El orgasmo

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Mi abuela tenía dieciocho, mi abuelo veintidós. Al contrario de como dice el típico tópico, no hacían buena pareja. Él; pelo castaño, alto, fuerte, apuesto y gallardo, con el labio superior engalanado de grandes y retorcidos bigotes. Ella; pelo frondoso negro azabache, menuda, enjuta, de expresión vivaz y ojos negros, y con una mirada que le sonreía. Los labios los tenía gruesos y la sonrisa, siempre eterna, le brillaba tanto como la luna llena.

Así los vi en su fotografía de recién casados, en la que el tiempo se había puesto amarillo. Mi abuelo de pie, con el brazo apoyado sobre el respaldo de la silla en la que se sentaba mi abuela, con las manos cruzadas sobre el regazo.

Tuvieron cinco hijos, entre ellos mi madre. Mi abuela siempre sabía lo que tenía que hacer, y mi abuelo jamás tuvo que pedirle que la ayudara en tal o cual tarea. Siempre, de regreso a casa, encontraba todo a punto y a su gusto, aun cuando hubiera estado toda la mañana junto a él vendimiando o vareando las aceitunas o recogiendo almendras e incluso atendiendo a sus cinco hijos; tres varones y dos hembras. A lo que refería ella, nunca él tuvo  que hacerle reproche alguno.

No lloró cuando mi abuelo -de eso hacía ya diez  años-  se “ausentó”, decía ella, para ir a algún lugar donde volverían a encontrarse más tarde o más temprano.  Poco después de que mi abuelo se “ausentara”, la sonrisa de su mirada se trocó en honda y nostálgica. Pero no perdió el brillo de su sonrisa que permanecía intacta incluso ahora a sus, cerca de ochenta años.

Siempre parecía dormitar en su mecedora. Permanecía horas, días, sin apenas moverse de ella.

—Abuela ¿duermes? —le preguntaba a veces.

—No mi niña —solía responder—, estaba recogiendo los sarmientos. Tu abuelo ha estado podando las vides.

Hablaba poco y preguntaba menos, y estoy segura que  mi madre pensaba que había perdido el sensorio porque era incapaz de comprender la rica vida interior de la que disfrutaba. Era feliz viviendo, que no reviviendo, el día a día de las campesinas tareas que seguía compartiendo con mi abuelo.

—«¿Duermes, mamá?»—. Era la pregunta retórica que siempre le hacía mi madre. «No hija, que estas olivas se han de aliñar y ponerlas a la serena», o «no hija que estos tomates que ha traído tu padre se han de colgar para que no se estropeen».  Y seguía meciéndose lentamente con los ojos medio cerrados, sin dejar de sonreír.

Pero ella sabía del lenguaje no hablado. Y entre mi abuela y yo había comunicación y complicidad sin necesidad de que mediasen palabras. Cierto día estando solas, me preguntó:

—Niña ¿qué es un orgasmo?

Mi perplejidad fue tal que me quedé muda.  Me volvió a preguntar;

—Dime niña ¿qué es un orgasmo?

—Abuela ¿cómo explicarías tú a un invidente qué es el color rojo?

 

Jacinto García Fernández

 

 

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