El descenso

disparo

 

No importa dónde corras. Da igual si tratas de huir o te quedas agazapado en tu rincón oscuro y seguro, cuando has tomado la decisión equivocada, nada se puede hacer; la vida no es como aquellos libros de sigue tu propia aventura, no puedes volver atrás y elegir la página 123 en vez de la 206. Eso lo he aprendido ahora, cuando el sonido de la puerta al cerrarse ha sonado como un tiro en mis oídos. Ahora que sé lo que es el miedo, el real, el que te atenaza y te inmoviliza. Ese que te impide gritar o llorar o luchar. Ahora que ya nada es lo que era y que todo ha cambiado, ahora es cuando siento pavor a lo que está por llegar.

Sin haberlo visto venir estaba allí, delante de mi cuan alto es, con el arma en la mano y la mirada clavada en mis ojos. Y me he meado. Incapaz de mover ni un solo músculo de mi cuerpo, he notado el chorreante calor descender por mis piernas hasta el suelo, empapando mi pantalón vaquero. Él no se ha inmutado, tal vez esperaría otra reacción, pero está demasiado curtido para sorprenderse por mi meada, ¡cosas peores habrá visto!

Ojalá yo hubiera podido ver algo más: haber sido consciente de a dónde me llevaban mis pasos. Darme cuenta de que nadie da duros a cuatro pesetas ni, mucho menos, te va a prestar cien mil euros sin pedir nada a cambio. Pero, ¿cómo iba a saberlo? Jamás pensé que el pago sería en sangre. En la sangre de esas inocentes que ahora se arremolinaban a mis pies casi suplicando que les dejará salir por la misma puerta que se había cerrado a mis espaldas. No sé qué futuro les habría esperado a aquellas niñas de ojos almendrados y piel oscura que se agrupaban abrazadas unas a otras, como si un manto invisible pudiera salvarlas.

Quizá, en otro lugar, habrían crecido felices e ido a la escuela. Allí no, allí eran niñas y como niñas iban a ser esclavas sexuales. Pero eran muchas y poca la demanda, demasiado costosas para un hombres como el que había comprado mi alma por esos cien mil euros que ya he gastado en putas, lujos y alcohol. Quise disfrutar de las riquezas por la vía rápida y ahora debo pagar mi vida con sus vidas. Pensé que tendría forma de huir, de largarme del país, volver a mi tierra donde nadie podría seguir el rastro de aquel blanquito que vivía rodeado de lujos en un pequeño pueblo al norte de la India. Era mi año sabático, el que quería vivir antes de volver a mi mesa en una oficina compartida con cincuenta más en una décima planta madrileña. Hoy añoro esa vida anodina y aburrida. Ojalá no hubiera viajado a este país que huele a estiércol. Pero ya no hay vuelta atrás: sus vidas o la mía.

Retiro la mirada, levanto el brazo y disparo. Mi alma se escapa por el cañón de mi revolver y desciende a los infiernos mientras vuelvo a disparar.

 

JAVIER FORNELL

 

 

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