‘El día en que deje de divertirme, dejaré de escribir’: Antonio Tocornal

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En días pasados, nuestro estimado colaborador se hizo con el XXII Premio de Novela Vargas Llosa, convocado por la Cátedra Vargas Llosa, la Fundación Caja Mediterráneo y la Universidad de Murcia. Nacido en San Fernando, Cádiz, Antonio Tocornal es un escritor exigente con su prosa, de amplias lecturas. Para él, la literatura es una forma de situarse en el entorno que nos ha tocado vivir para comprenderlo mejor, y reconoce que la autocrítica es fundamental para quien piense en escribir seriamente. Vía electrónica, accedió amablemente a platicar con RSC.

 

¿Qué es la narrativa para Antonio Tocornal?

Gracias, amigo Mauro, por esta entrevista.

Yo veo la literatura en general como un estilo de vida o una actitud. Una forma de situarse en el entorno que nos ha tocado vivir para comprenderlo mejor. Dicho de otra forma: es un punto de referencia que uno elige para comprender todo lo que pasa alrededor. Cuando digo literatura sitúo en el mismo plano la lectura y la escritura. Creo que la influencia sobre el sujeto que practica cualquiera de las dos disciplinas —o las dos— es similar.

 

¿Los premios hacen al escritor, o el escritor hace al premio?

En absoluto. Los premios no hacen al escritor. Al escritor lo hace sobre todo la lectura; una lectura crítica y selectiva durante años y años, pero también educar una mirada especial; una mirada hacia los demás y hacia el entorno con cierta distancia y con cierto sentido del humor.

Hay que aprender a leer como un escritor y al mismo tiempo intentar escribir como un lector. También hay que vivir cosas, cargarse de historias antes de contarlas. No hace falta vivir «grandes aventuras», basta con vivir las pequeñas aventurillas domésticas del día a día con los ojos bien abiertos para detectar el potencial literario que tiene cada ocasión: un viaje en ascensor, una noticia en el periódico o una conversación entre desconocidos oída por casualidad pueden encerrar una historia digna de ser contada. En mi caso, tuve que vivir cuarenta años como lector voraz antes de comenzar a percibirme a mí mismo como escritor.

Lo de los premios es una forma de jugar, y algunas veces puede servir para abrir alguna puerta: el año que viene, además de la novela (ganadora del Vargas Llosa), se van a publicar algunos cuentos míos premiados en certámenes. Uno de ellos es Cundi macundi, un relato para mí muy especial que obtuvo el premio Gabriel Aresti que otorga el Ayuntamiento de Bilbao. Es el premio de relatos más importante que me han dado. Cuento esto porque, como curiosidad, el mismo relato se había presentado antes a concursos mucho más modestos y había pasado desapercibido, lo que prueba que en esto de los concursos juega mucho la suerte de dar con un jurado afín a lo que uno escribe.

 

Te conocí en el concurso de la revista Adiós en 2014, donde ganaste el premio a mejor relato con Parca miseria, y recientemente publicado en RSC. Desde entonces te he seguido a ti y a tu prosa, pero, personalmente ¿cómo consideras que ha sido tu evolución literaria hasta la fecha?

Cuando escribí el relato que ganó el premio de la revista Adiós todavía no me había atrevido con una novela. Me encontraba muy cómodo con el formato más corto y escribir una novela me parecía entonces muy complejo. Le eché valor y a día de hoy tengo tres novelas acabadas.

En este momento sigo escribiendo relatos cortos y leyendo mucho. Escribiendo novelas me he dado cuenta de que es más difícil conseguir un relato redondo que una novela decente. Intento divertirme y no ponerme objetivos que no pueda cumplir.

Tengo asumido que no voy a ser nunca un «escritor de éxito» y eso me da mucha libertad. La libertad de considerar todo lo que llegue como si fuese un regalo de Reyes.

 

¿La falta de autocrítica es el gran mal de los aspirantes a escribir? ¿Te has topado con casos de estos «copos de nieve» o snowflakes que no la toleran?

Pues claro, de esos hay muchos.

