Entrevista a Israel Alonso, editorial Cerbero

17 Minutos de lectura

– ¿Qué te pica detrás de la oreja?

Pues de todo. Lo cierto es que el hecho de haberme convertido en editor ha resultado ser la mejor de las ideas posibles. He descubierto que es algo que se me da bien y me siento cómodo y feliz desempeñando mi trabajo. Y estoy desatado. Por lo general, siempre he tenido mil ideas por minuto y, como comprenderás, no podía ponerlas todas en práctica. No era posible. No había medios. Ahora tengo una editorial. Se me ocurre una locura, la medito unos segundos y pienso «joder, ¿por qué no?». Y me lanzo a por ella. Y eso es una maravilla. No sabía hasta ahora lo que significaba sentirse realizado en el trabajo. Esto es mágico, de verdad.

Me he marcado un objetivo con Cerbero. Voy a hacer lo que me dé la gana. Voy a guiarme por mi intuición y voy a intentar hacer las cosas lo mejor que pueda hacerse, tratando de que todo salga como a mí me gustaría que saliera si estuviera al otro lado. Esto es: como lector o como escritor. Siempre fue la idea. Hacer las cosas de otra manera, como a mí me parecía justo hacerlas, desde los tres lados del triángulo editorial: lectoras y lectores, escritoras y escritores y, por último, nosotros, la editorial. Esto, en la práctica, se resume en sacar libros de buena calidad, mimando el contenido y las formas, trabajando para que los precios sean accesibles para casi todo el mundo, tratando a autoras y autores como se merecen, tanto en lo económico como, sobre todo, en lo personal. Somos una familia. Y eso se nota en los eventos que hacemos, en las presentaciones. Nos movemos en manada. Y no es por obligación, es por puro rocanrol. Estamos felices juntos. Nuestras presentaciones están llenas de sonrisas y espectáculo. La gente lo vive. Y eso se ve. Y es una pasada.

 

–Te he conocido como escritor, luego como amigo. Por último cómo editor. ¿Qué se siente al pasar por todas esas fases? ¿Tienes una perspectiva distinta del mundo editorial de la que podías tener antes?

Era parte del plan inicial, sí. O sea, llevo toda la vida escribiendo (peor o mejor), algunas cosas he editado (pocas, pero algunas son) y he leído mucho y muy variado. ¿Qué podía salir mal? Se supone que conocía más o menos los tres terrenos del campo de juego. Y no me iba la vida en ello, cosa que creo que es importante. Quiero decir, que el éxito de esta empresa o su fracaso no iba a acabar conmigo viviendo debajo de un puente. Como mucho habría que cerrar el chiringuito y volver a trabajar por cuenta ajena (qué horror). Pero no había un riesgo de muerte en esto. Perder algo de dinero, quizá, no mucho. Vivimos en una época en la que las cosas son bastante más sencillas si quieres editar libros. Antes hablábamos de tiradas de miles de ejemplares. Ahora puedes sacar un par de cientos por un precio muy razonable, con lo que la inversión no es un riñón y parte del otro. Hay riesgo, claro, pero no voy a tener que vender órganos en el mercado negro si todo se va cuesta abajo sin frenos.

Así que sí, la perspectiva era distinta a la de la mayoría. Al menos de la mayoría de la gente del sector con la que hablé de esto antes de empezar. Todos se echaron las manos a la cabeza cuando dije lo que iba a hacer. «No puedes sacar los libros de tres en tres». «No puedes sacarlo con esa frecuencia». «No puedes ponerlos a ese precio». «No puedes pagarle eso a los autores». Pues mira, te digo una cosa. Y te la digo aquí, en confianza, porque si lo digo en otra parte igual suena presuntuoso. Y no es la intención.

Hace unos meses colgué una foto en el Twitter de la editorial en la que se veían todos nuestros bolsilibros en una columna de Gigamesh, frente al mostrador principal. Por aquella época eran 12, creo; mientras respondo esta entrevista llevamos 15 y aún quedan 3 más antes de que termine el año. Bueno, al caso, que ahí está la foto. Toda una columna llena de nuestros bolsilibros. En septiembre hicimos #CerberoBarcelona y llegué a Gigamesh para dos eventos en dos días consecutivos. Volví a hacer una foto de la columna, de la misma columna, solo un par de meses después de la anterior foto. ¿Sabes que había allí? Seguían estando mis bolsilibros, los de Cerbero, pero había más. Otras editoriales que estaban sacando libros en «pequeño formato», novelas cortas en papel, bolsilibros o como quieras llamarlo. ¡Eh, ojo! Que el formato no lo inventé yo. Tú, que eres tan fan como servidor de aquellos míticos de Bruguera, aquellas novelas de a duro lo sabes bien. Pero el caso es que sí, claro que sí, soy responsable en parte de que otras se hayan subido al carro. Antes que nosotros ya estaba Pulpture, por poner solo un ejemplo, haciendo bolsilibros. Y los de El Transbordador sacaban historias cortas en formato grapa (algo que también se hacía en España en la época de las novelas de a duro, por cierto). Y Apache también había sacado alguna cosa al respecto, más en la línea de lo que hacemos nosotros y de lo que hacían los de Pulpture. Y seguro que muchas otras. Aclaro esto porque no quiero que se me malinterprete. No he inventado esto, pero no puedo negar, no se puede negar, que el éxito de Cerbero ha animado a otras a seguir el ejemplo. Y me parece fenomenal, porque el público se ve beneficiado. Lo que sí diré, porque me parece muy divertido, aquí entre tú y yo, es que algunas de esas editoriales que ahora se suman al carro fueron las mismas que en su día me dijeron eso de «no puedes hacer eso, con esos precios, con esa periodicidad, con ese tamaño, etc.». Es curioso, ¿no?

 

–Si alguna vez te he admirado sabes que ha sido por lo bien que escribes y el profundo respeto que le tienes al oficio de juntar letras. Después de fundar Cerbero, ¿sigues escribiendo o todo tu tiempo lo inviertes en la dirección de la editorial?

Y yo a ti por lo pelota que eres.

Vale, venga, en serio. Pues mira, Daniel, eso es lo que peor llevo. No he escrito casi nada en todo este año. Y eso para mí es una jodienda de magnitudes épicas. He dicho hace unos minutos que se me daba bien editar. Pero a mí lo que se me da bien es escribir. No bien en el sentido de «este tío es el mejor escritor del mundo», no es eso lo que quiero decir. No es algo que deba juzgar yo, desde luego. Lo que quiero decir es que se me da bien, me siento cómodo, me gusta más que hacer cualquier otra cosa, me motiva, me llena y me satisface el hecho de escribir. Es algo que hago desde hace muchos años y que me sale de manera natural. Siempre me ha servido para sacar fuera cosas que quizá se enquistan si se quedan dentro. Para desfogar. Para canalizar por alguna parte el chorro de ideas. Y no, no estoy escribiendo nada. Un relato, que mandé a una antología que coordinaba Mariano Villarreal y que acabó publicado en la web de Ficción Científica porque a Mariano le gustó, pero solo como amigos. Creo que es lo único que he escrito este año. Si hay algo más, no lo recuerdo. Y eso ya es preocupante.

De todos modos, por mi salud mental, ya he organizado mucho trabajo del año que viene para poder tener más tiempo para mi familia y para mí, para poder escribir y no morirme de pena por no hacerlo. He cerrado muchas de las publicaciones del año que viene (casi la mitad) para poder ir corrigiendo y maquetando poco a poco, adelantando trabajo. Alguno me leerá y dirá «cierra el año entero, como hacen otras editoriales, y tendrás mucho más tiempo libre». Pues mira, no. Y la razón es sencilla. Respeto a quien lo hace pero como escritor me frustran estas cosas. O sea, tengo un libro, voy a mandarlo a una editorial y me dicen que tienen el catalogo cubierto hasta el 3067. Pues nada. Yo quiero que la gente siga inundándonos el correo de manuscritos. De ahí, de hecho, vamos a sacar gran parte de nuestra producción de 2018 que, por cierto, será más del doble de grande. Si ya os parecía una locura sacar tres libros cada dos meses, esperad a 2018.

