El hijo roto de veneranda murta

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Algo turbio hubo de lucubrar Veneranda Murta al dejarse cubrir por el sacristán, para engendrar y parir un niño sin brazos y sin piernas.

O acaso fuese por haber profanado la sacristía un viernes tras el mercado.

―Es porque una sacristía es un lugar sagrado. ¿Verdad padre? ―Le preguntaba cada domingo al cura en confesión.

―No le des más vuelta, Veneranda ―contestaba el sacerdote―. En el pecado encontraste la penitencia. El niño salió tarado porque Dios no es tonto y ni el Espíritu Santo Todopoderoso, con su infinita bondad, puede perdonar una ofensa tan grande. Vete en paz.

Veneranda Murta se marchaba y rezaba para que Dios le concediera que su hijo muriese antes que ella.

En las mañanas de los viernes, lo sujetaba con correas en una silla de enea con una manta doblada encima y lo ponía tras los visillos de la ventana, junto a un vaso de agua con una caña hueca. De esa forma, se entretenía viendo pasar a la gente a la ida y a la vuelta del mercado, mientras ella vendía acelgas y coliflores.

Alguna vez lo despertaba Veneranda Murta tarde en la noche, para sacarlo a hurtadillas a la calle, atado a un ingenioso artilugio hecho con una vieja butaca fijada a una carretilla. Le enseñó la parte trasera de la iglesia, la que no se veía desde su ventana, donde estaba la entrada de la sacristía en la que fue engendrado. Lo llevó hasta las lindes del pueblo con los campos de cultivo; así pudo saber de la existencia de vacas, ovejas, cerdos, caballos, burros y tractores. Supo lo que era un campo arado y cómo era el maíz antes de comerlo. Aprendió que nadie sabe lo que hay al final de los caminos por mucho tiempo que se recorran, y que las horas, fuera de la casa, tenían minutos más cortos. Disfrutó como nunca lo había hecho una vez que les sorprendió un aguacero en mitad del paseo nocturno, y su madre corrió de vuelta a la casa empujando la carretilla bajo la intensa lluvia. Empapados en el zaguán, fue la única vez que rieron juntos.

En una de aquellas salidas clandestinas conoció el camposanto y la tumba de su padre, de quien dicen que murió del disgusto al verle. Mentiras: lo cierto es que sucumbió a su afición desmedida al aguardiente, acrecentada al final por los miedos a la boda obligada y a su hijo deforme. El día señalado no lo encontraron en la taberna. Lo buscaron en la sacristía y allí estaba en coma, con el hígado reventado y tres botellas de aguardiente vacías junto a él. Entre cuatro lo llevaron en volandas hasta el altar y allí el cura, a gritos y a cachetadas, intentó sin éxito sacarle el «sí quiero» hasta que lo que había de ser boda acabó en funeral. De esa forma, Veneranda Murta pasó en un rato de soltera a viuda sin pasar por casada. Nunca le perdonó que se muriese borracho delante de todo el pueblo antes de devolverle la honra.

El hijo de Veneranda Murta fue siempre para todos un tullido hijo del pecado; no más que un saco vivo con cabeza y cuatro muñones como cuatro nudos pero, a pesar de sus taras, era bien parecido: tenía pelo de poeta, ojos de explorador y sus genitales funcionaban ―vive Dios― como un ingenio de pistones. Los pocos que los vieron coinciden en que eran dignos de un faraón o de un torero.

«Es lo único que heredó del bellaco de su padre ―pensaba Veneranda Murta―. Un rabo como el mismísimo Belcebú. ¡Una lástima de desperdicio, con lo poco que lo va a disfrutar la criatura!»

Contaba con veintiún años cumplidos cuando Consolación, una joven que limpiaba en casas ajenas, aceptó ir una vez por semana a cuidarlo algunas horas mientras su madre vendía hortalizas en el mercado. Consolación cumplía su cometido periódico con alegría y solvencia.

