Entrevistando al perro de Alcibíades

En esta ocasión, desde tierras lejanas, nos visita el perro de Alcibíades, que muy seguramente, nos contará historias de gran interés. Sin más tentáculos, iniciemos la velada.

—Buenas noches, perro de Alcibíades. Bienvenido al espacio «Entrevistando a las palabras».

Guau. [Buenas noches, señorita Evermore].

—Si bien tengo entendido, proviene usted de Grecia, pero no de la de nuestra época. ¿Es eso cierto?

Guau, guau. [En efecto: pertenezco al período conocido como Antigua Grecia. Mi ciudad natal, la Atenas del siglo V a. C., fue cuna de ilustres artistas. Sin duda conocerá a los escultores Mirón y Fidias, a los dramaturgos Eurípides y Sófocles, o al filósofo Platón].

—Sí; el mundo clásico es un tema de gran interés en nuestros días. Dígame: ¿coincidió con alguno de los mencionados?

Guau, guau. [Ah, por supuesto; y con tantos otros. Sócrates, sin ir más lejos, gustaba de hacerme cosquillas mientras paseábamos por el Monte Licabeto; Lisias me perseguía riendo, y luego yo a él; Jenofonte me daba trozos de pan de cebada; y con Pericles acostumbraba jugar largas tardes a atrapar la piedra.

—¡Vaya! Se relacionó con personajes de notoriedad.

Guau [Oh, sí. Fue precisamente este último, Pericles, quien, al quedar mi dueño desprovisto de padre, mayor tiempo dedicó a su compañía y, por consiguiente, a la mía. Sostenían ellos inacabables tertulias sobre política y retórica, a las que se unía a menudo Arifrón, mientras me dejaban a mí recorrer las calzadas atenienses o, dependiendo de su humor, hasta olisquear entre los muros de la Acrópolis].

—¿Era su dueño, por consiguiente, también un hombre importante?

Guau. [Lo era. Cautivó a los atenienses con su ávida fuerza de convicción para llevarlos a la guerra contra los espartanos, donde tuvo un papel muy destacado como consejero militar; y no sólo eso: Alcibíades Clinias Escambónidas fue, por mucho, el mejor dueño que un perro pueda tener. ¿Sabe usted que me adquirió por siete mil dracmas? ¡Siete mil, nada menos!

—Una suma considerable, presumo.

Guau. [Más que eso: tal cantidad de dinero sólo podía pagarla un hombre con gusto refinado, como lo era él, y con un elevado estatus social, evidentemente; dado el cual, se negó a privarme de capricho alguno, y fue por ello que mi siempre bien ataviada figura no dejaba de cautivar a los ciudadanos cuando mi dueño y yo salíamos a pasear].

—Muy interesante. Entonces, vivió usted con plenitud.

Guau. Auuuuu. [Así es, señorita. Viví con todo tipo de cuidados y atenciones; conocí a numerosas celebridades; y comí manjares reservados a los aristócratas…, pues mi dueño descendía de la conocida familia Alcméonides.

—Nuestro idioma cuenta con una expresión que hace referencia a usted, el perro de Alcibíades. Imagino que debió de ser muy querido y aclamado, o que protagonizó quizá algún hecho de relevancia. Explíqueme a qué se debe que más de veinte siglos después siga permaneciendo en nuestra memoria.

Guau, guau, guau. [Mi presencia, como le explicaba, era motivo de ovación entre los atenienses. Todos murmuraban acerca de mi esbelta figura, de mi pelaje, mi belleza… y sobre cualquier cosa, acerca de mi cola. Hablaban de ella incluso más que sobre Alcibíades y su querida Aspasia, con la que se veía furtivamente. Cierto día, advirtiendo mi dueño que era yo tan afamado, se le ocurrió una idea grandiosa: cortarme la cola].

—¿Le amputó la cola?

Guau. [Oh, sí; lo hizo. Alcibíades poseía un ímpetu atroz y un espíritu no menos ardiente. Es por ello que logró seducir a los atenienses en diversas ocasiones con sus intereses bélicos, aunque no siempre apuntaran a favor del pueblo. Quizá le parezca desconcertante, pero espere, espere a conocer el objetivo que había tramado mi dueño detrás de semejante maniobra; porque…, como consejero militar que era, cortarme la cola no podía tratarse de otra cosa salvo de un movimiento estratégico bien llevado a cabo. Verá: los ciudadanos reaccionaron con asombro, y poco tardó el asunto en extenderse por Atenas; pronto todas las habladurías y los rumores tuvieron una sola razón de ser. Si hasta dicho momento había sido yo un animal popular debido a mi hermosura, lo fui aún más, desde entonces, gracias a la determinación de Alcibíades. Cuando uno de sus amigos le dijo que la gente lo criticaba por lo que había hecho, mi dueño se echó a reir y respondió: «Es exactamente lo que yo queria: que los atenienses hablen de esto, para que no digan de mí cosas peores». ¿Lo comprende ahora? El pueblo dejó de criticar su mal gobierno y Alcibíades se sintió libre para atender otros asuntos].

—Fue toda una maniobra, no cabe duda. ¿Entonces se convirtió en expresión?

Guauuuuu. [Oh, no. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que apareciese en el lenguaje cotidiano. «El perro de Alcibíades», como ustedes lo conocen actualmente, es un modismo que describe cualquier acción dirigida a desviar la atención de los demás; naturalmente, en referencia a aquella formidable maniobra ideada por mi dueño en el año 415 a. C.].

—Es curioso, si usted me entiende, cómo hemos asimilado y conservado algunos episodios de la antigüedad, y de qué manera los aplicamos en el presente.

Guau. [El hombre, en sí, es una especie curiosa, ¿no le parece?].

—Lleva buena parte de razón, señor perro de Alcibíades [risas]; muy buena parte. Y…, hablando de curiosidades, dígame: ¿cuántas napolitanas de chocolate le gusta comer al día?

¡Grrrrr, guau! [¿Napolitanas de chocolate? ¡Ah! Tantas como puedan darme, señorita].

—¡Por todos los salmonetes! ¡Usted es de los míos! Qué sentido del gusto posee tan exquisito.

—Aunque si me lo pregunta, debo confesarle que las napolitanas de chocolate son lo único que aprecio de su época.

—Las creppes de chocolate tampoco están nada mal. Y los gofres. Oh, y no olvide los croissant rellenos de chocolate, ¡y ménos aún el chocolate a la taza con bizcochos de azúcar!

Guau. [Los dulces atenienses que se preparaban en el siglo V a. C. eran mejores que los actuales; se lo aseguro. Debería haber probado el thyron: una masa de manteca, huevos, sesos y queso fresco, que se enrollaba en hojas de higuera y, después de cocerla en un caldo de cabrito, se freía lentamente en miel hirviendo. Era una delicia].

—¡Suena estupendo! Lo añadiré a mi lista de deseos para cuando viaje en el tiempo a la Atenas de la Grecia Clásica. Gracias por concederme esta entrevista, perro de Alcibíades.

Guauuuu. [Ha sido un placer. Gracias a usted por esa caja de napolitanas de chocolate, que de seguro endulzará mi camino de regreso. Buenas noches].

 

Liss Evermore

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Un comentario sobre “Entrevistando al perro de Alcibíades

  • el 7 enero, 2020 a las 10:34 am
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    ¡Cuánto cosas dice con sus ladridos! Una entrevista de lo más interesante 😊

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