 

–La editorial se ha hecho todo un referente en el género en un tiempo relativamente muy corto. ¿Realmente os esperabais una acogida tan calurosa por parte de los lectores?

No. En absoluto. Esto ha sido una especie de milagro. Si me preguntas qué he hecho, cómo lo he hecho o si me viera obligado a repetir la fórmula no sabría cómo hacerlo. Ha sido apoteósico. En julio, en Avilés, en el Mejor Festival del Mundo, el Celsius 232, constatamos algo que veníamos sospechando. Hay una masa de gente que nos ama con locura y que quiere tocarnos, y compartir tiempo con nosotros, y abrazarnos. Había una marea humana (hay fotos) de gente con camisetas de Cerbero. El Celsius estaba tomado por nuestro público. El primer día, antes de las doce de la mañana, tuve que hacer un pedido de urgencia, transporte 24 horas, de cuatro cajas más de libros porque nos los habían agotado. Y no había sido falta de previsión. Es que aquello fue una locura. La gente se llevaba el pack entero, todo lo que teníamos en la mesa, como el que compra pipas. El sábado hicimos una presentación express, está en YouTube. Al lado, en el auditorio, había una mesa redonda con Grandes Pesos Pesados de la Literatura Internacional. Pensamos que a lo nuestro no iría nadie. Se llenó. Y la gente se bebía nuestras afónicas palabras. Estaban tan emocionados como nosotros mismos. Lo estaban viviendo como parte de la editorial.

El cariño de la gente fue brutal. El día que nos íbamos había gente abrazada a nosotros llorando. Somos más famosos que los Beatles.

 

–¿Qué eventos y lugares de España pensáis visitar en un futuro cercano?

Estamos que no paramos. El fin de semana del 6, 7 y 8 de octubre la liaremos parda en #CerberoSantiago. Nos vamos a Santiago de Compostela, donde haremos tres eventos. Aprovecho para recordarlos por si hay algún despistado. El sábado 7, a las 11:00 estaremos en la cafetería Arias Nunes, donde nuestras autoras y autores presentarán sus obras y darán consejos prácticos sobre cómo se enfrentan al oficio de escribir, cómo desarrollan sus personajes, sus tramas, si son de brújula o de mapa. Yo, que soy un pesado y me gusta mucho charlar, hablaré también de cómo mandar cosas a editoriales. Todo muy abierto, para que todo el mundo pueda participar. Por la tarde, a las 18:00 estaremos en la Libraría de Mulleres Lila de Lilith, donde haremos una mesa redonda que lleva por título «Inclusión de Personajes No Normativos y Colectivos Minoritarios en la Literatura de Género». Al día siguiente, el domingo por la mañana, a solo tres metros de la catedral de Santiago, a las 12:00, en el Café Literarios, haremos una tertulia literaria abierta. Para que todo el mundo pueda opinar y lo que surja. Estarán conmigo Lola Robles, Nieves Delgado, Conchi Regueiro y Javier Castañeda de la Torre. Va a ser genial. Luego, el 21 y 22 estaremos en Valladolid, en la Cylcon, con nuestro stand, presentaremos nuestras novedades y haremos alguna charla o mesa redonda. Quizá por en medio hagamos un #CerberoSalamanca. Luego ya, en noviembre, el primer fin de semana, haremos #CerberoBilbao, colaborando con la TerBi (a la que secretamente llamo la Tertulia del Bien). Y el 17, 18 y 19 estaremos en Navacerrada, en la Hispacon. Habrá que llevarse una rebequita.

