El cielo tiene miles de ojos

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Cuando yo nací el cielo se iluminó con mil estrellas cegadoras.

Mi madre siempre insistió en que aquellas luces no eran más que el advenimiento de mi llegada.

La concepción de un comienzo suele ser cuando menos borrosa y difusa, si no dolorosa, porque informan de un cambio, y muchas veces del final de algo. Mi nacimiento fue una sucesión lógica de este proceso de transformación, a todos inherente.

Mi madre se debatía tumbada con los codos apoyados, el tronco ligeramente inclinado y las piernas considerablemente recogidas. Os preguntaréis por qué uno cuenta un acto que no puede ser narrado por cualquiera. Pues porque yo tengo una facilidad mnemotécnica innata para recordar fragmentos visuales completos. ¿Creéis que este talento me ha reportado algún tipo de beneficio? Pues ahora mismo os contesto que no. La forma de memorización y sobretodo el contenido memorizado no han sido el adecuado a lo largo de mi vida. Hizo que mi facultad fuera totalmente inútil. Y eso es más que suficiente para una respuesta.

Como decía, a mi madre se le dilataron las caderas en la articulación pélvica con el movimiento de nutación y contranutación. Sus pupilas cubrían sus ojos de un negro sofocante mientras vociferaba bañada en sudor. El blanco esmalte de sus dientes estalló astillado, al ser prensados los molares superiores con los inferiores. Sus manos clavaron las uñas en el gris y polvoriento suelo del garaje, dibujando estelas pálidas. Se contraía en movimientos serpenteantes, cuando mi placenta pegajosa comenzó a vislumbrase en la zona vaginal, justamente bajo el vello púbico de mi madre, manchándolo todo. Su respiración entrecortada y cerosa fue el primer estímulo que captaron mis sentidos, después vinieron el frío, el ruido ensordecedor, la crispación, la asfixia, la provocación del llanto, hasta encontrarme en los brazos de mi madre, unido todavía por el cordón.

Detrás de ella podía observar, a través de sus hombros, una pequeña scooter roja manchada de cal con una cilindrada no superior a cincuenta centímetros cúbicos de combustión interna. Permanecía apoyada en la pared junto a un televisor Sony Trinitum negro, con el cristal algo agrietado, y tubo de imagen “trilogy” de doble resolución.

Mi madre era delgada y morena. Macerada en líquidos relucía con las luces y la Luna. Con solo una camiseta azul en tirantes podía observarse los destacados pezones de sus senos. Vestía también una falda azul plisada remangada por encima de las rodillas, cubriendo la mitad de sus muslos. Vi lágrimas en su rostro pequeño mientras me acercaba a sus húmedos labios. Distinguí moverse su negra cabellera recogida con una goma verde.

Cuando yo nací el cielo se iluminó en mil estrellas cegadoras.

Yo nací en un subterráneo del barrio viejo de Katalazi, una pequeña ciudad al norte de Serbia, durante el último bombardeo por detonadores con dispersión de metralla. Misión ofrecida a la destacada cuadrilla naranja de reactores con motor de propulsión A5, sobre la zona enemiga del altiplano y cuenca del Azalganí.

 

Carlos López Ramírez

 

 

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