Yo tuve la suerte de empezar a enseñar mis escritos en varios foros de aficionados en Internet en los que los participantes no son muy diplomáticos entre sí y se sueltan las críticas a bocajarro ya que los escritos se presentaban de forma anónima. El que tenía la piel fina salía escaldado, pero lo cierto es que muchas de las críticas eran acertadas.

Eso es buenísimo; educa mucho la humildad y lo recomiendo a los escritores noveles. Eso y asistir a talleres en los que se ponga en común y expuesto a críticas el trabajo de cada uno, cosa que, por desgracias, yo nunca he tenido la ocasión de hacer.

Conozco muchos escritores que siempre piden la opinión de los demás esperando halagos. Es comprensible que, como el resto de los mortales, necesiten de vez en cuando una palmadita en la espalda, pero si no encajan bien las críticas lo tienen muy difícil para avanzar.

 

¿La autoedición es la respuesta, o consideras que se debe perpetuar el arte de la edición tradicional?

Cada uno se tiene que preguntar por qué quiere publicar. En mi caso, el valor que tiene publicar es poder cerrar un proyecto para centrarme en otro. Los textos que no publico siguen siendo sometidos a procesos de corrección y cambios de forma constante, casi obsesiva, por lo que en mi caso es sano hacer ese reseteo de textos de vez en cuando, para poder centrarme en los nuevos.

Entiendo que muchos escritores acaben por autoeditarse. Eso les permitirá librarse de su obra para centrarse en una nueva, aunque difícilmente quedará satisfecho con la difusión que pueda conseguir. Los que decidan hacerlo, tienen que tener muy claro ese aspecto.

En mi caso, prefiero que un escrito mío no salga nunca a la luz antes que autopublicarlo. No porque la autoedición sea menos digna que la edición tradicional, sino porque a menos que uno sea un genio en las redes sociales, no suele llegar más allá del círculo de amistades que uno pueda tener.

 

¿Qué consejo personal darías a los que quieren embarcarse en la empresa de escribir narrativa en serio?

Que sepan que lo más seguro es que nunca consigan publicar su obra con una editorial importante. A partir de ahí y si aceptan esa premisa, que no se apresuren. Que no se obsesionen con el éxito.

Que el verdadero placer lo encontrarán, si saben, en el día a día de escribir, que es lo que nos hace personas más completas. Si no aceptan eso encontrarán solo frustraciones. Que si sienten frustración porque el reconocimiento no les llega, es mejor que se dediquen a otra cosa.

Que si son constantes, humildes y además tienen talento, puede que al final les llegue algo de reconocimiento, aunque no está garantizado. Uno tiene que tener claro que la calidad y el éxito no siempre van en paralelo.

Para los más jóvenes, que tengan en cuenta que si siguen escribiendo cuando lleguen a los cuarenta años, es muy posible que se arrepientan de todo lo que hayan publicado antes de cumplir los treinta.

Que no hagan concesiones de estilo porque piensen que una determinada forma de escribir puede llegar a más lectores. Lo importante es la sinceridad y solo desde la sinceridad podrán encontrar su propio lenguaje.

Creo que me he embalado dando consejos cuando en realidad no estoy en situación de dar ninguno.

 

¿Qué sigue en el camino de Antonio Tocornal? ¿Hay proyectos en puerta además de la novela laureada (premio Vargas Llosa)?

Haber ganado el Vargas Llosa no cambia nada en mis planes de escritura.

Difícilmente podría hacerlo ya que no tengo ningún plan.

En este momento tengo otra novela inédita acabada y suficientes relatos como para publicar tres recopilatorios pero de momento no tengo prisa por publicar nada de este material.

Sigo leyendo y escribiendo sin obligarme, solo cuando me apetece, sin una disciplina horaria y sin una meta en la que espere reconocimientos a gran escala o hacer carrera como escritor.

Me divierto escribiendo. Me lo paso genial. El día en que deje de divertirme, dejaré de escribir.

 

Entrevista por Mauro Barea.

En la fotografía de cabecera, Antonio con su perrita Jazz, su mejor amiga. Proporcionada por el autor.

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