Vamos, que me juego contigo la mitad de mi fortuna a que soy capaz de hacer la #CerberoVueltaAlMundo en menos de 80 días.

 

–Pregunta realizada por Virginia Fernández, su esposa: ¿Qué opinas de la labor del editor fuera del proceso de corrección y edición per se? Es decir, qué huella debe dejar el editor en el libro que saca?

¡Me alegra que me haga esa pregunta, perfecta desconocida! Esta es una muy buena pregunta, a decir verdad, y que no suele hacerse.

La mayoría de la gente no aprecia el trabajo de un editor o de una editora. No sabe lo que hay detrás, desconoce qué es exactamente lo que hace o cómo lo hace y, en realidad, no le importa demasiado. El auge de la autoedición, las diversas plataformas que facilitan que alguien pueda publicar su libro de una manera más o menos digna, el abaratamiento de las imprentas con el offset y el digital… todo esto ha favorecido que cualquier persona con intención de publicar un libro pueda hacerlo. Y eso está genial, sitios como ese que tiene nombre de río y que está lleno de piratas, o empresas como Lektu, que son Lo Mejor Que Nos Ha Pasado, te permiten sacar tu obra sin problemas y a muy buen precio. Luego están las editoriales de coedición, copago o como se llamen. Las hay más o menos legales y las hay que son agujeros negros por los que arrojar tu dinero y tus ilusiones. Que son las más, a decir verdad. Han conseguido que «servicios editoriales» se convierta en un eufemismo para decir «exprimimos a gente incauta que quiere publicar sí o sí». ¿Y todo esto a qué viene?

Pues viene a que en mitad de toda esta vorágine de editoriales, nuevas editoriales, cosas que se hacen llamar editoriales y en realidad son imprentas, plataformas de impresión bajo demanda y demás temas afines, la figura del editor ha quedado diluida. En las películas parecen una especie de empresarios con dientes afilados que hacen prospección en montañas de manuscritos en busca de un filón, el bestseller del año. Montañas de dinero moviéndose en ambas direcciones, anticipos millonarios, una mirada de tigre que es capaz de ver la aguja en el pajar, encontrar la gallina de los huevos de oro.

Algo de eso hay, claro. Salvo por lo de los dientes y las riadas de dinero, me siento muy identificado con lo de bucear en montañas de textos recibidos. Y sí, uno está buscando lo que está buscando, algo que brille en mitad de todas esas letras. No un bestseller, sino una Buena Obra. Un Buen Libro. Nosotros ya hemos editado quince. No hace falta que sean superventas. El mercado es otra cosa. Lo que importa es que sean buenos y que a la gente le gusten. Y eso es trabajo del editor. Pero hay más.

Es su responsabilidad crear un sello propio, un aglutinador. Cuando alguien coge un libro de Valdemar de una estantería sabe perfectamente qué se va a encontrar, en cuanto a temática, calidades, diseño, etcétera. Pasa con muchas editoriales, con las que de verdad tienen una identidad, un alma. En el caso de las editoriales pequeñas, como la nuestra, donde no hay un equipo de cientos de personas, eso también es obra y gracia del editor. Es quien selecciona los textos, busca a los ilustradores, portadistas, diseñadores, etc., que hacen que la colección tenga una identidad propia. Eso lo tiene Cerbero, en menos de un año. Hemos conseguido tener una imagen reconocible, una calidad, unas temáticas, un compromiso social corporativo. El editor no solo elige e imprime, también debe aportar personalidad al asunto. Al menos, insisto, en editoriales de este tamaño. Y hay algo más.