Un día, el hijo de Veneranda Murta reposaba en lo alto de un catre de patas altas, miraba al techo, y se dejaba hacer. Mientras le cortaba el pelo y lo peinaba ―casi un juego de muñecas―, Consolación lo miraba a los ojos y supo reconocer algo intenso, un hambre en su mirada, y se apiadó de él. Despacio, se descubrió los pechos para que se los viese; los acercó a su cara para que le llegasen los olores a jabón y a colonia, a pan y a hierba. Mientras él aspiraba sus aromas con los ojos cerrados, la muchacha notó que una pequeña tirantez eléctrica despertaba cada una de sus puntas y le gustó que él fuese testigo. Desnuda, lo lavó transmitiéndole toda su dulzura a través de la esponja. Luego secó cada rincón de su cuerpo y lo acarició sin prisas —manos como plumas— empezando por el pelo, la cara y el pecho, pasando luego por el vientre hasta los muñones de abajo, y deteniéndose entre ellos. Allí sintió una fuerza, una tensión palpitante que incitaba a ser liberada de su interminable encierro. Embargada por una suerte de hipnosis, aumentó el empeño y la cadencia hasta que entre alaridos mudos y párpados agarrotados, le hizo descargar el tsunami blanco, hirviente y vivo que llevaba reteniendo toda su puñetera vida. Fue una única andanada, gruesa y prolongada, con la fuerza de un cañón de agua a presión que parecía no vaciarse nunca.

La joven Consolación se desconcertó cuando sintió que algo líquido empapaba sus bragas y resbalaba cálido por la cara interna de sus muslos hasta sus rodillas, mientras la temperatura de su piel subía ante el joven roto. Se dio cuenta de que lo que creyó que era un acto de piedad no era solo eso; de que lo que hizo, lo hizo también por ella.

Asustada por la fuerza de la naturaleza y por su propia voluptuosidad, se cubrió con rapidez. Durante horas limpió en silencio las paredes, el techo, las cortinas, el suelo, a sí misma y al joven, que parecía abandonado en un estado de paz que no había conocido hasta entonces. Desde aquel día —y de eso hace ya cinco lustros— al hijo de Veneranda Murta se le ve como un velo en los ojos y la erección permanente nunca más le dio reposo.

«Es un claro caso de priapismo» ―dijo el médico―. «Un colega mío tuvo que tratar a un aldeano que estuvo empalmado dos años, cuatro meses y seis días, después de haber usado una silla de montar con forma inusual que le debió activar algún resorte nervioso en la parte posterior del escroto. En el caso del chico, se conoce que al no haber piernas que irrigar, la sangre se acomoda donde mejor es recibida, en lo recóndito del cuerpo cavernoso. De ahí la abundancia».

Veneranda Murta, cuando vio a su hijo hecho un hombre, buscó a la joven Consolación y le ofreció más dinero y todas las hortalizas de que gustase, para que siguiese yendo a ocuparse de él, pero ella nunca accedió a volver. Su compromiso con un opositor a registrador de la propiedad no era compatible con los cuidados que requería el joven roto.

Otras muchachas, frescas y joviales aldeanas, aleccionadas en secreto por Veneranda Murta sobre los cuidados que su hijo precisaba y curiosas por comprobar las maravillas que contaban de él, pasaban por su casa los viernes de mercado y se ocupaban de su bienestar con empeño y buena disposición. Alguna chica más animosa o quizás más necesitada, se atrevió incluso a cabalgarlo en alguna ocasión. Él se prestaba a esos caprichos juveniles gustoso y en silencio, pero nunca fue lo mismo que con la joven que lo liberó de sus cadenas interiores.

Hace ya años que Consolación se casó con su prometido. Oculto tras los visillos, atado a su silla con correas de cuero, el hijo de Veneranda Murta la vio por última vez, vestida de blanco, cuando salían de la iglesia. Desde su reclusión, pudo observar cómo ella dirigió la vista hacia su escondite ―unos ojos tristes― antes de bajar la cabeza y subirse al coche que se la llevaría para siempre. Duró solo un par de segundos, como un paréntesis en los que pareció amortiguarse la algarada de los asistentes, pero aquella mirada de la novia con ojos de tormenta rompió para siempre lo poco que quedaba entero dentro del muchacho.

Se supo que los recién casados se fueron de viaje de novios a Cuenca y que, más tarde, se instalaron en un pueblo mayor donde el marido tenía plaza.

Al hijo de Veneranda Murta se le puede aún entrever cada viernes de mercado tras los visillos de su casa. A su anciana madre ya no le quedan fuerzas para empujar la carretilla ni para ir a vender sus verduras, pero sigue rezando cada día para que Dios se lleve a su hijo antes que a ella.

En cuanto a la ya no tan joven Consolación, hace tiempo que parió a sus cuatro hijos, que se le aflojaron sus altivos senos y que sus caderas dieron de sí, pero sigue siendo hermosa.

Desde que se casó, cada vez que yace con su marido, cierra los ojos y se irrita cuando nota tantas manos, brazos y piernas molestándola por todos los costados, y cuando, dentro de sus entrañas, siente con repugnancia verterse una mísera, insultante, exigua cantidad de pobre semen frío de registrador de la propiedad.

 

Antonio Tocornal

 

 

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