Entrevistando a Papirotazo

Entrevistamos hoy a Papirotazo. Atiendan con cautela a sus palabras, que desde luego serán muy interesantes. Sin más tentáculos, iniciemos la velada.

—Buenas noches, Papirotazo. Bienvenido al espacio «Entrevistando a las palabras».

—Buenas noches, señorita Evermore. Que Ra se apiade de nosotros.

—¿Ra?

—La gran divinidad Ra, por supuesto.

—Ehm… Sí, claro, qué despistada. Veamos: el suyo es un nombre desconocido en nuestros días o, al menos, de uso poco frecuente. ¿Adónde debemos viajar para conocer su historia?

—Miles de años en el pasado, si me lo permite: al Egipto de las grandes pirámides.

—¡Ooooh…! El Antiguo Egipto… Fascinante.

—Y temible. ¡Ah! Egipto podía enloquecer a un hombre en cuestión de segundos. Víboras, escorpiones, espejismos…; un sol abrasador y tormentas de arena. Osados los que se adentraran en las vastas dunas del desierto, porque pocos regresarían. Aunque lo peor no era la muerte, sino lo que aguardaba tras ella: la diosa Ammyt, devoradora de corazones; el tribunal de Osiris; los jueces de la Duat… Fascinante…, ¡pero temible!

 —¡Caramba! ¡Qué mala época de la historia para ir de vacaciones! Sin embargo, todas las épocas han tenido sus cosas buenas y malas, ¿verdad?

—En Egipto, las buenas estaban reservadas a quienes podían pagarlas, o robarlas. La inmortalidad, a los nobles; el oro, a los ladrones. La tercera cosa buena era la belleza, pero el ansia de la belleza ennegrecía el corazón de hombres y mujeres.

—Entre tanto disgusto, ¿había algo en el Antiguo Egipto que le atrajera?

—Los jeroglíficos. Nada puede maravillar de tal manera al ser humano como la escritura jeroglífica. Su simbolismo arcano, su mensaje más allá de las estrellas… Si se quieren descubrir los cimientos del universo, la más urgente tarea ha de ser el estudio de los papiros egipcios. En ellos se encuentran las respuestas a todas las preguntas.

—Mi pregunta es, señor Papirotazo: ¿proviene de ahí su nombre? ¿De los papiros egipcios?

—Muy perspicaz. Debería usted abrir un gabinete de investigación.

—Gracias.

—Pues sí: está en lo cierto. Lo que no será capaz de adivinar, es que soy un tipo de golpe propinado con el dedo índice. De esta forma, a papirotazos, se golpeaban los pergaminos para probar su resistencia y empezar a determinar su antigüedad. Y como fue una práctica desarrollada en el siglo XIX, aunque mis raíces se hunden en el Antiguo Egipto, presumo de ser un término de reciente incorporación.

—Muy interesante. Así que los egiptólogos y arqueólogos, o quienquiera que se encargara de descifrar los jeroglíficos en el año…, pongamos 1860, tiempos de Thomas Edison y Graham Bell, después de la revolución industrial y del nacimiento de la salud pública; tras descubrirse la anestesia, la locomotora o la margarina, ¿se dedicaban a darle mamporrazos a los papiros para deducir su antigüedad?

—No. La verdad es que no.

—¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

—Que es mentira.

—No lo comprendo, señor. ¿Qué es mentira?

—Lo que acabo de contarle.

[Gesto de asombro].

—En el siglo XIX, los investigadores utilizaban el método de datación radiocarbónica. El famoso Carbono 14. Si hubiesen dado golpes a los papiros, se les habrían deshecho como polvo en las manos.

[Gesto de asombro].

—La aclaración que le he dado sobre mi significado es falsa. La expuso el escritor Javier Marías en la universidad de Oxford. Le gustaban las palabras, e inventó muchas etimologías de dudosa veracidad, con las que asombraba a sus alumnos. Es una anécdota. Le he gastado una broma. [Risas].

—…

—Nada tengo que ver con el Antiguo Egipto. En realidad derivo de papirote; y éste, a su vez, de papo (papada; lugar donde se recibía el papirotazo). Me crearon a partir de mi pariente capirotazo, que significa golpe en el capirote (el sufijo -azo en ocasiones actúa como sinónimo de golpe o de movimiento brusco —portazo, codazo…—), y lo cierto es que hicieron buen uso de mí, porque estos golpes despectivos estuvieron muy de moda a principios del siglo XVII, cuando era yo más conocido. Se propinaban haciendo resbalar sobre la yema del pulgar la última falange del dedo corazón.

—Ya veo. Su broma ha sido muy divertida, pero permita que le diga, señor Papirotazo, a propósito de golpes…

[DISCULPEN LAS MOLESTIAS. EXPERIMENTAMOS PROBLEMAS TÉCNICOS].

—Hablando de las cosas buenas de cada época, ¿le gustan las napolitanas de chocolate? Son una de las mejores cosas de nuestros tiempos.

—Las conozco bien, señorita Evermore. En el siglo XVII, del que yo provengo, abundó una tradición confitera muy importante, que transmitía sus recetas gracias a los libros de secretos. El cocinero de Felipe II redactó una obra dedicada a la repostería.

—…

Arte de cozina, pastelería, vizcohería y conservería. Así es. Y sepa que fue un cocinero español el primero en escribir la receta del hojaldre, tal y como lo conoce usted a día de hoy.

—Sí, sí, pero… dígame: ¿le gustan las napolitanas de chocolate? Porque no es lo mismo conversar con alguien que las ama, o con quien las detesta. ¿Señor? ¿Señor Papirotazo? ¿Dónde se ha metido? En fin; disgustado o no, despedimos a nuestro invitado, esperando que tenga un buen viaje de vuelta a su siglo, y que Ra se apiade de él.

 

Liss Evermore

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