Responsabilidad. Esto es algo con lo que mucha gente no está de acuerdo, pero es lo que pienso. La responsabilidad en el mundo de la literatura es vertical, como en casi todo. Si Reverte es un idiota machista, es responsabilidad suya. Si yo le edito una obra machista llena de idioteces, solo por el beneficio económico, yo también soy responsable de que esto siga existiendo. Y, ojo, en última instancia también es responsable quien lo compra y lo lee. Pero, en lo tocante al editor, la responsabilidad es evidente. Y de eso también trata lo de liarse la manta a la cabeza y lanzarse al mundo editorial. De hacer las cosas de otro modo. Se me ha criticado por declarar que publico a más mujeres que hombres, y que es una decisión consciente. Incluso se han insinuado algunas cosas feas al respecto. ¿Ves que me preocupe? Es buena señal. Las cosas que rompen los esquemas, las cosas que van contra el acomodado statu quo, escuecen. Si hay alguien que se ha picado por nuestra decisión de intentar hacer algo por romper la brecha de género en la literatura… es que algo hemos hecho bien. Ajo y agua. Seguiremos haciéndolo. Con más ganas.

 

–Pregunta de Eugenio Mengíbar: ¿La dirección de la editorial te ha servido para ganar más amigos o enemigos?

La verdad es que este año de actividad me ha valido para conocer a gente maravillosa y estrechar relaciones y conocer mejor a personas que ya estaban en mi vida. Como ya he dicho por ahí arriba, al final esto se ha convertido en una familia. Nos movemos en bloque, nuestras presentaciones no son las tradicionales. Eso ha hecho que estreche vínculos con mis autoras y autores que ni siquiera imaginaba que podrían estrecharse tanto. Nos queremos, nos apoyamos y nos preocupamos mutuamente por nuestras vidas y nuestras cosas. Siento ser pesado, pero es una experiencia fantástica. Ya tenía relación antes de la editorial con muchas de estas personas. De hecho, como anécdota, contaré una cosa que no sé si he dicho ya en otras entrevistas. Creo que no.

En la BCON, en Barcelona, en noviembre de 2016, estábamos sentados en una mesa almorzando. La editorial estaba recién creada, aún no teníamos nada en la calle, la web no funcionaba, no había títulos sobre la mesa y estábamos preparándolo todo para ir en busca de los primeros manuscritos. En esa mesa, sentados conmigo, estaban Lola Robles, Daniel Pérez Navarro, Cristina Jurado, Sofía Rhei, Nieves Delgado, Javier Castañeda de la Torre y Conchi Regueiro. De las dieciséis obras que hemos publicado hasta la fecha (quince bolsilibros y un libro de relatos) ahí tienes a siete autoras y autores. Y esa misma noche, si mal no recuerdo, conocí a Roberto Bartual, cuya ucronía lisérgica fue uno de los primeros manuscritos en llegarnos y se publicará en 2018. El primero, o quizá el segundo, fue «Los príncipes de madera», de Daniel.

Enemigos tendremos. Cuanto más crece una cosa más trolls aparecen, eso es una ley básica. Pero de momento nada serio, nada grave. Al principio de todo, a raíz de una entrevista que concedí a NGC3660, hubo un ser humano que estuvo poniéndome a caldo, con inquina y mala fe, con un grupo de seres humanos que aplaudían y lanzaban cacahuetes. No le di mucha importancia por una razón sencilla: puestos a tener mala baba y a insultar y tratar de humillar públicamente a una persona, las cosas podrían haber ido peor. Resulta que todos eran ataques ad hominem, de lo que se colige que no tenían nada que decir del trabajo de la editorial, de los libros, de las ediciones ni de las autoras y autores. Así que… pues nada, que rebuznen lo que quieran. Señal, de nuevo, de que algo estaremos haciendo bien.

 

–Pregunta de Juan José Aguilera: ¿Para cuándo una obra tuya en el catálogo de Cerbero?

Nunca. Eso no va a suceder. De ninguna de las maneras. La única manera de ver un texto mío en un libro de Cerbero será que haga un prólogo para una edición concreta o algo similar. No me publico a mí mismo dentro de mi sello. Esa norma es inquebrantable. Y hay varias razones para no hacerlo.

