respuesta, la diferencia una vez más está en el arte. Para bien o para mal.

Pascual describe efectivamente a un hombre de las cavernas que emplea su tiempo en la supervivencia y en las actividades básicas propias de la época, pero también un ser que comienza a crear mitos; a un ente social que cree en los valores de la solidaridad, en la cohesión  de la tribu, en el amor conyugal y en la amistad.

Frente a esa creación fundacional de mitos o de religiones nos encontramos con la figura del pintor rupestre. Ibo Huesos de Liebre es un miembro de la tribu que no solo es cazador —y aquí nos encontramos a la condición de pluriempleado que tienen la mayoría de artistas y que se ha conservado hasta hoy— sino que además es el encargado de plasmar sobre el techo de la cueva las escenas de caza para crear un lazo de comunicación con la divinidad —sea esta quien sea— y estando los parámetros y el marco de esa comunicación aún por definir.

El artista tiene una misión, pero tiene unas reglas que han sido fijadas de forma arbitraria por los más ancianos que aún están intentando dilucidar quién es y cómo es esa entidad superior a quien aún no se puede llamar Dios, a quien en la novela se llama «La que existe». A veces, esas reglas arbitrarias entran en contradicción con intuiciones del propio artista y de los planteamientos morales a los que su arte le conduce y que no siempre coincide con las conclusiones de los místicos. Esto hace que se plantee preguntas.

¿Acaso ha cambiado la función del arte desde entonces?

Pero hay más, y yo creo que aquí está el principal aporte de la novela. ¿Se representaban animales y escenas de caza como un sacrificio o tenían una función narrativa? Probablemente nunca sabremos con seguridad si las representaciones de escenas de caza en el arte parietal eran ritos chamánicos o iniciáticos.  Ni si eran la expresión de mitos o de religiones.

El arqueólogo Marc Azéma sostiene la teoría de la función narrativa de las pinturas rupestres, y nos hace imaginar una cueva habitada en la que se muestran las escenas pintadas como si fuesen una representación temporal, como en el cine pero sin los medios técnicos del cine: ya sea de forma secuencial o yuxtapuesta. Es decir: como una secuencia de escenas que se desarrollarían en el tiempo —como en las viñetas de un cómic—, o como una yuxtaposición de imágenes de animales en diferentes posturas como habrían hecho en el siglo XX los futuristas italianos como Marinetti, y cuyo mejor ejemplo podría ser el Desnudo bajando una escalera de Marcel Duchamp.

El pintor Ibo Huesos de Liebre, haciendo uso de su libertad de creación, pinta un jabalí con —aparentemente— ocho patas. Es el mismo jabalí en dos posturas diferentes lo que sugiere el movimiento. El artista ya no representa solo al jabalí, sino al jabalí en movimiento, es decir, al pasado reciente y al futuro inmediato del jabalí; o sea, intenta representar la «jabalibilidad».

El artista Ibo Huesos de Liebre, fiel a sus principios, tiene la obligación que ser trasgresor, y esas trasgresiones no le son perdonadas por los sectores más tradicionalistas de la tribu que las ven como el origen de todas sus desgracias.

Esta trasgresión por parte del artista es interpretada por el sector conservador como un sacrilegio que finalmente conduce al clan al abandono de la cueva poco antes ser sellada por un corrimiento de tierra provocado por una tormenta y, que, paradójicamente, propició que quedase intacta, como una cápsula del tiempo, hasta que fue descubierta. Un jabalí con ocho patas —sostiene el anciano de la tribu— es una ofensa a «La que existe» y, por lo tanto, el clan espera un castigo.

¿Por qué se puede representar un animal y no otro? ¿Por qué se ofende a los dioses o a una divinidad al definir la representación conceptual de un animal cuando se aleja del realismo de entonces? ¿Por qué razón ofendería a la misma divinidad la representación de un rostro humano, de un cazador que ha muerto como un héroe, pero no la huella de una mano?

Hay numerosos ejemplos de arte rupestre en los que se ha representado el movimiento, incluso muchos milenios antes que el jabalí de Altamira. En la cueva Chauvet, en el Ardèche francés, ya hay representaciones de bisontes en movimiento, con ocho patas, pintado hace 40.000 años. También en Lascaux.

Eso nos hace pensar que ni siquiera sabemos si la inclusión del movimiento en las pinturas de Altamira responden a una trasgresión. Esa es la ficción que propone el autor para llegar adonde quiere llegar, para contar su historia y llegar a sus conclusiones, pero bien puede ser que la representación del movimiento, en aquella época remota, ya fuese «academicismo». Puede que nunca encontremos las herramientas para tener certezas en ese sentido.

Las mismas preguntas nos las podríamos haber seguido haciendo a lo largo de la historia en función de los mitos y religiones que han ido sucediendo: ¿Por qué los practicantes de ciertas religiones no pueden comer cerdo? ¿Por qué que adorar a una vaca y no a una oveja? ¿Por qué otros practicantes de religiones —como nuestros padres— no se pueden aparear con sus parejas sin que antes el chamán —o el sacerdote— de su consentimiento? Son preguntas que nos haría un alma limpia o un antropólogo extraterrestre que viniese de visita de trabajo e intentase comprendernos. La respuesta sería variada, pero todas tendrían un componente común: «Porque siempre se ha hecho así», «Porque así nos lo han transmitido nuestros ancestros».

Por último, creo que habría que hablar al menos un poco de literatura, de la parte literaria del libro. Ya saben: el estilo, las referencias, el ritmo… Creo que todo eso se puede resumir en una palabra: discreción.

José Vicente Pascual ha llegado a un punto de madurez en el que consigue que el escritor pase desapercibido durante toda la obra. Ha sabido ocultarse en la sombra para que no sean ni él ni su oficio los protagonistas. Para dejar que sea el narrador omnisciente el que cuente la historia del clan de los Tiznados con su propia voz, que ya no es la voz de José Vicente Pascual el escritor, sino una voz independiente que anula cualquier interferencia en la lectura.

Parece fácil, ¿verdad? Pues no lo es.

Antonio Tocornal

 


José Vicente Pascual (Madrid, 1956), es novelista y colaborador habitual en prensa. Ha publicado varios libros de viajes y relatos. Entre sus novelas destacan La montaña de Taishán (premio Azorín, 1989), El capitán de plomo (premio Café Gijón, 1993), Palermo del cuchillo (premio Alfonso XIII, 1995), Juan Latino (1998), El país de Abel (finalista del premio nacional de la crítica, 2002), La diosa de barro (2006),  Los fantasmas del Retiro (2011),  Almirante en Tierra Firme (premio «Hispania» de novela histórica, 2013), La Hermandad de la Nieve (premio «Hislibris» a la mejor novela histórica y mejor autor del año 2012), Interregno (2015),  Isla de Lobos (premio «Valencia-Alfons el Magnánim», 2016). Es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, en cuya colección literaria publicó en 2018 Viaje a Canarias y el resto de la península. El alma en la piedra es su última novela publicada.

 

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