Empédocles

1 Minutos de lectura

 

Estimado amigo:

 

Deseo hacerte un pedido que tiene mucho que ver con nuestras costumbres.

Vivimos en un pueblo que sobresale en la región por los nombres que asignamos a nuestra descendencia. No sé si fue tu tatarabuelo o el mío, parientes ambos, quien dio inicio a la costumbre de salir del Santoral Católico para bautizar a niños y niñas.

Se eligieron primero Virtudes: Fe, Esperanza, Caridad para las mujeres mientras que los varones recibieron nombres de héroes y reyes de épocas doradas. Las féminas luego fueron llamadas por nombres de continentes y países remotos, mientras se recurría a los libros de medicina porque en ellos sobresalían rimbombantes términos referidos al cuerpo humano: Rótulo, Epidídimo, Eustaquio, Falopio; alguno de ellos cayeron en parientes nuestros, ya que todavía se escuchan.

Hasta que a alguno se le ocurrió ponerle a su hijo menor “Empédocles”… Esa fue la gota que rebosó el vaso. Desde el momento de su bautizo, cuando el señor cura suspendió la ceremonia por las carcajadas inacabables de la concurrencia, el solo hecho de repetir su nombre en la escuela, el mercado y hasta en la milicia, ha provocado una interminable risa maniática en quien lo pronuncia y, peor aún, en quienes lo escuchan: Para muchos es la alusión a un gas profano en son de fuga, mientras a otros les suena a borrachera perpetua, a ebriedad consuetudinaria, justo en quien es el más mesurado, cumplidor y abstemio de todo el pueblo.

Tu mamá, mi madrina, fue bautizada como Decencia y, te aseguro,  jamás un nombre quedó tan exacto a una persona. Tu papá, dando inicio a la moda japonesa, fue nombrado Yamamoto, y concluyó sus días en un accidente de carretera junto a mi padre… Hoy, 15 años después, al regresar al cementerio donde recé por sus almas, descubro que has mandado a hacer una lápida con una inscripción por demás ofensiva y mentirosa. Peor aún, fuera de la realidad.

Esta carta es para pedirte, en realidad rogarte, que mandes hacer otra que no engañe: Porque sólo un embustero puede afirmar que fue digno el final de tu padre, si andaba  completamente borracho e hizo que el mío manejara su camión, para hacerlo estrellarse contra ese roble gigantesco a la entrada del pueblo, ya que así lo aseguraron varios testigos del accidente. Cambia el texto que aparece en el panteón…

Aquí descansa Yamamoto Saúl,

vivió con Decencia,

murió con Dignidad.

Te agradece de antemano

Mercuriano, el hijo de Dignidad Refuzgo…

 

Wilfredo Bohórquez Espinoza

 

 

Compartir entrada:

Un comentario sobre “Empédocles

  • el 7 mayo, 2018 a las 11:53 pm
    Permalink

    Buena tarde, Wilfredo, divertida historia la que nos cuentas. Estas curiosas razones por las que se otorgan nombres que son como lápidas a cargar por siempre. Saludos

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *