El consuelo de Cioran

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(1926)

Enfermo de melancolía, así llamaban los médicos rurales a este tipo de males, Emil vagabundeaba todas las noches mientras su madre, conocedora de los oscuros pensamientos que rondaban al adolescente, lloraba desconsolada.

En uno de sus paseos nocturnos, el joven advirtió la presencia de una figura que abandonaba la aldea. Sus dilatadas pupilas, acostumbradas a la noche, reconocieron a Ilinca, la preciosa hija del panadero. La muchacha se desplazaba con inusual torpeza, atraída por una fuerza invisible. Emil siguió sus pasos, en lo que prometía una aventura misteriosa. El sendero que tomaron finalizaba en una ruinosa ermita subyugada por la hiedra, especialmente salvaje en esos parajes. El joven entró con sigilo, y se ocultó en una capilla lateral. Agazapado, amortiguando la respiración, pudo observar cómo Ilinca se desvestía frente al ábside. Una cascada de luz blanca entraba oblicua por una hendidura, dando un aspecto fantasmagórico a la escena. De repente, con arrastre de pies, entró un decrépito corcovado que vestía un oscuro traje. En ese instante, un hedor nauseabundo infectó la ermita. Los lascivos dedos del anciano se alargaron hasta el cuello de la muchacha, que no reaccionó. El contrahecho inclinó levemente la cabeza pelona y abrió la boca fétida, dejando al descubierto dos colmillos. Acabado el festín del hematófago, el cuerpo joven dejó de convulsionarse y se desplomó. Y el vampiro, pues así nombran los campesinos de esas regiones a tales criaturas del diablo, en un exceso de teatralidad, extendió los brazos al cielo y clamó:

 

¿A qué llamas misericordia? Tu divina esencia es trazar destinos crueles. Enfermedad y dolor es la suerte que nos concedes. ¿Para qué la devoción? ¿Para qué la penitencia?

Si lleno con sangre inocente la copa que nada vierte, si maldigo la obra imperfecta, si desprecio toda existencia es porque deseo aquello que me has arrebatado: la muerte.

 

 

(1974)

—Señor Emil Cioran, sus libros tienen buena aceptación entre los estudiantes parisinos, y un joven español acaba de defender una tesis doctoral sobre usted. Disculpe mi franqueza, pero cuando uno lee sus aforismos es inevitable pensar en la incoherencia que usted ha cometido. ¿Por qué no se suicidó?

—Sin duda es una incoherencia por mi parte, aunque no la única —contestó el entrevistado—. Uno siempre escribe y vive de más. Jamás me pasó por la cabeza vivir tantos años, me dejé llevar.

—Usted ha escrito que “existir es persistir en un error”.

—Así lo creo. Prefiero la nada de antes y la nada de después.

—¿Teme a la muerte?

—Mucho. Casi tanto como a la vida. Deje que le cuente una anécdota. Cuando era adolescente fui testigo de una escena increíble. Un anciano muy sabio le pedía cuentas a Dios, maldecía su obra, odiaba la humanidad que había en él. Ese anciano me hizo ver que la finitud de la vida es un consuelo, quizá el único consuelo que nos queda. ¿Se imagina usted una vida eterna? ¡Eso sí sería un crimen!

 

Raúl Gimeno Chicharro

 

 

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