La primera y, sin duda, la más importante: coherencia. Recibimos cientos y cientos de manuscritos. ¿Con qué cara rechazo yo tu obra si después me edito la mía? ¿Qué criterio se sigue? ¿Qué credibilidad tiene Cerbero en ese caso?

La segunda es una cuestión de ego. De pundonor. Si me acabo editando a mí mismo no podría evitar pensar que parece que es que no puedo hacerlo de otra manera. No sé si me explico. Que no tengo opciones de publicar con nadie y, por tanto, me lo saco yo con mi editorial y todo queda en casa. No es mi estilo.

Vaya por delante en este tema que no tengo nada en contra de quien lo haga. Cada uno en su casa hace lo que quiere y me parece bien. Ni estoy insinuando que cuando otros editores lo hacen eso resta credibilidad a su sello o que significa que no pueden publicar de otra manera. Digo lo que pienso yo, de mí mismo y de mi obra. Cada circunstancia es distinta y sobre este tema hay muchas opiniones. La mía es la que te acabo de dar.

Y tampoco tengo nada en contra de la autoedición. Yo mismo tengo algunas cosas subidas a Lektu, porque me apetecía sacarlas así, sin filtros editoriales, o porque me parecía que eran propuestas que funcionarían mejor de este modo. Me lloverán críticas por esta respuesta. Gracias por habérmela hecho. Hacía tiempo que quería responder esto por escrito.

 

Israel Alonso y Joe Hill

–Pregunta de Félix Pérez Pozo: ¿Por qué nunca te has sacado el carné de conducir?

Me alegra que me hagas esa pregunta. La respuesta que doy siempre, y que le copié a Sabina, es «porque soy un caballero». Esto tiene varias lecturas, claro. Como soy un caballero no tendría pegas en desplazarme a caballo, pero en coche no. Eso no es para mí. Pero te voy a decir la verdad: no me saco el carnet porque no me gusta conducir. Porque veo a la gente que conduce y veo cómo se transforman sentados en sus bólidos del diablo. Gente que a primera vista parece de lo más normal y que se monta en un coche y ¡zas! El monstruo de mil cabezas, una mezcla entre bruto y bestia. Se gritan, se agreden, van en tensión, se les ve el humillo salirle por las orejas. No puedo con eso. No quiero acabar asesinando a alguien porque no ha puesto el intermitente. No me veo detrás de un cacharro de esos gritándole a todo el mundo. Lo que me faltaba. Para eso ya está Facebook y no te matas en una curva.

Este tema ha tenido infinidad de respuestas por parte del resto de seres humanos que comparten planeta conmigo. Las respuestas suelen ir desde el «pero si no es difícil», que es la versión automovilística de «pero si no tiene espinas» cuando digo que no me gusta demasiado el pescado, hasta el «pero es que estás loco, ¿y si tu hijo se pone malo?». Me monto en el coche con mi mujer, que sí que conduce. «¿Y si tu mujer no puede conducir ese día porque le ha dado un calambre». Cojo un taxi. Hay una parada justo debajo de mi casa. «¿Y si ese día no hay taxis, porque los ha robado todos una banda de piratas ninja». Pido una ambulancia. «¿Y si…?». Pues no, señor. No quiero carnet de conducir y no lo necesito. No lo he necesitado en 36 años que tengo. Sé andar, existen los transportes públicos y hay más gente que conduce. Dejadme vivir en paz.

¿Sería útil? Mucho, probablemente. Ahora con la editorial me muevo mucho, por todas partes, y quizá sería más barato cargar el coche con cajas de libros que ir en avión o tren y los paquetes por mensajería. Pero no me da la gana. Ea. Si algún día la necesidad de conducir es muchísimo más acuciante que mis razones para no hacerlo, me sacaré el carnet. No tengo problemas.

