El lado correcto

 

Los detalles de este relato no hubieran tenido relevancia para la condena. No obstante, son fundamentales para entender los hechos. Los jueces no tenían la intención de profundizar en las motivaciones. Yo sí. Intenté que alguien rompiera el pacto de silencio. La mayoría de ellos está muriendo; algunos en su celda, otros en una cama de hospital. Pero toda regla tiene su excepción y yo encontré la mía. Supo haber un Capitán de Fragata que, ya condenado de por vida, me confesó un episodio inusual. No por estar arrepentido de la barbarie, sino por la culpa de sus adicciones. Después de todo, hablamos de católicos de misa diaria. Me dio algunos datos con los que pude reconstruir la historia. Las pruebas materiales están perdidas para siempre.

Se trataba de dos hombres jóvenes: el suboficial Soria y  el Gaucho, jefe de la guerrilla.

Un día el Almirante pasó al lado de Soria y, sin mirarlo, movió apenas la cabeza. El suboficial, retacón y morocho, parido durante el descanso de su madre en plena zafra jujeña, lo tomó como un saludo. Con el tiempo le fue agregando detalles: que le había hecho la venia; que lo había palmeado. Esos gestos, reales o imaginarios, lo convencieron de que estaba del lado correcto. Había ingresado a la Armada porque le gustaban los uniformes y porque soñaba con tener una novia parecida a la nueva mujer del Almirante. «Falta gente corajuda» le dijeron, y entonces se entregó de cuerpo entero a quebrar las voluntades ajenas.

Esperaban un atentado importante. Los oficiales le hicieron saber a Soria que prevenirlo dependía de su pericia con la picana.

El Gaucho ya estaba ablandado. Tal vez por respeto a su jerarquía, no lo habían encapuchado. Procedía de una familia de la vieja oligarquía. Su apellido se replicaba en avenidas y plazas. Desde chico fue distinto a los suyos. Dejó la facultad y empezó a militar en un partido de izquierda. Se le exigió trabajar como obrero en una automotriz. Su presencia en la fábrica era tan inverosímil que no duró gran cosa. Por último, pasó a la clandestinidad y por su inteligencia y formación  empezó a ascender en los mandos guerrilleros. Esa mañana, había caído en una emboscada. Lo ataron a  la mesa de tortura. Tenía una herida de bala en la pierna que apenas sangraba y un ojo enterrado bajo la masa morada del párpado. El otro, turquesa infinito, lo clavó en los ojos negros de Soria.

—No me mirés, hijo de puta.

Le metió el dedo en el agujero de la bala. La rodilla se abrió como una granada madura.

Soria empezó por las encías. Estaba seguro de que no iba a hablar enseguida.

—Te dejaron solo, boludo, cantá, ¿Cuándo, dónde? ¡Hijo de puta!  ¿Querés ver cómo la dejamos a tu hermana?

Los músculos del Gaucho, tonificados por la práctica del rugby, se contraían con cada descarga eléctrica. Soria tuvo que parar por consejo del médico que supervisaba la sesión. Cuando el Gaucho se repuso, le metió la picana entre los testículos. El olor de la piel quemada ascendió como un aliento acre. Soria parecía loco. A los gritos les mandó a sus ayudantes que lo desataran y le dieran vuelta. Empezaron a pegarle  palazos en la espalda y en las plantas de los pies. Habían pasado dos horas. El cuerpo elástico del Gaucho resistía sin largar ni un solo dato.

La puerta de la sala de torturas se abrió causando un estrépito. El jefe del grupo que había secuestrado al Gaucho entró furioso con un arma en la mano. Era el Capitán de Fragata. Sus subordinados, en secreto, lo llamaban el Frula. Estaba pasadísimo de cocaína.

—¡Hijos de puta, le volaron la casa al Almirante, mataron a la hija! ¡Subversivos hijos de puta!

Apuntó a la nuca del Gaucho y le pegó tres tiros. Resoplando como un toro embravecido, se volvió hacia Soria, levantó el arma y le disparó en la frente. El suboficial cayó de espalda y murió a los pocos minutos, sintiendo el paso de su sangre tibia por los surcos de la cara. El médico se meó en los pantalones.

—¡Cagón y negro tenías que ser! —El Frula, con los ojos enrojecidos, salió vociferando.

Era jueves, el día que partían los vuelos de la muerte.  Los cuerpos del Gaucho y de Soria cayeron al Rio de la Plata atados al mismo bloque de cemento. Es posible que en algún punto del lecho arcilloso, sus despojos aún se mantengan unidos.

 

Graciela Eva De Mary

 

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *