El fin de los tiempos

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Es en este tiempo, cuando la angustia revolotea inquieta con sus alas negras en mi corazón, intentándolo reventar dentro de mi pecho; agitada como un animal en cautiverio en demente celo, golpeando rítmicamente mi caja torácica, como un instrumento endeble de percusión. Primero suavemente, hasta intensificarse. Va fracturando mi esternón al tiempo que provoca ─siéntolo yo─ el desgarramiento, apenas perceptible, de mi corazón, ese músculo importante. Y solo soy esto, me descubro, un hombre que camina solo en la oscuridad.

Sin saber cómo, me encuentro caminando, solitario, las calles de una ciudad aletargada y sepultada por la sombría mortaja de la noche, como un espectro demasiado oscuro. La noche ha abierto sus fauces para engullirme, y de repente, he quedado suspendido, atorado, en la garganta de esa fantasmagórica criatura. Como se sobrepone delicadamente el sudario sobre un cadáver, así me cubre la noche en medio de la ciudad.

Me desplazo sin saber adónde dirigirme. Nada en mi mente tiene un objetivo. Me siento perdido en el laberinto del sinsentido. Me detengo por inercia y espontaneidad, frente a una casa que posee una vasta terraza, un extenso campo con el pasto mal repartido y repleto de montículos de tierra, donde la hierba ya ha brotado. Sé de inmediato que es un convento, un convento que en realidad es una simple casa, sencilla, cuadrada, de dos  plantas. Al igual que la ciudad, parece que todo pernocta; sin embargo, siento que alguien me espera en ella. Comprendo que ese lugar es el objetivo de mi caminata solitaria. Es así como también entiendo que me encuentro en una situación de búsqueda, busco algo sin saber qué.

Contemplo desde fuera del portón negro, único elemento que me separa del extenso campo, hasta que decido entrar. Solo lo empujo, suavemente, sin ruido, deslizándome furtivamente. Una atmósfera diferente empieza a helarme el cuerpo, una extraña heladez que no entumece, sino que destensa, que relaja previamente para vivir algo incierto.

Camino hacia el campo en dirección a la casa ensombrecida. Todo es nocturno, hasta la noche es más nocturna que otras noches. Todo está embriagado de silencio. La noche no es ya la garganta de un mortuorio holograma, ni tampoco una negra mortaja absoluta. Ya no es el Rahab[1]que devorara a la misma noche, los mundos, las estrellas… Entonces intuyo el advenimiento de una especie indescriptible de titanomaquia, no como la cantada por Hesíodo en su Teogonía; pero la noche empezó a ser un animal titánico con su inmensa cola, más inmenso que Leviatán y Tifón juntos, más que todos los leviatanes y tifones que pudiesen existir, invisible, semejante a un cetáceo; como el cetáceo de Jonás, continental, creo es el mismo cetáceo de Jonás, pero ahora en otro periodo, pues es evidente que ha rasgado el tiempo, ha engullido a Cronos, Tánatos e Hipnos en una lucha desigual, en donde el Tiempo, la Muerte y el Sueño no eran diferentes a unos diminutos peces tragados por el gran cetáceo transparente.

Sí, ahora es transparente, retoza en el cosmos. Primero veo su espalda. En sus omóplatos diviso constelaciones contenidas en una nube de polvo estelar, de varios colores: azul, rojo, violeta…, cuando he alzado la vista lentamente. Es precioso el cúmulo colosal de astros, creo son todas las estrellas del orbe. Las supernovas han quedado atrás hace millones de años luz, de eones que han pasado como se desgrana el trigo de las espigas; pero en todo canta silencioso el orden, su voz es armoniosamente muda.

Luego gira como para dar una zambullida, y puedo ver ahora su inconmensurable vientre. Sigo contemplando absorto. Un consuelo fresco me invade paulatinamente. La atmósfera es fría. Mis ojos se detienen en la luna, y la luna deja de caminar sorprendida; ella me mira también sin ojos. Ahora siento mucho frío, y pienso que arriba en el universo existe una temperatura al grado de la congelación, pero entiendo al mismo tiempo que el universo no está arriba, sino en el centro, donde yo me encuentro. La luna empezó a despedir lágrimas luminiscentes, como si decidiera a derretirse, derramando curiosas gotas de luz líquida: gota por gota, y estas caen convirtiéndose en estrellas fugaces que surcan la bóveda celeste-vientre del cetáceo, dejando un haz muy luminoso. Consecutivamente: gota por gota, hasta tejer una red en el firmamento.

Ya no hay tiempo. Se ha acabado. Todos los tiempos se han consumado. El ciclópeo  tiempo ya no existe. Y Dios ya no camina sobre él ni tampoco nada en él. Cronos está muerto, y la quimera del caos, que alguna vez se irguiera con su serpentino cuerpo y siseara con el estruendo de mil cabezas, y que en el pasado arrasara a la tercera parte de las estrellas, ha muerto con él.

La ballena estelar, la misma criatura que tragó en los primeros días del mundo al profeta Jonás, fracturó la historia; solo quedan fragmentos de ella dispersos por el suelo. Ni tiempo ni espacio ni historia. Creo tampoco universo, ni estrellas, ni cosmos ni nada. El fin de los tiempos aconteció y yo estaba en medio de él, feliz, temeroso, extasiado, llorando. Contemplé cómo el tiempo fue devorado y el miedo dejó de existir.

Dios ya no camina sobre el tiempo ni nada en él. Dios es el cetáceo, y como Jonás, yo estoy dentro de él.

 

Gibrán Jesús Bacar Talledos

 

[1] Criatura mitológica hebrea. Identificada con el caos cosmogónico.

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