Y, ojo, que conducir sé. Anda que no le he echado yo horas al GTA. Que a unas malas, muy malas, si hay que coger el coche por un apocalipsis zombi, lo cojo. Y no pasa nada.

 

–Es evidente que Editorial Cerbero también boga por los derechos y la igualdad de la mujer en el mundo de las letras. ¿Qué nos puedes contar sobre esto? ¿Es verdad que la mujer tiene un papel secundario en la literatura?

Claro que es verdad. En la literatura, como en todo. Es una cuestión de aprendizaje, de intolerancia, de salvaguarda de privilegios y, como no, de machismo. El famoso patriarcado en toda su verticalidad. Nieves Delgado escribió un artículo fabuloso al respecto en el blog de la editorial: este, y lo explica mejor que yo.

Uno de nuestros principales objetivos cuando montamos la editorial fue precisamente ese, intentar minimizar desde nuestra pequeña parcela la brecha de género existente en la literatura. Porque está claro que haberla hayla. Hay mucha gente que se niega a verlo. Y que incluso discute encendidamente manifestando su opinión en contra de que esto sea real. Gente que argumenta, por ejemplo, que ellos no se fijan en si el libro que compran lo ha escrito un hombre o una mujer. Bueno, esto es mentira. Mentira cochina. Y si miras las estanterías de quienes afirman tal cosa, sin duda descubrirás que hay más autores que autoras. Y claro que se fijan, joder. O sea, quizá no de manera consciente. No van a la FNAC repitiéndose el mantra «voy a comprar cosas de hombres, solo cosas de hombres, con bigote», no es eso. El caso es que llegan a la FNAC y descubren que hay un universo muy amplio de títulos, escritos mayoritariamente por hombres, blancos, cishetero. Y que de mujeres apenas hay. Y si se encuentran uno de una mujer, probablemente, se echen un poco para atrás por aquello de que «la literatura escrita por mujeres es más pasional, más de sentimientos, así que no sé si podrá escribir como a mí me gusta una obra que no sea de romántica». Quizá ni siquiera verbalicen ese pensamiento, pero ahí está. Porque se han criado leyendo historias escritas por hombres, blancos, cishetero que hablan de hombres blancos y cishetero que salvan a damiselas en apuros. Porque el papel de la mujer en la mayor parte de la literatura de los últimos siglos, salvo excepciones, ha sido ese. Compañera, damisela en apuros o esposa y madre que atiende al guerrero cuando llega a casa, cansado de batallar. Esto es así y está en nuestras cabezas, programado, sin quererlo. Así que enfrentarse al problema diciendo «eh, yo no, yo no miro los nombres de quienes escriben los libros» es, cuanto menos, cínico. En el peor de los casos, cuando se hace de manera consciente, que también se da, es un acto de opresión, invisibilización y defensa a ultranza de unos ideales rancios con los que mucha gente se siente muy cómooda.

Lo incómodo, lo difícil, es replantearse las cosas. Hacerse preguntas. ¿Por qué todo lo que leo tiene un protagonista masculino, blanco y cishetero? ¿Por qué las mujeres que aparecen en la mayoría de las cosas que leo tienen un rol tan especifico y no otro? ¿Por qué no existen personajes con sobrepeso que no sean un alivio cómico o cuyo sobrepeso sea la única cosa que los defina? ¿Por qué no hay personas racializadas, personajes no normativos, colectivos minoritarios…? ¿Por qué se usan las enfermedades mentales de la manera en que se usan, demonizándolas y demonizando a quienes las padecen? Hacerse estas preguntas es incómodo y difícil, porque peligran tus privilegios, pero el único camino es hacérselas. Y si ya te dedicas a escribir… alma de cántaro, hacerse esas preguntas, y muchas otras, es lo que te separa de ser bueno en lo que haces a ser uno más de la larga lista de escritoras y escritores que pueblan el planeta. Que hay más escritores que personas, eso ya es impepinable.

