Entrevista a Víctor del Árbol, Antes de los años terribles.

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Fotografía: Distopía

Ahora que está reciente la aparición de Antes de los años terribles, la última novela de Víctor del Árbol, hemos tenido la oportunidad de charlar con el autor sobre la génesis de este libro, sobre África e incluso sobre la potencia que puede llegar a tener una buena mirada.

 

– En la novela hay un constante ejercicio de memoria, ¿tan importante es o puede ser la memoria en una trama de misterio?

La memoria es, en sí misma, una trama de misterio. En ella está el relato individual y el relato colectivo, cuando la suma de anécdotas individuales se eleva a la categoría de suceso. En ese relato hay una visión subjetiva, una interpretación de los hechos, elusiones, magnificación, un parte de olvido, una parte de artificio y muchas zonas oscuras que los demás debemos cubrir.

 

– A ratos parece que usted dialoga con Isaías Yoweri, ¿podemos hablar de una relación intensa entre autor y personaje? ¿Hay alguien real detrás de Isaías?

Elegir un narrador en primera persona supone asumir el punto de vista del personaje. Abandonar toda pretensión de omnisciencia y ver, conocer y sentir desde la propia interioridad del personaje. Fue una elección consciente porque me di cuenta de que la única manera posible de contar esta historia con el mínimo artificio posible solo podía hacerse conectando personalmente con las emociones de Isaías.  

No hay un solo Isaías sino la suma de muchas voces, relatos y experiencias escuchadas y, algunas, vividas. Todos ellos han levantado a este personaje con múltiples nombres reales. Niños de la guerra, niñas atrapadas en un infierno del que no conocían nada. Recuerdos de un pasado que nunca se abandona del todo.

 

– ¿Por qué somete a Isaías a ese viaje de regreso? ¿Era necesario que anduviera ese camino tras todo lo que padeció para llegar a España?

No sé si lo merecía, eso cabría preguntárselo a cada hombre y mujer, a cada muchacho, a cada adolescente que se enfrenta al mar (muchas veces por primera vez en su vida), a las mafias, al engaño, al abuso y a la violencia para llegar a nuestras costas. Regresar siendo otro, para darse cuenta de que lo que fuimos siempre formará parte de lo que somos. Sí, es un viaje necesario. Un viaje de aceptación, de auto perdón, necesario para no seguir pagando tributo a quienes le destrozaron la niñez. En el fondo, es una forma de victoria contra el pasado.

 

– Y hablando de ese camino, a pesar de los telediarios y los periódicos, ¿cree que los españoles son realmente conscientes de las dimensiones del fenómeno de la inmigración o miramos hacia otro lado?

Somos conscientes de un modo abstracto; no podemos comprender bien realidades que nos resultan tan lejanas y por eso es tan necesario conocer de verdad al otro, verlo como un igual del que podemos aprender mucho. Es la única manera de vencer al miedo, de no encerrarnos detrás de una indiferencia que convierte cada tragedia que no nos afecta personalmente en una estadística. Creo de verdad que libros como Antes de los años terribles son útiles en ese sentido.

 

– ¿Podríamos catalogar a Isaías y a Lucía como dos supervivientes?

Lo son, sin duda. De manera diferente, porque su punto de partida es diametralmente opuesto. Lo más importante, sin embargo, es que ambos han entendido algo fundamental, que la vida sin propósito es una simple suma de anécdotas. Ellos han convertido al otro en su fuerza para resistir. Es la diferencia entre quien lucha contra alguien y quien lucha por alguien. No se sobrevive sin esa clase de dignidad.

 

– En la novela hay unos cuantos personajes muy potentes, el trato con Isaías es evidente, pero si analizamos los demás, ¿cuál le ha resultado más atractivo a la hora de la creación literaria?

He disfrutado mucho explorando el pensamiento de la abuela N’go, su modo de entender la vida desde su silla frente a ese jardín en el límite de lo imposible. Hacer crecer rosas en el desierto, vida donde no hay nada. ¿Acaso existe una determinación más feroz para vivir? La historia de los dos corazones de la mujer africana también me conmovió mucho.

 

– ¿Es tan grande el magnetismo de África? Y al mismo tiempo, ¿es tan misterioso todo lo ocurrido en ese continente a lo largo del siglo XX?

Yo he sentido ese misterio desde que era muy jovencito, leyendo la biografía de Stanley. Luego descubres que más allá de la estampa típica africana existe un mundo diverso, multitud de culturas, de lenguas, de matices sin los cuales no se puede entender una filosofía de vida muy distinta a la nuestra y en muchos sentidos, mucho más sabia. Una visión de la Historia eurocentrista extendió la idea de la supremacía blanca, de nuestra ética y nuestra moral, nuestros sistemas de gobierno, nuestros planteamientos económicos, nuestra religión… Sin darnos cuenta de que seguramente nosotros no somos tan libres como nos creemos, de que nuestra concepción de la individualidad tal vez no sea mejor que su idea de la comunidad, que nuestra percepción del tiempo y las prioridades sea errónea. No se trata de hacer una elegía ni de demonizar. Se trata del acercamiento de realidades complejas y hasta cierto punto muy dispares, de las que podemos aprender unos y otros.

