El hombre lobo de la máscara de plata

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Los últimos rayos de sol de un lúgubre atardecer iluminaban con dificultad el interior de la Bastilla Saint-Antoine. Con ojos melancólicos, un preso despojado de toda dignidad saboreaba los restos de comida que no habían quedado aún a merced de las moscas. “Habrá luna llena” pensó mientras el día tornaba en noche lentamente ante sus ojos, mientras la suave brisa parisina sumía todos los ruidos en un plácido sueño, mientras el último recuerdo de libertad se desvanecía en la creciente oscuridad.

Se acurrucó en su esquina favorita, la única que conservaba durante más tiempo el calor del día, y se entregó en cuerpo y alma a su amado dios Morfeo… o eso habría hecho, de no ser por el tañido metálico que provenía de la celda contigua. Sonaba como un instrumento de percusión, como un gong chino, pero acompañado del alarido del prisionero que lo estaba produciendo.

Al principio era rítmico, casi relajante, pero, a medida que la luz de la luna penetraba en la Bastilla, comenzó a volverse caótico, violento y salvaje. Cualquiera habría imaginado que el mismísimo D’Artagnan se batía en duelo contra media docena de hombres armados al otro lado de la pared.

El preso, temeroso, se quedó en silencio hasta que la tormenta cesó. Cuando rayos y truenos se hubieron alejado, solo quedó un ligero y tétrico aullido de lluvia que estremecería hasta el corazón más valeroso. Con el rostro tan pálido como un fantasma, el preso exclamó al aire:

–¡Sea quien sea quien esté emitiendo un sonido tan horrendo, le insto a que pare ahora mismo! –hizo una pausa– De ser posible…  –farfulló.

El aullido cesó. Del silencio absoluto, que apenas duró unos segundos, emergió una inesperada voz de barítono:

–La plata quema… –murmuró un hombre al otro lado de la pared –¡Qué crueldad tan atroz pensar que podrían curar la licantropía con una máscara de plata!– exclamó de improviso, sobresaltando al preso –“Combatid el fuego con fuego” dijo el sacerdote. “Poned una máscara de plata a un hombre lobo, porque el dolor purifica”. La misma solución impuesta por una sociedad ante cualquier problema… ¿Por qué la razón carece de sentido cuando la venganza nubla los corazones?

–Señor, está usted loco –afirmó el preso.

–Ciertamente, lo estoy. Por eso sé que la plata no me causa quemaduras a pesar de que siento como chamusca mi piel… por eso sé que, sin serlo, soy a ojos del mundo un hombre lobo. La quimera que paga por aquellos que sí lo son, porque en un mundo donde los cuerdos están locos… el loco es el único cuerdo.

 

Raúl Fernández Latorre

 

 

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