 

–¿Qué proyectos tenéis para 2018? Adelántame unas cuantas cervezas del año que viene.

De lo que eres capaz para ahorrarte pagar las cañas, ¿eh? Pero, venga, va, por qué no. Te cuento:

Aún quedan algunas cosas antes de que acabe el año. La última tanda de bolsilibros, la de noviembre, que irá ilustrada de nuevo por la grandérrima Cecilia G.F. y que contará con dos títulos más de ciencia ficción y uno de terror. De los de cifi te diré que uno de ellos es nuestra primera traducción. Se trata de una obra que ganó el premio Triptee hace muy poquito y que traduce para nosotros la simpar Arrate Hidalgo. Una joya. El libro y la traductora. Y la portadista. El otro es una apuesta que no habíamos hecho hasta ahora. Una obra de ciencia ficción con muchísimos componentes de tecnología, armas y con un worldbuilding que ya lo quisieran otros. Algo muy en la línea de Warhammer 40K, visualmente hablando. Una historia de amor y de venganza que llevará por título «Máscaras Mortuorias». El de terror es algo más que un libro. Se trata de cerrar un círculo. Empezamos el año con un bolsilibro de Juan González Mesa, «Rubicón», y lo vamos a acabar con otro de Juan González Mesa, esta vez de terror: «Los hijos de la araña».

Y nos queda la antología de Cachava y Boina, que sale en diciembre. En unos días acaba el plazo y no te puedes imaginar la cantidad de manuscritos que nos ha llegado. Va a quedar algo bestial.

Y para 2018… venga, te cuento secretos. Sacaremos 18 bolsilibros, otra vez. Tres cada dos meses. Los tres primeros, los de enero, serán de Lola Robles, Nieves Delgado Y Alicia Pérez Gil, que nos traerá la segunda parte de la trilogía «Post Scriptum». Aunque me reservo la posibilidad de que, en algún momento, en uno de los meses en los que teóricamente no toca triada de bolsilibros, saquemos otros tres, dentro de una colección que ni siquiera existe. Además, sacaremos un buen número de novelas «grandes». Entre ellas, una colección de relatos que va a dar mucho que hablar, de una autora a la que adoramos. Y están los dos Proyectos Especiales. Las dos perlas que adornarán nuestro catálogo en 2018.

De uno de ellos no puedo adelantarte nada. Solo puedo decir que la idea es hacer lo mismo que hemos hecho con las novelas cortas en el mundo editorial español. Pero con… otra cosa. Hasta ahí puedo leer.

Lo otro… bromeando le puse a la carpeta que lo contiene el nombre «Proyecto Quebrantabuesos», un poco por tocar las pelotas. No, en serio. Emilio Bueso nos lanzó un guante, también de broma, y esta es nuestra respuesta a aquello que dijo. No el proyecto en sí, sino su título provisional. Esto sí que va a ser una bomba. Se trata de un libro, pero no es un libro. Es mucho más. Es una llave. Una llave metafórica y una llave real. Este libro es una apuesta tan arriesgada que nadie se va a creer que lo hayamos hecho. No así, al menos. No es solo un libro, insisto. Es un rito de tránsito. Es un juego. Es una carrera que transformará a quien la acabe. Su lectura, descifrar sus secretos, llevará a quienes quieran dejarse llevar a un camino hermoso y enriquecedor, al final del cual encontrarán una recompensa.

Será una edición de coleccionista. Numerada y firmada. Y muy limitada. Y no entrará dentro de ninguna de las suscripciones que, como novedad, sacaremos el año próximo.

Y esto es todo. Todo lo que tenemos en la manga para 2018. Y veo que se han acabado las preguntas. Buen colofón, sí, señor.

Muchas gracias por darme la oportunidad de hablar de todo lo que me interesa y por la plataforma, el altavoz. Un abrazo enorme y muchos éxitos en tu camino, Daniel.

 

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Daniel Fopiani

 

 

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