 

– Niños soldado, grupos guerrilleros, albinos, dictaduras, marginación, ¿acaso es África el lugar en el que aún sobreviven las grandes cotas de maldad del mundo?

La maldad no tiene geografía. Basta recordar la Historia de Europa, nuestras guerras de religión, nuestros genocidios, nuestras matanzas, nuestros conflictos mundiales, la proliferación de líderes que nos han llevado al borde de la locura colectiva. Pensemos en nuestras calles, en la gente que se queda al margen de un sistema implacable, en ese ascensor social que hace mucho dejó de funcionar. No hay que irse a Kampala para ver a un chiquillo peleando con las ratas por las sobras en un contenedor.

 

– ¿Y qué hace este mundo nuestro con respecto a África, no debería haber una especie de deuda de honor por tanto como se ha esquilmado, en lo económico y en lo vital?

Las deudas de honor tienen poco sentido desde la perspectiva lógica. No se trata de pedir perdón o de hacer actos de contrición. Dese nuestra posición como ciudadanos/consumidores/votantes (a eso nos hemos visto reducidos) podemos encontrar la forma de presionar a nuestros gobiernos para que dejen de interferir en el día a día de países que son muy capaces de desarrollar sus propias competencias; bastará con dejar de estrangular sus exportaciones, con no apoyar a sátrapas y títeres, y a título individual ayudaría ser más conscientes de lo que sostiene nuestro progreso y nuestros niveles de consumo que rozan el absurdo. El sentido común debería guiarnos. ¿Es una utopía?

 

– Volviendo a la maldad, ¿tan potente es la maldad como elemento literario?

Tiene un componente de misterio y límite que nos atrae, una complejidad que nos absorbe, porque más allá de la literatura o de las expresiones en el arte, tenemos tendencia a desecharla de nosotros mismos como si nos avergonzara reconocernos en esas fronteras difusas impuestas por la civilización.

 

– Hablemos de la infancia, ¿cree usted que de una u otra forma nos deja siempre cuentas pendientes?

Sin niñez, sin pasado, sin recuerdos, no seríamos más que presente. No habría experiencia, no habría referentes, no sabríamos a qué aferrarnos en la zozobra. De niños somos esponjas que absorben todo lo que nos sucede, lo que escuchamos y lo que vemos. Ese será nuestro bagaje hacia la edad adulta. La infancia es la raíz que nos sustenta. Sin ella somos esa clase de árboles sin raíces que cualquier vendaval hará caer.

 

– Usted empezó siendo catalogado como un autor de novela negra, o al menos se le ve en muchos festivales del género, pero con cada obra demuestra que está mucho más allá de ese tipo de novela, ¿le incomoda que a veces le sigan encuadrando ahí?

Lo único que me incomoda es la necesidad que tenemos de etiquetarlo todo, como si alguien debiera guiar cada uno de nuestros pasos en un sentido u otro. No paseamos por los pasillos de un supermercado, caminamos entre libros. Y lo que importa es la historia que contamos y lo que pretendemos transmitir.

 

– ¿Qué es lo que le sigue impulsando a escribir? ¿Y con qué nos va a deleitar próximamente?

Siento que todavía no he alcanzado la conexión entre mis pensamientos y mi escritura, que apenas estoy empezando a desbrozar el camino. Eso es lo que me impulsa, el desafío conmigo mismo, dar lo que sé que puedo dar y esperar que a los demás les merezca la pena. Supongo que mientras haya algo de eso dentro, esa energía, esa necesidad, seguiré intentándolo.

 

– Hace tiempo que le dio un giro total a su vida, ¿sería capaz ahora de volver la vista atrás y analizar la dimensión de aquel paso?

Creo que nada está escrito en el destino de un ser humano. Que importa el momento, lo que haces, lo que decides. A veces dejamos pasar la ocasión por miedo, por responsabilidad…En algún momento me di cuenta de que ese miedo a fracasar, esa responsabilidad para con los que dependen de mí, debía ser mi fuerza para intentarlo. Fue un salto al vacío, pero si lo hice fue porque ya no podía seguir ocultando lo que quería ni seguir haciendo oídos sordos a esa voz que me preguntaba: ¿esta es la vida que quieres? 

 

– Siempre se le ve tratando con los lectores de una manera muy afable, y no todos los autores son capaces de hacerlo, ¿qué son para usted los lectores?

Personas que me leen buscando algo más que ejercicios estilísticos, estéticos o de simple entretenimiento. Siento que formamos parte de algo común, un diálogo sincero a través de los libros, una forma de compartir nuestras vidas, inquietudes, esperanzas y miedos. Para mí, los lectores son la mirada al otro lado del espejo. La única forma de que mis novelas no sean un simple monólogo.

– Esta sección lleva un título emblemático y eso casi nos obliga a cerrar la entrevista con una pregunta también emblemática: ¿de qué material están forjados los sueños de Víctor del Árbol?

Del aire que todo lo puede y nadie atrapa.

 

Antonio Parra Sanz

 

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