Entrevistando a Geosmina y a Petricor

Son dos los invitados que tenemos el placer de entrevistar en la entrega de hoy; una pareja muy especial formada por Geosmina y por Petricor. Sin más tentáculos, iniciemos la velada.

 

—Buenas noches a ambos. Bienvenidos al espacio «Entrevistando a las palabras».

—Buenas noches, Liss. El placer es nuestro.

—¡Vaya! Huelen de maravilla.

—Gracias. [Risas].

—¿De dónde vienen?

—Unas veces, de los bosques. Otras, del desierto, de las montañas y también de las ciudades. Viajamos con el viento, de aquí allá sin descanso. Por eso nos gusta decir que somos nómadas.

—¿No pertenecen a ningún lugar?

—A ninguno y a todos.

—Pertenecemos a la Tierra.

—Entonces… ¿cómo se conocieron?

—Nuestra historia se remonta muchísimos años atrás, cuando el hombre tenía aspecto de microorganismo y el planeta daba sus primeros paseos por el cosmos. Entre la vegetación del suelo habitaban millones de bacterias descomponiendo la materia orgánica, y como resultado de su «digestión», algunas de ellas liberaban una sustancia química concreta, que soy yo.

—Sí. Geosmina flotaba en el aire cuando la vi por primera vez; cuando la olí, más bien. Su aroma melancólico a tierra mojada me cautivó. A usted también, ¿verdad? Nadie puede resistirse a esa fragancia.

—Pues no crea que él me fascinó menos, señorita Evermore. Si yo desprendía un olor agradable, el de Petricor era como un néctar divino. De hecho, eso mismo es lo que evoca su nombre: el icor (del griego antiguo, ikhốr) era un mineral presente en la sangre de los dioses del Olimpo, que supuestamente les confería la inmortalidad. ¿Ha leído usted la Ilíada, de Homero? Lo menciona en el Canto V. ¿Se acuerda? Cuando Afrodita fue herida por Diomedes.

[Risas]. A Geosmina le encantan esos versos. Lo cierto es que me dieron el nombre de Petricor recientemente: en los años 60 de esta era fui descubierto por dos geólogos australianos, y al analizarme, dijeron de mí que era el olor de un aceite exudado por ciertas plantas. En épocas de sequía, el aceite es absorbido por las rocas, y cuando llueve, el contacto con las gotas provoca mi liberación en el aire. De ahí el concepto de «icor de las piedras».

—Es una historia fascinante, ¿no le parece?

—Ciertamente, Geosmina. Una historia muy bonita.

—El de ella también es un nombre precioso, ¿sabe?. En griego, geosmina significa aroma de la tierra, y además, tiene una fórmula muy sexy.

—A veces me llama por mi fórmula. Es tan romántico…

—4,8a-dimetildecalina-4a-ol o 4,8a-dimetil-decahidronaftaleno-4a-ol.

—¡Ahora, no, Petri! La señorita Evermore está delante.

—No se preocupe. [Risas]. Ya veo que es usted un olor muy gentil, Petricor.

—Es todo un galán. [Suspiros]. Bueno, bueno; como iba diciendo, señorita Evermore, soy la espora que emiten ciertas bacterias. Cuando llueve, como en el caso de Petri, el contacto con las gotas produce que me disperse por el aire, y entonces surge ese olor a tierra que ustedes suelen apreciar; sobre todo en otoño, con las primeras lluvias, que es cuando las bacterias se regodean con la humedad, están más felices y me liberan en grandes cantidades.

—Así que se conocieron mientras flotaban durante las lluvias de otoño. ¡Vaya! Ésa también es una historia encantadora.

—Y desde ese momento no nos hemos separado. Además, somos una pareja muy apreciada. Aunque la mayoría de las personas no nos conozcan, nos huelen a diario y disfrutan de la esencia que desprendemos.

—Y al ser sustancias volátiles, viajamos con el viento por todo el mundo.

—Qué interesante. Esto me recuerda a cierto perfumista francés obsesionado por encontrar el aroma perfecto. ¿Han intentado atraparlos alguna vez?

—Siempre. Al ser humano le fascina el olor de la lluvia, de la tierra mojada… Es una fragancia que los perfumistas han intentado embotellar desde hace mucho tiempo.

—Y lo han conseguido, Geos; he visto varios frasquitos que contienen nuestra esencia. Por separado olemos de maravilla, pero juntos formamos un equipo inmejorable; y ese olor no sólo es muy apreciado, sino que además está bien cotizado en el mercado.

—Así que el aroma que trae la lluvia, ese matiz triste, melancólico… ¿aparece cuando se juntan en el aire? ¿Y además se puede comprar?

—Eso es. Somos el olor de la lluvia. Juntos formamos lo que tanto les atrae a ustedes cuando van de paseo por el campo en un día gris. Pero aunque nuestro nombre esté a la venta, nunca encontrarán nuestra auténtica esencia en botecitos de cristal.

—El hombre y sus avances…

—¡Qué maravilla! La naturaleza no deja de sorprendernos. Y hablando de sorpresas, no puedo dejar de preguntarles por las napolitanas de chocolate ¿Qué opinan ustedes de ellas? También poseen un olor muy característico.

—Esa pestilencia industrial no me atrae en absoluto.

—¡Puaj! A mí tampoco. Debería probar las avellanas; su olor es mil veces mejor.

—O las fresas silvestres.

—O el romero.

—O los piñones.

—O el musgo.

—Pero las napolitanas de chocolate son…

—O los pinos.

—O las bayas de goji.

—O la tierra mojada.

—Qué tontorrón eres. [Suspiros]. O el icor de las piedras.

 

Liss Evermore

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