Entrevistando a Coco

En la entrega de hoy tenemos el privilegio de charlar con Coco, un invitado muy especial que ha accedido a hacernos un hueco en su apretada agenda. Sin más tentáculos, iniciemos la velada.

—Buenas noches, Coco. Bienvenido al espacio «Entrevistando a las palabras».

Boas noites.

—¡Ah, es usted de Galicia!

—Efectivamente. La mía es una tierra de supersticiones; de creencias arraigadas, de costumbrismos. Galicia es un lugar mágico.

—Estoy de acuerdo, señor Coco. Galicia posee un magnetismo particular, y cuando alguien parte de ella, se adueña de su espíritu ese sentimiento de melancolía que ustedes llaman morriña.

—Ah, la morriña… La morriña es un gran dolor, señorita; un dolor que llevamos muy dentro nosotros. Apartarnos de la tierra nos provoca honda tristeza. El pesar, la angustia… Son emociones profundas que sólo puede comprender quien es galego.

—No quisiera yo prolongar su morriña en exceso. Continuaré la entrevista pidiéndole que se presente a nuestros lectores. Dígame, para quienes no tengan el placer de conocerlo: ¿quién es usted?

Aparecí la vez primera en Galicia largos años ha —eso dicen quienes lo recuerdan; y quienes lo recuerdan, ya es poco lo que dicen, o más bien nada—. Coco diéronme por nombre; y por oficio, el de asustador de niños. Así pues, como tal fui presentado: Coco, el asustador de niños. Mas por si con ello bastante no tuviesen, aún encima otro suplicio me endosaron. ¡Ay!, el peor de los tratamientos. Habría preferido yo uno grandilocuente e ilustre, igual que un demonio temible, o un basilisco mitológico, aunque fuera; pero escogieron los muy bestias nada menos que el de ánima en pena. En consecuencia heme aquí, caído de bruces en la popularidad como el fantasma Coco, asustador de niños. ¡Boh, desaprovechar de aquella manera mi potencial! Y, bueno, en resumidas cuentas, señorita, diríase entonces que soy un humilde personaje del folclore galego.

—¿Son muy frecuentes sus visitas? ¿Aún puede oírse en los hogares la famosa frase de «¡que viene El coco!»?

—¡Ay! Corren tiempos difíciles. Los rapacines de hoy están mal enseñados. Mucho me temo que un día no tendré labor que hacer. Pero todavía queda trabajo. Padres hay que siguen advirtiendo de mi presencia; y canciones de cuna tampoco faltan, ni abuelas que se las canten a sus nietos.

Duerme, niño, duerme;

duerme, que viene el coco,

y se lleva a los niños

que duermen poco.

—Posee una voz de ultratumba preciosa, señor Coco.

Moitas grazas.

—Veo su sombra alargada, su cabeza de calabaza con los ojos agujereados, su palidez…, y si le soy sincera, no imaginaba que fuese usted un fantasma simpático.

—Comprenda que ejercer durante siglos la labor de asustador de niños, resulta a la larga fastidioso. Un ser de ultratumba como yo lo soy, carece de tiempo para entrevistas. Apenas un suspiro me dejan exhalar los rapacines; ¡fíjese!, que en cuanto salgo del armario, como descosidos se echan a llorar, y eso que ni buh llego a decir. Conversar en este agradable espacio es una ocasión para descansar de ellos. Mas si palabras espeluznantes es lo que prefiere, seguro gustará de oír la historia de mis antepasados.

—¡Sí, sí! ¡Me encantan las historias antiguas! Los mitos de hoy en día suelen tener origen en algún suceso del pasado. Será formidable conocer el que originó su figura.

—Pues bien: ya imaginará que el carácter galego hunde sus raíces entre lo real y lo ficticio. Así se recoge en el cancioneiro popular; pues meigas, como sabe, haberlas, haylas. Y de tantas oscuras fábulas, la que a mí respecta es la conocida como La leyenda de las cabezas cortadas: una tradición celta que cuenta de qué manera los vivos velaban el alma de sus muertos

[Gesto de terror].

—Dice así, atendiendo a los líricos y juglares galaicoportugueses: «Que a quienes de los infortunados guerreros celtas cayeran en guerra, les era cercenada de cuajo la cabeza en campo de batalla, y a sus familiares devuelta con honras y respetos, bien cierto era, amigos míos; y que éstos deambularan en procesión por los bosques, iluminando con cirios su interior vaciado, tanto o más que lo anterior. Dicho ello, sabed también que no ocurría tal asamblea durante otras lunas, sino bajo la del arcano Samhain: la noche más larga. Así es, creedme todos, que a sus muertos velaban, y guiábanlos hacia el mundo que les pertenece, los hombres celtas de nuestro pasado».

[Gesto de terror].

 —¿Le gustó?

—Oh, sí; mucho. Es curioso cómo el misterio de la muerte ha fascinado siempre al ser humano. Y… hablando de cultos sagrados, quisiera aprovechar para preguntarle por las napolitanas de chocolate. ¿Las prefiere usted calientes, o bien frías?

—Es terrible el chocolate para los espectros, señorita. Causa en nosotros ruidosas flatulencias, que nada favorecen al oficio de un servidor. ¿Cómo asustaría yo a los rapacines, si oyeran semejantes estruendos bajo la cama? Ai, mi madriña! Pero…, vea usted: poco sabida y bien sonada resultó la anécdota que me dispongo a contarle, y que ver tiene con el asunto de la comida. Es la que sigue: en expedición por la India el almirante portugués Vasco de Gama, dicen que el fruto del cocotero fue descubierto, y los hombres de aquél, observando sus tres agujeros, comparáronlos con una cabeza con ojos y boca. ¡Mi cabeza, a todas luces! Diéronle así, por nombre, el mismo que yo sostengo.

—Una analogía muy interesante, y un dato a tener en cuenta. Quien desde hoy coma una porción de esta deliciosa fruta, acuérdese de nuestro invitado, el conocido fantasma asustador de niños. Gracias por su tiempo, señor Coco. Espero que conserve su trabajo durante largos años, y que siga visitando nuestros hogares cada noche.

—¡Uaaaaaaaggh!

—¡Aaaaaaaaah!

 

Liss Evermore

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Un comentario sobre “Entrevistando a Coco

  • el 6 febrero, 2020 a las 12:26 pm
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    ¡Genial entrevista, señorita Evermore! Me ha encantado saber el origen de Coco, además ya sabes que adoro las historias oscuras y las leyendas ^^

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