Entrevistando a «Despedirse a la francesa»

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Contamos en nuestra habitual cita con la invitada Despedirse a la francesa, quien nos visita hoy para ofrecernos su grata compañía. Sin más tentáculos, iniciemos la velada.

 

—Buenas noches, Despedirse a la francesa. Bienvenida al espacio «Entrevistando a las palabras».

Bonsoir, mademoiselle Evermore.

—Cuéntenos en primer lugar de dónde procede y cuál es su significado.

—Mis orígenes se remontan a una corriente social que emergió en Francia durante el siglo XVIII, denominada sans adieu (literalmente, sin adiós), que consistía en marcharse de las reuniones o de las fiestas sin despedirse. Y aunque comparto el mismo significado, en realidad soy una expresión moderna derivada de ella.

—¿Es que los franceses no se despedían?

—Algunos preferían no hacerlo. En aquella época la etiqueta era un requisito fundamental en los estándares del comportamiento, y los miembros de la sociedad burguesa, empeñados en establecer distinciones con la gente de baja condición, adoptaron el sans adieu como un nuevo modelo de conducta.

—Entonces… ¿marcharse sin despedirse era una práctica bien considerada?

—Efectivamente, querida. Era un gesto de cortesía propio de los nobles. Ellos consideraban que interrumpir a los asistentes de una fiesta para anunciar su marcha consistía en un acto falto de educación. Les parecía tedioso e irracional apremiarlos a cesar sus quehaceres por tal motivo, que según el protocolo implicaba darse cuatro besos y entablar una serie de comentarios de respeto. Así, marcharse con discreción, al tiempo que evitaba las molestias, daba a entender que uno había disfrutado de la velada y que en realidad no pretendía abandonarla del todo. Este detalle era importante, porque cuando un invitado se ausentaba sin anunciarlo de manera oficial, creían, simbólicamente, que aún seguía allí, estando sin estar.

—¿Estando sin estar? ¿Creían que su espíritu se quedaba en la fiesta?

[Risas]. El concepto de estar sin estar gozó de gran popularidad entre la clase ilustre y se tenía muy en estima. Incluso encubrían la ausencia del recién marchado con falsos pretextos para mantener esa sensación de misterio. Afirmaban, por ejemplo, que lo habían visto conversando con alguien o que se hallaba en una estancia contigua; a lo cual respondían los demás, como partícipes de un juego descabellado, ratificando los hechos: «Oui, madame! También yo me he cruzado con él mientras paseaba por los jardines».

—Es una una idea muy curiosa, sin duda. Me pregunto cómo actuaría una persona que quisiera abandonar el lugar, en el caso de no haber asistido sola. ¿Se marchaba sin avisar y dejaba plantado a su acompañante?

—Era frecuente que varios miembros de una familia compartieran coche de alquiler para acudir a los eventos, si es que no se disponía de uno propio, y regresaran igualmente juntos. En tal situación, cuando alguien requería constatar previamente la marcha, se le estaba permitido consultar la hora ante los demás invitados con el fin de insinuar sus intenciones; lo cual originaba una situación cómica, pues solía recorrer las salas extrayendo y guardando su reloj de bolsillo y tratando de hacerse notar.

—Si algo nos enseña la historia, es que la naturaleza humana puede llegar a ser extraordinaria e imprevisible. Hoy en día, marcharse sin avisar no está muy bien visto. Cuéntenos cómo evolucionó aquella corriente. ¿Sigue haciéndose uso del sans adieu entre la alta clase francesa?

—Hubo muchos otros países que lo aplicaron. En el siglo XVIII, los elitistas españoles también gustaban de marcharse de las fiestas sin notificarlo; al igual que los italianos, los ingleses o los norteamericanos. No despedirse era una moda refinada y culta, pero la etiqueta cambiaba constantemente, y durante el siglo XIX cayó en desuso. Actualmente, al considerarse un hábito mal visto, como usted dice, los franceses prefieren referirse a él con la expresión filer à l’anglaise (huir a la inglesa), en un intento por negar su origen. En nuestros días, aparte del selecto círculo de nobles que pese al acontecer del tiempo sigue conservando sus principios, me consta la existencia de un nuevo movimiento basado en los valores de la etiqueta y del buen gusto, interesado en hacer resurgir la costumbre de despedirse sans adieu. Desde aquí les mando mi apoyo y espero que lo consigan. Oh, là là! ¿Ha visto qué hora es?

—Ya que menciona el buen gusto, no puedo dejar pasar la oportunidad de preguntarle acerca de las napolitanas de chocolate. ¿Qué opina de ellas? ¿Acostumbra comerlas?

[Silencio].

—Me parece que Despedirse a la francesa se encuentra en la sala contigua, charlando con algún conocido. [Silencio].

 

Liss Evermore

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