El jardín de las especias

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Sheldon olió el ajenuz tostado incluso antes de que empezara a soltar su aceite en la sartén. Siguió la pista con su nariz hasta llegar a los pies de una ventana abierta donde pudo ver que, un señor indio de unos cincuenta y cinco años trasteaba en una desvencijada cocina amarilla.

–¡Buenos días, señor! –tuvo que repetir dos veces Sheldon hasta que Sayan le miró sorprendido.

Ante tal gesto, Sheldon se justificó.

–No he podido evitar seguirle el rastro–, dijo señalando a las semillas triangulares.

Sayan se animó a explicar mientras sonreía.

–No concibo el pan naan sin ajenuz.

–Le comprendo perfectamente. Algunos detestan el sabor amargo, el rastro picante que deja en la boca. Para mí es una especia sorprendente, fresca, diferente. Trepa por la nariz y complementa a la harina de una forma sublime.

–¡Vaya, señor! –dijo sorprendido Sayan–. Veo que disfruta de la comida, ¿es usted chef?

–¡No, qué va! Soy uno de los ayudantes del chef del hotel Europa. Y muy buen comedor –dijo tras una carcajada–. Me figuro que tendrá usted un buen muestrario de especias.

–En efecto. Y podría decirse que las preparé antes incluso que el equipaje. Llegué hace un par de días de la India –continuó– y me quedaré por lo menos unos tres meses por aquí a ver si tengo suerte.

–¡Perfecto! Ya tiene usted un amigo dos casas más allá –dijo Sheldon señalando a su domicilio–. Visíteme cuando quiera, así podré enseñarle mi espléndido jardín de especias. Ahora debo ir al trabajo –se disculpó tras consultar su reloj de bolsillo–. Adiós –dijo mientras salía corriendo.

Esa misma noche, mientras se daba una ducha, el timbre de Sheldon sonó. Sheldon abrió la puerta muy mojado y enfadado. Era Sayan, con un paquete en su mano.

–¿Le pillo en mal momento?

–¡Oh, no! ¡Desde luego que no! Pase. Póngase cómodo mientras me cambio.

–A los pocos minutos ya estaba de vuelta. Sayan le entregó lo que traía en la mano explicándose.

–Pensé que quizá querría un poco de pan naan.

–¡Qué detalle tan extraordinario! ¡Desde luego que lo quiero! De hecho, llevo todo el día pensando en usted –le respondió Sheldon.

–¿En mí? –preguntó extrañado Sayan.

–Sí, en usted. Me preguntaba si se atrevería a aceptar mi invitación. Tengo muchas ganas de enseñarle mi jardín de especias y pedirle algún consejo.

–Bueno, creo que poco puedo aconsejarle, señor –respondió Sayan mientras Sheldon le animaba a caminar poniéndole la mano en la espalda.

–Estoy seguro de que usted es la persona adecuada –dijo Sheldon una vez ya en el jardín.

–¿Adecuada para qué?

–Para abonar mis plantas –dijo Sheldon mientras le cortaba el cuello con un enorme cuchillo–. ¿Para qué si no? –le preguntó a Sayan con una sonrisa antes de que éste cayera al suelo sin vida.

 

María Nosmon

 

 

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