Entrevistando a Sándwich

Nos deleita hoy con su presencia, Sándwich; un término probablemente conocido entre nuestros lectores. Sin más tentáculos, iniciemos la velada.

—Buenas noches, Sándwich. Bienvenido al espacio «Entrevistando a las palabras».

—Buenas noches. Resulta fascinante comprobar que aquí llueve tanto como en mi ciudad natal, ¿no cree?

—Quizá fascinante no sea la palabra más adecuada…

—¡Pues lo es, señorita! Fascinantemente fascinante. A mis colegas les agradará saberlo. Enviaré un telegrama con urgencia, si es tan amable. Ponga usted: «Mismo clima que en Londres».

—…

—¡Ah, pardiez! ¡Qué desfachatez la mía! Es evidente que ahora no posee el telégrafo a mano.

—El tiempo se nos echa encima, señor Sándwich. Comencemos la entrevista, si le parece. ¿Dice usted que es de Londres?

—¿Acaso mi porte no lo evidencia? Ciertamente, querida, soy británico. Fíjese: admire la forzada alineación entre mis dos vocales, el ángulo impecable de mi uve doble… ¿Lo ve? La distinción de un término londinense es innegable.

—Por supuesto. Ahora que lo dice, sí que distingo la pomposidad inglesa de la que es dueño.

—Sepa, además, que mis antecesores gozaron de gran notoriedad. El linaje de los Sandwich aparece en las crónicas anglosajonas desde el año 851. Nada menos.

—¡Más de mil años de sándwiches! No es lo que yo habría imaginado. De hecho, admito que los consideraba un invento moderno.

—¡Oh, no; los Sandwich pertenecemos a una estirpe de sangre próspera! Verá: primero fue mi bisabuelo, Sondwic; un siglo después derivó en Sandwic, mi abuelo; y a continuación, otro siglo después, fue reemplazado por mi padre, Sandwice. Por último, un servidor, exhibiendo la actual terminación, -ich.

—Ya veo. Y… dígame: ¿en qué se diferenciaban sus antecesores, de los sándwiches que conocemos hoy en día?

—No crea que existen destacables diferencias entre nosotros. Salvo las desigualdades morfológicas que le he comentado, acordes cada una a las modas de su siglo, las cuatro generaciones de los Sandwich nos hemos mantenido fieles a un mismo significado; del inglés antiguo, sand e -ic, que vendría a traducirse, para ustedes, como ciudad-mercado en suelo arenoso.

—¡Chipirones encebollados! ¿Cómo que ciudad?

—¿Es que no sabe que los Sandwich somos un topónimo, señorita? Ostentamos con orgullo el nombre de una histórica ciudad al sureste británico. ¿Acaso nunca ha oído hablar sobre la batalla naval de Sandwich?

—¿La batalla naval de Sandwich? Pero…, pero… ¿¡qué hay de los sándwiches mixtos; con el pan tostado, el queso derritiéndose, los bordes crujientes…!?

—¡Oh…! [Suspiro, muestra de resignación]. La historia a la que se refiere no es otra que la del señor Montagu. ¡Qué desdicha la mía! A nadie le interesa ya conocer el origen de los Sandwich; sólo preguntan por la leyenda de John Montagu. John Montagu por aquí, John Montagu por allí… En fin; le hablaré del señor Montagu, si así lo desea. ¡Qué desdicha…!

—¡Bien, bien! ¡Una leyenda! ¡Cuéntemela, por favor!

—Verá: sus orígenes se remontan al año 1762, en la residencia inglesa del mencionado caballero. Éste, hallándose cierta noche en plena partida de cartas, fue abordado por un repentino apetito. A fin de no interrumpir el juego, solicitó que se le trajeran dos rebanadas de pan con unos pedazos de rost beef en medio. El invento causó conmoción; ya sabe que en aquella época las noticias corrían veloces. Y puesto que John Montagu era el cuarto conde de Sandwich, los señores lo pedían al servicio diciendo: “¡Uno como el del conde de Sandwich!”. La frase, repetida hasta la saciedad en todas las reuniones de la aristocracia, llevó a popularizar la exquisita creación del conde de Sandwich, como sandwich.

—Muy curioso. Así que los aristócratas comían sándwiches…

—Comían muchos sándwiches. Tan célebre manjar fui considerado, que Montagu afirmó de mí en su testamento, que era el mejor legado que dejaba a Gran Bretaña.

—Bien conocida es la excentricidad de ustedes, pero jamás habría pensado algo así.

—Tampoco nosotros habríamos imaginado que los plebeyos acabarían comiendo sándwiches, y menos aún, que los rellenarían con una variedad infinita de asquerosidades. El mundo está un poco loco, ¿no cree?

—¡Oh, oh! Y… a propósito de locuras. ¿Les gustaban también las napolitanas de chocolate? Ustedes son muy entusiastas del té. Aunque no creo que las napolitanas de chocolate cupiesen en esas tacitas tan ridículas que tenían. Porque… echarlas a pedacitos seguro que era una grosería.

[Gesto de consternación]. Y tanto que lo habría sido, querida. Por fortuna no comíamos napolitanas de chocolate. Pero sí nos gustaba acompañar el té de unos panecillos de masa con levadura que se calentaban en la plancha. Se llamaban moofins, y tan populares eran, que existía una persona encargada de llevarlos a las casas, el moofin man.

Excéntrico, señor Sándwich, no me parece suficiente para describir el… peculiar gusto británico. Con todo, recordaremos desde hoy la ciudad arenosa a la que da título su familia, así como la leyenda de John Montagu y su fantástica creación culinaria.

—Gracias, señorita. Déjeme decirle que si hubiera vivido usted en siglo XVIII, y probado el sandwich original de rost beef, no habría echado de menos las napolitanas de chocolate.

—Déjeme contestarle, señorito Sandwich, que si hubiera vivido en su época, con gusto le habría propinado un puntapié, por muy inglés y aristócrata que fuera. ¡Y aquí termina la entrevista de hoy! Buenas noches.

 

Liss Evermore

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *